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[Artículo enmendado el 1 de julio de 2013]

El 18 de junio de 1909 se casaron en Madrid, por todo lo alto, dos novios de rancio abolengo. Fue ésta una de las bodas más sonadas y comentadas del año, y encontró su hueco en la sección de sociedad de muchos periódicos y revistas. Y es natural, porque todos los días no se casa una hija del conde de Romanones y un hijo del marqués de Corvera (también escrito, en muchos documentos «Corbera»).

Uno de los periódicos que anunció la ceremonia fue El Liberal, año XXXI, núm. 16.824, del viernes 18 de junio de 1909. La gran boda tendría lugar ese día a las 11,30 de la mañana en la iglesia del Sagrado Corazón. La novia: la «señorita Casilda Figueroa y Alonso Martínez», hija de los condes de Romanones. El novio: el duque de Pastrana, hijo de los Marqueses de Corvera. No hace falta citar a los testigos, pero, como el lector se puede imaginar, fueron todos duques, condes y marqueses, lo más granado de la aristocracia española de la época. El almuerzo tendría lugar en el hotel de los condes de Romanones y, lo interesante y la razón por la que esta boda es objeto de comentario en este blog, es que después, señala el periódico que «saldrán… para Criptana, en donde tienen una hermosa posesión los marqueses de Corvera». A continuación refiere el periódico cuáles fueron los regalos de boda, por supuesto extraordinariamente lujosos y exuberantes, pero no viene al caso referirlos aquí con detalle. Imagínese el lector que había joyas, piedras preciosas y mucho más de tal cariz.

Otro periódico, El Globo, año XXXV, núm. 11.762, del sábado 19 de junio de 1909, nos habla de esta misma boda, ya celebrada. La boda fue todo un éxito, y, sobre el viaje de luna de miel de los novios, nos dice:

Los recién casados, á los que deseamos venturas sin fin en su nuevo estado, salieron ayer tarde en automóvil para el Campo de Criptana, á una finca de los marqueses de Corvera, donde pasarán los primeros días de su luna de miel.

La novia, Casilda de Figueroa y Alonso Martínez, había nacido en Madrid, el 24 de junio de 1889. Sus padres fueron Álvaro de Figueroa y Torres Sotomayor, primer Conde de Romanones y Casilda Alonso-Martínez y Martín.

El novio era Rafael de Bustos y Ruiz de Arana, decimotercer duque de Pastrana, que había nacido el 12 de febrero de 1885 y murió en 1943. Su padre fue Alfonso de Bustos y Bustos, noveno marqués de Corvera, y su madre María Isabel Luisa Ruiz de Arana y Osorio de Moscoso.

El matrimonio tuvo tres hijas: Casilda de Bustos y Figueroa, decimonovena marquesa de Campotéjar, nacida en 1910, que casó con José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde; María Rosa de Bustos y Figueroa, nacida en 1913, y María Teresa de Bustos y Figueroa, quinta duquesa de Andría, nacida en 1914. Por cierto, su yerno, José Finat y Escrivá de Romaní (1904-1995) fue secretario de Ramón Serrano Suñer durante la Guerra Civil, embajador de España en Alemania entre 1940 y 1942; fue, además, alcalde de Madrid entre los años 1952 y 1965.

La vinculación del marqués de Corvera con Campo de Criptana venía de sus antepasados y su relación con los Castilla Portugal y los Baíllo. Uno de sus antepasados, Rafael María de Bustos y Segade Bogueiro casó con la noble criptanense Rosa de Castilla-Portugal y Baíllo. La vinculación de esta última con Campo de Criptana queda clara por un hecho: fue autora de una pequeña obrita de 15 páginas, impresa en Granada, en la Impr. y Librería de Sanz en 1842, con el título Novena á la gran Reina de los Ángeles María Santísima que con el título de Criptana se venera en la villa del Campo, provincia de la Mancha, compuesta por su más humilde devota Rosa de Castilla Portugal y Baillo, marquesa de Corvera.

De su padre se decía que era descendiente directo del rey Pedro I el Cruel y de su amante Isabel de Sandoval; descendía también de la reina Juana de Portugal, mujer de Enrique IV y madre de la Beltraneja, y de su amante don Pedro de Castilla Fonseca, biznieto de Pedro I. Rosa Castilla-Portugal descendía de don Melchor de Castilla-Portugal de la Cámara, caballero de Calatrava en 1687, que casó con Antonia Guerrero de Quintanilla y se asentó en Campo de Criptana. Allí emparentaron sus descendientes con los Baíllo, es decir, los condes de las Cabezuelas (tomo estas noticias de Rafael María Girón Pascual, «Patrimonio, mayorazgo y ascenso social en la Edad Moderna: la familia Bustos antes y después del marquesado de Corvera [ss. XVI-XIX]», en J. P. Díaz López, F. Andújar Castillo, A. Galán Sánchez [eds.], Casas, Familias y Rentas. La nobleza del Reino de Granada entre los siglos XV-XVIII, Granada 2010, pp. 327-353). Citemos también que, una de las hijas de este matrimonio, llevó el nombre de su pueblo, Criptana de Bustos y Castilla († 1900).

No es extraño que el marqués de Corvera, descendiente de esta noble familia, hubiese heredado propiedades en Campo de Criptana y que fuera alguna de ellas el lugar elegido por los novios para su luna de miel. Como es de esperar suponemos que los novios fueron felices y comieron perdices, pero ese es ya otro cantar del que no voy a tratar aquí. Porque nunca se sabe cuando se habla de bodas: esas dos palabras mágicas, «sí» y «quiero», pueden traer la más dichosa felicidad o la más infeliz desdicha.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO