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Ya en otra ocasión (post del 9 de marzo) hablé sobre el grave delito que era en Campo de Criptana, en 1932, el mero hecho de vitorear a la Virgen en el día de su traslado desde la parroquia a su santuario. Es natural que supongamos por hechos como éste que el alcalde por aquel entonces de este pueblo tenía pocos asuntos importantes en qué pensar y pocos problemas que resolver, sociales, económicos, urbanísticos o de cualquier otro tipo.

Y de ello podemos deducir, sin muchas posibilidades de equivocarnos (algo de lo que ningún humano está libre), que aquel alcalde tenía más autoridad que previsión. Querer, en Campo de Criptana, prohibir la devoción a su patrona, la Virgen de Criptana, es como pretender dibujar sobre el agua del mar, o dominar los elementos, o como amaestrar gorriones, tarea en la que, todos los que lo han intentado con esfuerzo y mucho tesón, han fracasado irremediablemente, o como querer trazar un triángulo de cuatro lados, algo por naturaleza, improbable e, incluso me atrevería a decir, impensable e inconcebible. En aquella ocasión, el alcalde criptanense impuso multas a cien de sus conciudadanos porque vitorearon a la Virgen; como si hubiera puesto mil: no habría conseguido acabar con la devoción popular.

En el post de hoy vuelvo a insistir en el tema, y, en este caso, en una denuncia que publicaron simultáneamente, y con el mismo texto, el martes 14 de junio de 1932 los periódicos El siglo Futuro, año LVII, núm. 17.435, y el ABC. Por aquellos años era común encontrar en la prensa decenas de noticias sobre la persecución religiosa que entonces estaban sufriendo los católicos en toda España, y entre ellas, figuraba ésta, que tuvo como escenario Campo de Criptana, y, como protagonista, a alguien conocido en el ámbito del periodismo comarcal. Dice así el texto:

La persecución religiosa

ENCARCELAMIENTO, EN CAMPO DE CRIPTANA, DE UN PERIODISTA QUE ACLAMO A LA VIRGEN

ALCÁZAR DE SAN JUAN 13. – En las primeras horas de anoche fué encarcelado en Campo de Criptana, para cumplir el arresto supletoria de la multa impuesta por dar vivas a la Virgen, el corresponsal del diario “El Pueblo Manchego”, don Juan de la Cruz Díaz-Eguirre.

Seguidamente se estacionaron frente al Ayuntamiento numerosos grupos, en su mayoría integrados por mujeres, para pedir la libertad del detenido. En vista del cariz que tomaban las cosas, el alcalde requirió el auxilio de la Guardia Civil, pues se temía que los grupos, dada su actitud airada, asaltasen la casa Ayuntamiento para sacar de la misma al encarcelado. Además, la primera autoridad comunicó al gobernador civil lo que acontecía, y éste dispuso la inmediata salida de algunas fuerzas de Caballería de esta ciudad para la citada población, con el fin de atender al mantenimiento del orden. A las once de la noche se publicó un bando desde el balcón principal del Ayuntamiento, haciendo saber al vecindario que, por orden del gobernador, quedaba rigurosamente prohibida la formación de grupos constituidos por más de tres personas.

A la citada hora ya se habían disgregado los grupos, recobrando la población su aspecto normal.

Sucesivamente han de cumplir la misma sanción otros jóvenes, pertenecientes a familias distinguidas de la citada población.

Poco más que decir, aunque no pueden dejar de llamarnos la atención las desmesuradas medidas tomadas por parte de la alcaldía para sofocar este breve y efímero sucedáneo de revuelta popular.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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