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Hace unos días, cuando llegó a mis manos el texto del que trataré hoy, vino a mi mente un cúmulo de recuerdos literarios y cinematográficos relacionados con el tema.

El saqueo de tumbas y de cadáveres era muy común en otros tiempos. En unos casos, los estudios de medicina requerían una provisión continua de cadáveres frescos para sus experimentos, y los únicos modos de conseguirlos estaban casi siempre dentro de la ilegalidad; en otros, la avaricia arrastraba a muchos a abrir sepulturas para llevarse las posesiones que los vivos querían que acompañasen a sus muertos.

Profanadores de tumbas

Profanadores de tumbas

Y me viene a la mente, como no podía ser de otra manera, aquel inolvidable escrito titulado El profanador de tumbas (título original: The body snatcher), de Robert Louis Stevenson, que con tanto acierto llevó al cine el director Robert Wise en 1945 con Boris Karloff y Bela Lugosi como protagonistas. O cualquiera de los cuentos de Guy de Maupassant que tienen un cementerio como escenario y un muerto como compañero de viaje. O la espeluznante historia de los gritos del muerto profanado en Herbert West: Reanimador, de H. P. Lovecraft.

Aquel año 1911 fue, en Campo de Criptana, el de la hermosa historia de la paloma que, despistada, llegó a uno de sus molinos de viento, pero también fue el año en que se destapó un espantoso crimen que sucedía en su cementerio: la profanación de tumbas por quien mejor conocía el oficio, su sepulturero.

Cementerio de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2003)

Cementerio de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2003)

En las Noches Lúgubres de José de Cadalso (1741-1782), su protagonista, Tediato, profana la sepultura de su amada y se lleva el cadáver a su casa. El crimen de Criptana no llegó a este exceso necrofílico. El sepulturero se limitaba a abrir las tumbas para robar a los muertos sus trajes y objetos de valor. Así lo relata una noticia publicada en el periódico de Gijón El Principado, año III, núm. 652, del viernes 28 de julio de 1911, con el titulo Los crímenes de un sepulturero, que reproduciré a continuación.

Pero, antes creemos un ambiente que podría ser el adecuado escenario de estos hechos, por ejemplo, el de las Noches Lúgubres de Cadalso, porque el texto de hoy lo merece… E imaginemos el camposanto de Campo de Criptana en la oscuridad y el silencio de la noche, cuando la niebla va cubriendo el mar interminable de sepulturas y las cruces se erigen apenas perceptibles, en el sosiego de los muertos, sólo quebrantado por el apagado crujido de un ataúd al abrirse. ¿Es el sepulturero? ¿O no?

Ya puestos en situación, veamos el texto del periódico.

PROFANANDO CADÁVERES.

Ciudad Real. – Un rumor público, que circuló con insistencia entre los vecinos de Criptana, acusaba al sepulturero de ese pueblo, de desenterrar los cadáveres para despojarlos de las ropas y objetos de valor, que más tarde revendía entre las gentes de los alrededores.

Recientemente se enterró á un indivíduo de conocida familia de la localidad, apreciendo á los pocos días el traje con que fué amortajado, en poder de un labriego de estas inmediaciones.

Los hijos del finado, enterados de la profanación cometida con los restos de su padre, denunciaron el hecho á las autoridades.

Estas ordenaron detener al sepulturero, que ya confesó su crimen.

En un registro practicado en su domicilio, se le encontraron multitud de objetos provenientes de los nichos de la necrópolis.

Ingresó en la cárcel.

El vecindario se muestra indignadísimo contra el criminal.

La historia de Andreuccio da Perugia_El Decamerón (Giovanni Boccacio)

La historia de Andreuccio da Perugia: El Decamerón (Giovanni Boccacio)

No sabemos qué tipo de objetos saqueó el sepulturero, aparte del traje. Puede que encontrara un rico anillo, como el que Andreuccio da Perugia y los ladrones quisieron robar al cadáver de un arzobispo sepultado en una iglesia, tal y como nos lo cuenta Pier Paolo Passolini en la excelente adaptación cinematográfica del Decamerón de Boccaccio que rodó en 1971.  No se dice tampoco en el periódico cuánto tiempo se estuvo dedicando el sepulturero a esta fúnebre afición, pero debió de ser una larga temporada, puesto que se dice que se encontraron muchos objetos en su casa (éste es uno de esos ejemplos de gente que tiene la costumbre de llevarse el trabajo a casa). A ellos habría que sumar los que había vendido ya y circulaban de mano en mano entre compradores de la zona, desconocedores, posiblemente, de su procedencia.

La pregunta que me planteo ahora es: ¿Cuántos de esos objetos, anillos, pendientes, joyas, gemelos, etc. conservan algunos aún hoy como oro en paño, herencia de sus antepasados, ignorando que, realmente, se compraron a un saqueador de tumbas y pertenecían a un cadáver? Y me viene a la mente otra película, para acabar, en este caso, terror made in Spain. Es aquella magnífica y a la vez surrealista producción  titulada No profanar el sueño de los muertos (aunque su título original era en italiano, Non si deve profanare il sonno dei morti) dirigida por Jorge Grau en 1974. Como se puede apreciar en ella, la profanación siempre tiene nefastos y fúnebres resultados.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO