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Fray Pantaleón Manjavacas (escrito “Manjabacas”, según la grafía de aquel entonces) había sido fraile carmelita calzado. No sabemos en qué convento había hecho su vida religiosa, pero es posible que él fuese uno de tantos que, de la noche a la mañana, se encontró en la calle como consecuencia de las desamortizaciones de bienes eclesiásticos del siglo XIX. Hacia 1840 este fraile andaba por Campo de Criptana, pero sobre él hay muy pocas noticias. No sabemos si era natural o no de Criptana, aunque el apellido era y es común en esta comarca. Parece cierto que, fuera del convento, no tuvo una trayectoria totalmente intachable; se echó al monte, se metió en líos guerrilleros (que no faltaban en aquella época) y, al final, volvió al buen camino, o a la senda de la rectitud, como diría el libro de Proverbios.

El texto que nos cuenta la historia del fraile Pantaleón se publicó en la revista, muy castiza, Fray Gerundio, 11º trimestre, capillada 213, del 14 de enero de 1840 (págs. 59-60), como parte del diálogo entre dos personajes ficticios: Tirabeque y el P. Platiquillas o Platicuelas. Aflora, de vez en cuando, y como podrá apreciar el lector, una cierta tendencia anticlerical, no tan violenta y explícita, por supuesto, como la que algunos años después desplegaría el periódico anticlerical por excelencia en España: El Motín. Dice así esta nota:

Y ahora que se habla de eclesiásticos, ha de saber vd., P. Platicuelas, para que otra vez no me venga con esas jactancias, que no solo los frailes que han estado vds. con D. Cárlos y ahora están en los conventos tienen proteccion por parte del gobierno, sino que tambien la tienen los esclaustrados, pues en el Campo de Criptana hay uno que llaman el hermano Fr. Pantaleon Manjabacas, que era novicio en los carmelitas calzados, y habiendo caido soldado en el año 35, se pasó primero á Gomez, y despues á Palillos, y ahora no solo se pasea libremente por su pueblo, sino que me dicen que quiere ordenarse, y que ya tiene licencia del provisor para asignarse, ó como llaman, á la parroquia. Pero esto ya ve vd. que es dificil que yo pueda probarlo, por lo cual me abstengo de decírselo á vd.

Era, pues, el fraile Manjavacas, como ya se ha dicho, uno de esos exclaustrados, un ejemplo muy común por aquel entonces de las vueltas que da la vida y cómo tan fácilmente se puede pasar de la tranquilidad y seguridad de un convento a la dura vida de la calle, como quien no quiere la cosa. En todo caso, tendría que haber recordado el fraile, como buen hombre religioso, las calamidades a que tan injustamente fue sometido Job, protagonista del libro bíblico que, suponemos, habría leído, y tendría que haber comprendido que también para él mismo los designios de Dios son inescrutables, completamente inescrutables, inesperados e imprevisibles.

Los “Palillos” (Francisco y Vicente Rugero, almagreños) eran jefes de una de las partidas carlistas que hacía por aquel entonces sus escaramuzas guerrilleras por la provincia de Ciudad Real y comarcas anejas, y, es curioso, que tuviera un gran apoyo en el carácter carlista del clero manchego. Quizá la participación del fraile Manjavacas en las actividades de este grupo responda a esto. Eran partidas de entre 100 y 200 hombres y hacían un poco de todo: secuestros, extorsiones, actos vandálicos…, pero en general sus actos eran producto de la improvisación y a veces no acababan bien. Respecto al fraile Manjavacas, no sabemos si al final se ordenó o no como sacerdote para atender a la parroquia de Campo de Criptana, pero lo que sí parece cierto es que tuvo una vida de película.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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