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Si creía el lector que con el post publicado el pasado 27 de mayo con el título Campo de Criptana, 1911: La espeluznante historia del saqueador de tumbas, habíamos llegado en este blog al límite de lo macabro, se equivocaba. Porque hay más, mucho más, como ahora se verá. En aquel post recogí una noticia publicada en un periódico muy lejano del escenario de los hechos, en El Principado de Gijón; es lógico que la información saliera con un cierto retraso.

Mientras, ese mismo día, en Campo de Criptana, ya se sabían todos los detalles y, especialmente, se conocieron las circunstancias que permitieron descubrir una mala costumbre del sepulturero y señora que, de no haberse sabido, se habría prolongado mucho en el tiempo. La mala costumbre era, por supuesto, el saqueo de las tumbas. Leyendo esta noticia me han vuelto a venir a la mente todas esas evocaciones cinematográficas a las que entonces hice referencia y que tanto me gustan. Y , por cierto, tengo que citar varias películas muy adecuadas al tema, como la mexicana de 1989 que es rareza y maravilla a la vez, Ladrones de tumbas, y que nos muestra que robar a los muertos y profanar el sueño de los muertos nunca son actos gratuitos; la americana Los profanadores de tumbas (título original The Gravedancers), de 2006; o la reciente Burke and Hare (2010) basada en las andanzas de unos asesinos y ladrones de cadáveres. Esto son películas, son ficción; sin embargo, lo ocurrido en Campo de Criptana fue real y mucho más espeluznante que cualquier película. Eso de que la realidad supera a la ficción es casi siempre cierto, también en este caso.

Así pues, recreemos de nuevo el ambiente tétrico adecuado para la historia de hoy: un cementerio, de noche, luna llena, un poco de niebla (que es un ingrediente en estas circunstancias fundamental), quizá el aullido lejano, casi inaudible de un lobo, y (no podía faltar) el ulular del viento… ; sepulturas, apenas iluminadas por el tenue resplandor languideciente de la luna, una cruz aquí, una corona allí y sombras por doquier. E imaginemos al sepulturero, sudoroso y manchado de tierra, en la faena, deshaciendo de noche el trabajo hecho de día, como si de Penélope se tratara en la larga espera de su Ulises. Imaginemos al sepulturero quebrantando las más sagradas leyes de la naturaleza: robando a los muertos.

Cómo se descubrieron esos espeluznantes, macabros y horripilantes hechos ocurridos en Campo de Criptana, nos lo cuenta el corresponsal criptanense del periódico El Pueblo Manchego, año I, núm. 167, del 27 de julio de 1911. Dice así la noticia:

Robo macabro

Con insistencia han circulado en todo el día de hoy rumores de un hecho excepcional que en este momento ha adquirido toda la importancia y confirmación plena.

Se trata de un hecho criminoso y capaz de sublevar los ánimos de los más apáticos. La paz de los muertos en este pueblo es un mito, es una indignidad, un crimen imposible de dejar sin protesta de toda conciencia honrada.

En la mañana de hoy presentóse en el establecimiento comercial de los señores Hijos de P. Alarcón una mujer á que hicieran el favor de cambiarle un par de botas con pretexto de que le venían pequeñas á una de sus hijas; el comerciante en el acto reconoció que el par de botas no había sido vendido á la interesada y sí para un vecino de este pueblo, Pablo Olivares, á quien se le murió un hijo que se enterró el día de ayer y que falleció á consecuencia de difteria.

Las sospechas de que el hecho envolvía un delito hicieron que se pusiera en conocimiento de las autoridades, quienes empezaron á practicar las oportunas diligencias que han dado por resultado averiguar que las botas procedían del cadáver del diftérico fallecido, que obraban en poder de la mujer que quería cambiarlas y que era la esposa del sepulturero por haber robado al dicho difunto el propio enterrador y conserje del Cementerio Patricio Díaz Hellín, según confesión propia ante las autoridades, que en averiguación de la verdad pusieron á contribución su actividad hasta llegar á este resultado.

El hecho ha causado gran indignación.

EL CORRESPONSAL. 26-7-911

La noticia publicada simultáneamente en El Principado de Gijón callaba el nombre del sepulturero y otros detalles. Por El Pueblo Manchego sabemos que se llamaba el sepulturero Patricio Díaz Hellín y que todo se descubrió por una sonada metedura de pata de su mujer, quizá persona poco despierta o torpe, incapaz de percibir que en su casa, algo olía a podrido… o mejor, a muerto, y mucho. Consideremos también el peligro que suponía el contacto con un muerto por una enfermedad tan infecciosa y contagiosa como la difteria, que tantas epidemias y muertes ha causado a lo largo de la historia antes de que se descubrieran los antibióticos. Al final, unas simples botas (que ni siquiera eran del número de la niña) destaparon todo el pastel y Campo de Criptana supo que en su cementerio no hubo, por un tiempo, paz ni descanso para los muertos.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO