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Fueron aquellos años de la segunda mitad del siglo XIX tiempos peligrosos en Campo de Criptana. Las noticias de la prensa de la época dan cuenta de las andanzas de varios grupos organizados de criminales dedicados al robo, al secuestro, a la extorsión y, a veces también, al asesinato. En julio de 1873 hubo dos acontecimientos que convulsionaron la pacífica y tranquila vida cotidiana de Campo de Criptana: el crimen de un segador y, al día siguiente, un robo en la iglesia del Convento. Con este último suceso se consumó el ocaso del antaño floreciente Convento del Carmen de Campo de Criptana, que fue maravilla de muchos en la comarca, asiento de algunos de los frailes más eminentes de la orden y escenario de innumerables milagros. La desamortización había desprovisto al convento de gran parte de sus dependencias, dejando sólo para uso cultual su iglesia. Y por si ya no había hecho suficiente daño la desamortización a este convento (y añadamos, también a este pueblo), el robo acaecido aquel nefasto día de julio de 1873 acabó siendo la puntilla del desastre; lo poco que quedaba de valor en la iglesia fue objeto de una rapiña que, inexplicablemente, respetó únicamente la rica corona de la Virgen. Así nos cuenta el suceso el periódico menorquín, que se publicaba en Mahón, El bien público, año I, núm. 112, del martes 15 de julio de ese año (pág. 2):

Nuestro corresponsal de Campo de Criptana nos da cuenta de que en la noche del 28 del pasado, fué barbaramente asesinado un segador por cuestiones habidas con sus compañeros de trabajo, segun de pública se dice.

Al día siguiente, 29, fué robado el convento de Nuestra Señora del Cármen que se halla situado dentro de la población. Los ladrones para perpetrar el robo saltaron las tapias de una huerta contígua al mencionado convento, de propiedad particular hoy. Una vez en la huerta limaron los hierros de una reja y penetraron en el interior donde despues de haber fracturado cuatro puertas lograron entrar en la sacristía, que era su intento.

De las averiguaciones practicadas resulta que los ladrones se llevaron dos cálices, dos patenas, una cucharilla, una sobre-hostia, una caja de consagrar formas, una capa de primera clase, riquísima de color encarnado, una casulla y las cadenas de un incensario.

Los ornamentos y otros efectos que había en la sacristía se han encontrado tirados en el suelo, y lo raro del caso es, que no han tocado á una corona de plata que tenia puesta sobre la cabeza una efigíe de la vírgen que estaba en la misma dependencia.

De las averiguaciones practicadas por el juzgado que se hallaba accidentalmente en la mencionada poblacion instruyendo la sumaria con motivo del asesinato perpetrado el dia anterior en la persona de un segador no han podido ser habidos aun ignorándose quienes hayan sido.

Estos episodios fueron parte de una oleada de crímenes que asoló a Campo de Criptana por aquella época. Unos años antes, el periódico monárquico La Esperanza, núm. 7.571, del sábado 26 de junio de 1869, da cuenta del secuestro del cura párroco de Campo de Criptana y de «otro caballero»:

… por tres hombres armados, que se los llevaron á los montes, pidiendo por su rescate 12.000 rs. y 5.000 duros. El párroco auxiliado por sus amigos, pudo reunir los 12.000 rs. que se le exigian, y regresó al Campo de Criptana, siendo recibido con grandes demostraciones de afecto por todo el vecindario. Del otro sugeto no se tiene noticia, y se teme una catástrofe.

Algunos años después, en 1879, otro robo en Campo de Criptana fue noticia en la prensa, en este caso, el de un valioso cuadro del Cristo de la Buena Muerte que se encontraba en la Parroquia (Siglo Futuro, núm. 1024, 2 de abril de 1879; La Correspondencia de España, núm. 7.771, 3 de abril de 1879; The Saline County Journal, 10 de abril de 1879). Posiblemente, también cometió este robo una banda criminal. Y de nuevo, una banda actuó en 1886, tal y como nos cuenta el diario federal La República, año III, núm. 650, del sábado 27 de febrero. Eran cuatro ladrones que habían robado a un propietario criptanense la cantidad de 6.000 duros. Uno de ellos era una mujer, y pudieron ser detenidos gracias al rastro de sangre que dejó uno de ellos, que condujo a la policía a su propia cama.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO