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Las Hilanderas: Diego Velázquez (ca. 1657)

Las Hilanderas: Diego Velázquez (ca. 1657)

Volvemos hoy al Campo de Criptana de la segunda mitad del  siglo XIX, y encontramos en él oficios que respondían a necesidades cotidianas de la sociedad de entonces, pero hoy perdidos o casi extinguidos. Encontramos algunos de ellos citados en uno de los testimonios que nos permiten conocer en qué ámbitos se desarrollaba la actividad económica de España y de cada uno de sus pueblos por aquellos años. Era una publicación muy similar a nuestras páginas amarillas o guías de negocios locales, y tenía por título Anuario-Almanaque del comercio de la industria, de la magistratura y de la administración ó almanaque de las 400.000 señas, también conocido de forma más breve como el «Bailly-Bailliere».

El número I de este anuario se publicó en el año 1879, y ya Campo de Criptana estaba presente; y no faltaría en los años siguientes, hasta que, a comienzos del XX, fue sustituido una nueva guía, el Anuario Riera, con la misma presentación y similares objetivos. Este tipo de guías impresas recogía la información por pueblos, agrupados en partidos judiciales y éstos, a su vez, en provincias. Se ofrecían datos como la población, actualizada cada año, nombre del alcalde, del párroco, del juez, de los abogados que ejercían en cada localidad, de los médicos, de los veterinarios, de fondas, de posadas, de sastres y, en general, de toda actividad económica que en cada pueblo se practicase.

Veamos ahora algunos de estos oficios ya perdidos en Campo de Criptana citados en los Anuarios de 1879 (pág. 617), de 1880 (pág. 805), de 1882 (pág. 834) y de 1886 (págs. 1025-1026).

Boulevard Montmartre, printemps: Camille Pissarro (1897)

Boulevard Montmartre, printemps: Camille Pissarro (1897)

En una época en que el carro era fundamental para el trabajo del campo y para el transporte en general, es lógico pensar que en un pueblo de la entidad de Campo de Criptana y con una economía tan vinculada al campo tuviese, por necesidad, que haber constructores de carros. Se citan varios: Venancio Casero Delgado y José Vicente Moreno Millán (1879, 1880, 1882), y en 1886 se les suman Isidoro Escribano, José Antonio Herencia y Francisco Ropero. Esto nos lleva a pensar que había una extraordinaria demanda de carros, de su fabricación y, suponemos, que también de reparación. Por supuesto y como era de esperar, el negocio se vino abajo con el advenimiento del motor; en su lugar, hoy encontramos los concesionarios de automóviles y los talleres mecánicos.

En un mundo en el que la tracción animal era prácticamente la única utilizada, es de esperar que todo lo relacionado con los animales tuviera una excepcional importancia. No extraña, por ello, que hubiese tres veterinarios en 1879 en Campo de Criptana, y tres guarnicioneros: Enrique García, Vicente Ramos y Donato Sánchez. La palabra «guarnicionería» aparece por primera vez en el Diccionario de la lengua castellana de 1803 (pág. 445), con el significado de «el oficio y tienda en que se hacen guarniciones»; este mismo diccionario nos dice sobre el término «guarnición» en su cuarta acepción: «Los arreos que se ponen á las mulas, ó caballos para tirar del coche». Es decir, un oficio fundamental en un mundo de carros. Un ejemplo del oficio actual lo podemos encontrar en las guarnicionerías aún abiertas al público en la Ribera de Curtidores de Madrid.

Otro oficio que aparece en este Anuario es el de tejedor, y se nombran dos personas dedicadas a él: Mariano Meco Morago y Manuel Olivares de Sañoso Carramolino. Era la suya una industria ya en pleno ocaso en Campo de Criptana, aunque tuvo antiguamente gran importancia. A finales del XVIII ya quedaba poco del antiguo esplendor de este pueblo como gran productor de tejidos variados y de calidad, como nos dice Eugenio Larruga en el tomo XVII de sus Memorias políticas y económicas sobre los frutos, comercio, fábricas y minas de España (Madrid 1792), págs. 265-266:

En Campo de Criptana se fabricaban estameñas, albornoces, y ligas. Antiguamente se fabricaban paños, y no serian tan pocos quando ocupaba la mayor parte del año el batan de la villa de Alámbra. En 1748 aun se conservaban algunos telares corrientes.

Del mismo tenor, es el testimonio de Antonio Montpalau en su Diccionario Geográfico Universal que comprehende la descripcion de las quatro partes del mundo (Madrid 1793), pág. 243, nos dice que aún quedaba en Criptana «alguna industria de texidos comunes de lana, y algunas tenerías», es decir, curtidurías.

Hagamos finalmente referencia a otros oficios, que aparecen en el Anuario de 1886. Encontramos dos hojalateros (Fermín Hernández y Peregrino Pizarro), un hormero (Emeterio Escribano) y, fundamental en un pueblo tan dedicado a la producción de vino, un tonelero (José Andrés Castellanos). El término «hojalatero», referido al fabricante de objetos de hoja de lata aparece por primera vez en el Diccionario de la lengua castellana de 1803; mucho más antigua es la presencia del término «hormero», ya atestiguado en el Diccionario de 1734 (pág. 177), con el significado de «el que hace hormas». Y, supongo que no es necesario dar muchas explicaciones sobre el término «horma», artilugio al que casi todos hemos recurrido cuando unos nuevos zapatos no correspondían exactamente al tamaño de nuestro pie. En el Diccionario de 1734 (pág. 177) se define horma como:

El molde en que se fabrica ó forma alguna cosa. Usanla por lo regular los zapatéros para hacer zapatos, y los sombreréros para formar la copa de los sombreros.

Pero hay, además, otra acepción más de «horma», que no tiene nada que ver con el mundo de la zapatería o de la sombrerería: «Se llamaba antiguamente la pared ó muralla de piedra sobrepuesta, sin mezcla ni lodo». En el Diccionario de 1884, más o menos contemporáneo del texto que estamos tratando. hay una variación en el significado de «hormero», pues no es sólo el que hace hormas, sino también el que las vende. Posiblemente, aquí designa una actividad relacionada con la zapatería, trabajo en el que a menudo se requería la realización de hormas personalizadas, y, quizá, también, con la sombrerería, pues en esta época estaba también muy extendido el uso de sombreros en el vestir cotidiano.

 JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO