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[Post revisado y corregido el 24 de mayo de 2012]

Cristo de Villajos: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Cristo de Villajos: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Prosigo hoy con la segunda parte de esta serie dedicada a la historia del santuario del Cristo de Villajos a partir del testimonio del criptanense Félix Ortiz Muñoz. Éste recoge diversas noticias históricas en la introducción a la publicación del sermón que predicó en Campo de Criptana con motivo de la inauguración de la nueva capilla en el año 1666, a instancias del alcalde por el estado de los hijosdalgo por aquel entonces, Gregorio Vaíllo («Baíllo») de la Beldad. Como ya dije, el sermón se publicó el año siguiente, 1667, en Alcalá de Henares.

Continuando con las noticias históricas que nos proporciona este autor, me ocuparé hoy de tres pasajes que considero de especial interés histórico: el relativo a la Congregación de los Esclavos del Cristo de Villajos, a quien se debía la iniciativa de construir una nueva capilla digna del Cristo; la descripción de la procesión celebrada el día 17 de septiembre; y la llegada del Cristo a la parroquia. Por supuesto, mantengo fielmente la grafía del texto, acorde con la utilizada en la época.

La Congregación de los Esclavos del Cristo

Mucho se debe en esta parte a la Congregación de los Esclauos de esse Santo Christo, que con nombre de soldados en forma de compañia entre los belicos ensayos de aparente festiua guerra, se la dan fuerte al demonio, saliendo, cada año a hazer grandes ofrezimientos con que fomentan el culto de este Santo Christo.

La procesión del 17 de septiembre

Acabada pues la obra de la capilla capaz, hermosa, muy al uso, y de muy buen gusto, para que este Santo Christo se trasladasse a ella con la debida pompa, octauario de sermones, se lleuò en procession solemnissima a la Iglesia Parrochial de essa villa. Entrò en la villa Viernes 17. de Septiembre al anochecer. En lo que mas lucio alli la deuocion, fue en las hachas, que de los canceles obscuros de la noche hizieron raxas para que no faltassen luminarias en el festejo. Cada blandon era vn Gerogliphico del zelo por lo ardiente, y lo derretido. De la cera hizo el merito alas para volar al cielo sin los riesgos de Icaro, pues aqui estaua prompto el buelo, quando ella mas derretida. Referir el numero de las luzes, es querer contarle al cielo las estrellas, que entonçes de ociosas se retiraron, estando en ellas lo vergonçoso, porque en los blandones brillaua lo corrido. Ellas solas se hizieron en aquella ocasion noche, porque ofuscadas con tanta claridad, no pudieron luzir, ni parecer, porque en lo demas la noche parecio dia. Las inuenciones de poluora (para que diesse la fiesta estallido) fueron muchas, y buenas, pero siendo tantos los fuegos, aun era mayor el de la deuocion que en tan numeroso concurso ardía.

Era de admirar la compostura que el pueblo conseruaua, pues aun entre lo ruidoso de tanto artificial trueno, y de tanto mentido rayo, nada huuo en la gente de corporal alboroto, de espiritual alborozo mucho. Alli se vio sin confusion vna multitud, porque lo religioso del acto la ponia en orden. Escusose esta noche (dexandolo para las siguientes con otras inuenciones) el tropel inquieto de cohetes rateros, indecentes a accion tan graue, si huuo algunos, fueron voladores, que en todo miraua esta fiesta lo alto.

La llegada del Cristo

Llego, pues, el Santo Christo a la Parrochia acompañado de dulçes musicas, solemniçado de vna diestra capilla, y en la mayor de la Iglesia auia ya altar ricamente adornado. Quedose entonces depositado en sus andas, y viose a otro dia aquel simulacro del sol de justicia, acompañado de vn innumerable compuesto vulgo de luzes, parleros resplandores de aquel firmamento, que con lenguas de fuego celebrauan las glorias de Christo crucificado.

No queda claro en el texto a qué se refiere el autor con «Parrochia». En un principio pensé que, puesto que el autor estaba hablando del Santuario de Villajos, podría referirse a esta iglesia. Sin embargo la mención de «villa» sólo puede referirse a Campo de Criptana, villa en la que entró la procesión.

Ahora expliquemos algunas palabras que pueden resultar extrañas al lector actual. Encontramos, por ejemplo, el término «hacha», que según el DRAE es una «mecha que se hace de esparto y alquitrán para que resista al viento sin apagarse». Es decir, algo parecido a una antorcha. Otro término es «blandón», que, también según el DRAE, era un «hacha de cera de un pabilo» o un «candelero grande en que se ponen estas hachas». Es decir, todo lo necesario para iluminar con fuego el paso de la procesión al atardecer. ¿Podemos imaginarnos un escenario más impresionante? La referencia a la pólvora que se organizó para celebrar el evento, tiene también algunas palabras y expresiones poco comunes hoy. Los «cohetes rateros» son los cohetes que van arrastrando o que van «por el aire, pero a ras de suelo» (DRAE).

La caída de Ícaro (Peter Paul Rubens)

La caída de Ícaro (Peter Paul Rubens)

Finalmente, Ortiz Muñoz, desplegando sus conocimientos de cultura clásica, echa mano de una referencia a la mitología griega. Es la historia de Ícaro. Fue éste hijo de Dédalo, el arquitecto que había construido el laberinto de Creta. Fue encarcelado en una torre de la isla, junto a su padre,  por el rey Minos. Para escapar fabricó el padre unas alas, para él y para su hijo, uniendo plumas con hilo y cera. Cuando las alas estuvieron terminadas, Dédalo advirtió a su hijo que no volara demasiado alto, pues corría el riesgo de que la cera se derritiese y las alas se deshiciesen. Volaron y volaron sobre el mar, sobre islas, pero Ícaro quiso elevar más el vuelo, y el sol comenzó a derretir la cera y las plumas se soltaron. E Ícaro cayó al mar. Es éste un relato mitológico, pero en la vida real es una advertencia a quienes, excesivamente ambiciosos, pretenden subir más de lo que les corresponde y de lo que es conveniente, y acaban cayendo sin remedio. ¡Cuánto me recuerda esto a nuestros tiempos! Pero Ortiz Muñoz nos dice que esto no ocurría con la cera de los blandones que acompañaban al Cristo, como hecho extraordinario y maravilloso.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO