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Molinos de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2007)

Molinos de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2007)

Aunque hoy nos parezca increíble, hubo un tiempo, no muy lejano, en que uno de los emblemas más importantes de Campo de Criptana, su conjunto de molinos de viento, estuvo a punto de desaparecer. Fue la época en que esos molinos dejaron de tener su función, en que dejaron de moler, porque ya no eran rentables. Fue la época en que esos molinos, que durante siglos habían proporcionado a los manchegos lo más básico de su alimentación, cayeron en el abandono, y se fueron cayendo poco a poco. Fue la época en que esas aspas, que durante cientos de años habían girado al son del viento, aquellas aspas se pararon, se pudrieron y cayeron, como un esqueleto informe. Tuvieron que venir alegatos de escritores e intelectuales foráneos en defensa de estos molinos para que se les prestase atención, para que se hiciera algo que impidiera su ruina y su pérdida. ¡Qué sería hoy de Campo de Criptana sin su símbolo? Campo de Criptana, sin sus molinos, no tendría mito, no estaría en la leyenda, no tendría lo que posiblemente es lo más representantivo de su espíritu.

Campo de Criptana: Foto de JM Cañas Reíllo (2011)

Campo de Criptana: Foto de JM Cañas Reíllo (2011)

Durante mucho tiempo, Campo de Criptana vivió de espaldas a sus molinos, como si no formaran parte de él, sin darse cuenta de que, sin sus molinos, Campo de Criptana sería sólo un pueblo; con sus molinos, Campo de Criptana es leyenda. Algunos molinos se salvaron, pero no ocurrió lo mismo con otros elementos de un patrimonio que tendría que haber sido protegido. Hoy sería interminable y tarea ardua e irrealizable recordar cuánto patrimonio y cuánto paisaje se ha perdido en este pueblo, cuánto entorno urbanístico se ha degradado y cuántas intervenciones erróneas ha habido y sigue habiendo. Algún día convendrá recordar, uno a uno, todos estos casos.

Uno de los foráneos que dio la cara por los molinos de Campo de Criptana, en los años 20, fue el escritor canario Ángel Guerra, que publicó un deseperado artículo en uno de los momentos más criticos para los molinos agonizantes de Campo de Criptana. Traigo hoy la primera parte de su artículo, publicado en La Unión Ilustrada, del 22 de febrero de 1920 (pág. 31).

Lo que se va

Son ya varios los escritores que han lanzado un grito a la vez de alarma y de pena al anunciar que están próximos a desaparecer los famosos molinos de viento que agitaban en el aire sus enomres alas en las grandes llanuras de la Mancha. Al manos parece que ya están a punto de ser demolidos por inútiles, algunos de esos molinos en las cercanías del Campo de Criptana. Y en muchos otros lugares de la tierra manchega, tierra de hidalgos, también han ido desapareciendo aisladamente, uno hoy, otro mañana.

¡Ah, yo conozco bien esos molinos de viento en la llanura manchega! Antes de haberlos visto con mis propios ojos como una nota pintoresca de alegría extraña en medio del melancólico paisaje, yo los había visto también, los había adivinado en la plena sencillez de su hermosura, a través de las páginas inmortales de Cervantes.

Calles y molinos de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2006)

Calles y molinos de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2006)

No hace mucho yo hacía una peregrinación espiritual más que de turista, por los lugares donde corriera sus aventuras Don Quijote, el más gallardo de los caballeros andantes. Y no es que los campos de Madrid, que las lagunas de Ruidera, en cuyas cercanías están los famosos batanes de la famosa aventura, así como la cueva de Montesinos, confieso que la impresión más cervantina de todas las produjo en mi ánimo la visión, humilde pero esplendorosa de esos molinos de viento en el Campo de Criptana. Son ellos, toda una magnífica evocación del hidalgo manchego y de sus andanzas maravillosas.

Son esos molinos de viento algo consustancial con el paisaje manchego.

De no existir parece que hubiera sido de todo punto inventarlos para animar la soledad triste del llano. Y además en el paisaje espiritual de nuestra raza y de nuestro pueblo, ellos, evocando los pastos de nuestras letras gloriosas, son también algo necesario al sugerir la figura de una de las creaciones más portentosas del genio humano.

Ángel Guerra era el pseudónimo del escritor, periodista y político y viajero José Betancort Cabrera (1874-1950).

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO