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Hoy voy a hablar sobre un trágico accidente sucedido en Campo de Criptana en 1902. Un rayo alcanzó al criptanense José Antonio Giménez Olmedo y lo mató. La estadística dice que de cada 100 casos de personas a las que les cae un rayo, sólo menos de un 10% sobrevive, y con graves secuelas. Giménez Olmedo tuvo la mala fortuna de no pertenecer a este reducido grupo y, como era esperar, por entrar en el otro 90% restante, murió en el acto. Al final, todo es cuestión de buena o mala suerte, y cuando la parca apunta siempre acierta.

La muerte fatídica de Giménez Olmedo fue noticia nacional, a pesar de que eran muchos los casos similares que ocurrían cada año. Se publicaron dos breves noticias sobre el hecho. La más completa, firmada por Cuadra, apareció en el periódico El Imparcial, año XXXVI, núm. 12.674, del domingo 20 de julio de 1902 y dice así:

De dos á tres de la tarde se desencadenó ayer horrorosa tormenta sobre Criptana y su campo. Los truenos y relámpagos formidables estallaban sin interrupción y cayeron sobre la villa muchas descargas eléctricas.

Un rayo mató instantáneamente á José Antonio Giménez Olmedo, rico labrador que iba á una era de su propiedad para retirar la mies y evitar que la destrozase el aguacero. No hay noticia de más desgracias personales.

La otra noticia se publicó en el periódico La Época, año LIII, núm. 18.715, del domingo 20 de julio de 1902. Básicamente viene a decir lo mismo que la anterior, aunque de forma más resumida.

Cuáles eran las graves consecuencias de la caída de un rayo en un ser humano nos lo explica con todo detalle Ramón Ferrer y Garcés en su Tratado de medicina legal ó exposicion razonada de las cuestiones jurídico-médicas que se suscitan en los tribunales de justicia, 2ª ed. Barcelona, 1867 ( págs. 459-461). Según el autor, estas muertes se daban en despoblado y había algunas señales exteriores en el cadáver que indicaban cuál había sido la causa. Algunas de estas señales eran que el cadáver no presentase muestras de de violencia exterior, asfixia o apoplejía; que hubiera partes del cuerpo destruidas y oras intactas; que estuvieran destruidas las vísceras sin daños en la superficie; la presencia de un olor de ácido sulfuroso, en el cuerpo y en sus ropas; que las aves de rapiña no se acercaran a comer el cuerpo por resultarles desagradable este olor; que el cuerpo hubiera caído en la dirección por la que descargara el rayo y hubiera quedado en la misma posición; que los objetos metálicos que portara aparecieran fundidos u oxidados; que las partes tocadas por el rayo estuvieran más frías que las otras; que la putrefacción cadavérica tardara más en aparecer que en otros casos; que los ojos estuvieran muy brillantes y muy salidos de las órbitas; y la presencia de heridas en forma de zigzag. Todo este catálogo tenía la utilidad de facilitar el trabajo a los forenses encargados de examinar los cuerpos en circunstancias como éstas.

Después, este mismo autor, en la pág. 573 describe con la debida discreción cómo es la autopsia de un cuerpo afectado por la caída de un rayo. Y es del siguiente modo:

… he visto y reconocido el cadáver de N…. en el cual he observado un olor sulfuroso, y he notado la parte lateral derecha de la cabeza mas fria que lo demás del cuerpo. Esta señal me ha inducido á examinar con mas atencion dicha parte, en que he encontrado muchos pelos quemados y reducidos á ceniza, y debajo una pequeña abertura de figura redonda, rodeada de un círculo negro, penetrando como una escara en todo el espesor de los tegumentos, con cuyo motivo habiendo sondeado dicha abertura y dilatado los tegumentos, he hallado perforado el cráneo, y he visto que este estaba atravesado por medio de la sutura sagital. En este estado he aserrado el cráneo, descubriendo que la pia y dura mater, y toda la substancia del cerebro, estaban disueltas como una papilla desleidas en un líquido negruzco. En fin, examinando la base del cráneo, he notado un agujero dirigido oblicuamente desde la silla del hueso esfenóides hasta el del paladar del lado derecho que he encontrado horadado, como también divididos en menudas partes dos colmillos, y negro y corrompido por dentro el músculo orbicular de los labios.

Todas estas observaciones hacen ver que el expresado N…. ha muerto de un rayo de los que han caido en la tronada de esta mañana.

Era éste un tema muy importante para la medicina legal en el siglo XIX, pues tales muertes eran muy comunes.. Por supuesto, lo fundamental para un médico a la hora de hacer una certificación de defunción era discernir si la muerte había sido por causas naturales o resultado de violencia, por ejemplo, por un asesinato.

Tormenta de verano

Tormenta de verano

Proliferaban también en aquella época las recomendaciones para evitar muertes por rayo, pero en la mayoría de los casos se mezclaban datos procedentes de la observación natural y datos que entraban más de lleno en la superstición y la superchería. Pedro Mata en su Tratado de medicina y cirugía legal teórica y práctica seguido de un compendio de toxicología, 4ª ed., tomo II, Madrid 1866 (pág. 563) nos dice sobre el peligro que presentaban los árboles en las tormentas, algo de sobra conocido:

Los árboles son maltratados por frecuencia por este [el rayo]: ya hemos dicho que muchas personas han muerto acogidas debajo de los árboles, durante una tempestad, por lo cual Winthorp aconsejaba alejarse de ellos al menos de 5 á 12 metros, precepto aprobado por Franklin. Sobre 107 sugetos muertos por el rayo de 1851 á 1854, los 21 lo fueron estando debajo de árboles. De los 1308 de que hemos hecho mencion desde 1835 á 1852, hubo 425 que perecieron de igual modo.

Los chinos creen que la morera y el albaricoquero preservan del rayo. Los antiguos lo creían del laurel. Maxwel afirmaba en 1787 que el rayo hiere el olivo, el castaño, la encina y el pino, que á veces cae sobre el fresno, pero que jamás alcanza el haya, el abedul ni el arce. Mas los hechos desmienten estas afirmaciones gratuitas….

Es curioso observar que ese mismo rayo que puede matar en la vida real, en la literatura y en el arte, como en la conocida novela de Mary Shelley, Frankenstein o The Modern Prometheus, da la vida.

Por cierto, una última observación no ya sobre muertes y rayos (temas sobre los creo que ya me he explayado en exceso). Es sobre Cuadra, el corresponsal que firma la noticia publicada en El Imparcial. Se trata de Jacinto Cuadra, que era corresponsal en Campo de Criptana de varios periódicos, entre ellos el citado El Imparcial y Don Quijote de la Mancha, que se publicaba por aquellos años en Ciudad Real.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO