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Plaza de Campo de Criptana_Óleo de José Manuel Cañas Reíllo 1994

Plaza de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1994)

Traigo hoy la cuarta entrega de la crónica de Campo de Criptana que se publicó en 1912 en el periódico El Liberal (nº 11.937), del jueves 11 de julio. Y me centraré en el capítulo «Datos curiosos». Y curiosos son, realmente, aunque no vienen muy a cuento respecto a lo dicho antes o lo que viene después en esta larga crónica. Estos datos tienen que ver con la suma que contenía la Caja del Ayuntamiento en 1908, con una intentona de atraco frustrado en aquel año y con la ausencia total de afición a juegos prohibidos en el Criptana, lo que para el corresponsal resultaba extraño en un pueblo como éste (¿quizá por su población o por su riqueza?), pero digno de alabanza. Dice así el texto:

El año 1908 tenía la Caja del Ayuntamiento en efectivo 50.000 duros. Esto, que era público y respetado por los vecinos convertidos en vigilantes de sus intereses, cegó la avaricia de unos aprovechados individuos que vieron en aquel capital un negocio seguro. A este efecto penetraron á altas horas de la noche en el Ayuntamiento, y provistos de picos aporrearon la puerta inútilmente, puesto que no dió más resultado que la huella de los golpes (que se conservan), ya que la operación fué suspendida con la detención y procesamiento de los ladrones, cuyo descubrimiento fue debido al cura párroco, que al salir de madrugada de una boda percibió luz interior y al sentir golpes dió aviso á las autoridades.

Como detalle de cultura se da el caso extraño en pueblos de esta naturaleza de que nunca se ha jugado ni se juega á los prohibidos. De forma que, si la reglamentación llega á ser un hecho, de Criptana no saca el Gobierno ni una peseta.

Estos son, grandes rasgos, los antecedentes informativos de la parte oficial.

Recordemos que, a juicio del corresponsal, llamado F. de Asís Pastor, el Ayuntamiento gozaba por aquel entonces de un desahogo económico extraordinario, situación muy diferente a la que presentaban otros pueblos, por ejemplo, Socuéllamos.

Es curiosa la referencia a los juegos prohibidos. Es una constante en la legislación del siglo XIX considerar punibles los juegos de azar, porque se consideraba que fomentaban la vagancia y llevaban a la depravación moral: «… no sólo porque estos hechos son reputados como delitos por nuestras leyes, sino por las circunstancias peculiares del país, y porque son muchas veces el primer escalón que conduce á los más grandes crímenes» (J. Rodríguez San Pedro, Legislación ultramarina concordada y anotada, Madrid 1866, tomo VII,  pág. 412).

¿Cuáles eran estos juegos prohibidos? Veamos la explicación que proporciona  al respecto a comienzos del siglo XIX Félix Colón de Larriátegui, Juzgados militares de España y sus Indias, Madrid 18173, Tomo I, págs. 145-148:

Los juegos prohibidos son los de naipes, que llaman banca ó faraon, baceta, carteta, banca fallida, sacanete, parar, treinta y cuarenta, cacho, flor, quince, treinta y una envidada, y otros que sean de suerte, envite y azar: lo son tambien el juego del birbis, oca ó auca, dados, tablas, azares y chuecas, bolillo, trompico, palo ó instrumento de hueso, madera ó metal, ó de otra manera alguna que tenga encuentros ó azares, como tambien el de la taba, cubiletes, dedales, nueces, corregüela, descarga la burra, y otros de suerte, aunque no vayan señalados en la pragmática con sus nombres. En ella se expresan las penas y multas que se imponen a los contraventores por primera, segunda y tercera vez, y el modo de proceder en este delito.

Es decir, se prohibía cualquier tipo de juego en el que pudieran intervenir el azar o las apuestas; y algunas de estas restricciones continuaban vigentes a comienzos del siglo XX.

En el próximo post continuaré con la quinta entrega de esta crónica de Campo de Criptana, que estará dedicada a algunas de las empresas punteras en aquella época, como las bodegas de Simó – Mompó y de Francisco Rubín.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO