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La Plaza de Campo de Criptana

Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2005)

El periódico El Liberal, que se publicaba a comienzos del siglo XIX para toda España, tenía una sección fija llamada “La vida en provincias” que recogía crónicas de sus corresponsales por los pueblos de España. Más que crónicas, podríamos decir que estas noticias eran algo muy similar a los actuales “publirreportajes” dedicados a dar a conocer las bonanzas de productos, empresas e instituciones. En el número 11.937 de este periódico, del jueves 11 de julio de 1912, apareció una de estas crónicas que relata un viaje por Criptana, Záncara y Socuéllamos, firmada por Francisco de Asís Pastor. La imagen de Campo de Criptana que ofrece este corresponsal no puede ser más idílica y paradisíaca: un pueblo bien urbanizado y próspero habitado por gente afable, economía boyante, ayuntamiento responsable que vela por el bienestar de sus ciudadanos, y empresarios adelantados a su tiempo que crean riqueza con sus iniciativas. Ésta es la imagen de Campo de Criptana publicada en 1912.

Dado que la crónica dedicada a Campo de Criptana es demasiado extensa para incluirla completa en este post, he optado por tratarla por partes. Hoy ofrezco la primera, que recoge las impresiones de un viajero recién llegado a Campo de Criptana.

Estamos en uno de los pueblos más ricos de la inconmensurable Mancha, en el que se elaboran la friolera de 3.000.000 de arrobas de vino, representativas, en números redondos, de unos cuatrocientos millones de copas, que vendidas á cinco céntimos producen la respetable cifra de veinte millones de pesetas. De forma que costando hoy en bodega diez reales la arroba de vino, y por consecuencia un valor de seis y medio millones, resulta una diferencia matemática de trece millones y medio de pesetas que se reparten los taberneros, sin contar la parte alícuota de agua.

La importancia que esta población tiene se refleja en el aspecto que su perspectiva presenta desde el momento que el tren entra en las agujas del muelle, rodeado de inmensas bodegas y de esbeltas chimeneas, que sin descanso arrojan bocanadas de humo. El interior es sencillamente encantador, pues que, formado por amplias calles perfectamente urbanizadas y limpias, se hallan repletas de hermosos edificios particulares, de construcción moderna, que dan á la población un carácter alegre.

Otro de los méritos de Criptana estriba en la sencillez y modestia de sus habitantes, reflejado en el caso de que las señoritas, con ser muchas, no ostentan lujo de ninguna clase. Visten á estilo de su país y nadie que no esté en antecedentes puede distinguir una capitalista de la hija de un modesto labrador. En armonía con esta sencillez está la afabilidad del trato, en el que rivalizan mujeres y hombres.

Del paisaje que rodeaba a la estación, compuesto “de inmensas bodegas y de esbeltas chimeneas, que sin descanso arrojan bocanadas de humo”, poco queda hoy. No podremos dejar nunca de lamentar la pérdida que ha supuesto para el patrimonio de Campo de Criptana la ruina de la arquitectura industrial de finales del XIX, que, con sus bodegas, presentaba una tipología específica y de gran valor.

El cálculo de los ingresos que proporcionaba el vino daba una idea de la extraordinaria riqueza que inundaba por aquel entonces Campo de Criptana. Más adelante, el corresponsal hablará con detalle de las bodegas más importantes de la localidad, como las de Simó – Mompó, Francisco Rubín, Faustino López, Eusebio Casarrubios, San Miguel y la vinícola del Carmen. Pero esto lo dejo para los siguientes días, al igual que las noticias que ofrece sobre el ayuntamiento, por aquel entonces presidido por su alcalde Celestino Martínez Santos.

Al ayuntamiento en 1912, a su corporación, a su situación económica y a un robo que por aquel entonces tuvo lugar en él, estará dedicado el post de mañana.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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