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Molinos de Viento de Campo de Criptana: Dibujo a tinta china de José Manuel Cañas Reíllo (1998)

Molinos de Viento de Campo de Criptana: Dibujo a tinta china de José Manuel Cañas Reíllo (1998)

Continúo hoy con la segunda parte de este interesante artículo publicado por Ángel Guerra en La Unión Ilustrada, del 22 de febrero de 1920 (pág. 31). Como ya dije, por aquellos años los molinos de Campo de Criptana estuvieron a punto desaparecer, por lo que un grupo de intelectuales y escritores se puso manos a la obra para buscar soluciones. En el texto siguiente, que es continuación del publicado ayer, Guerra propone algunos remedios para esta situación.

Pero ¿qué hacer? No sé cómo se pueda remediar el daño inmenso que se avecina. Si no pareciera un poco grotesco, bien pudiera pedirse que el Estado declarase los molinos de viento monumentos nacionales. Hablan ellos a nuestro espíritu más, mucho más de nuestra grandeza pretérita y de nuestra eterna gloria que ciertos monumentos de piedra que sólo tienen algunos, un mérito artístico relativo, pero que son, sin embargo, el gran tesoro de España.

Si la acción oficial no se atraviesa o por lo menos la generosidad de algún cervantista rico, nacional o extranjero – confiamos poco en el desprendimiento de los españoles por culto a las artes y las letras – dentro de poco se habrá consumado la tremenda desdicha.

Molinos de viento de Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

Molinos de viento de Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

Los molinos de viento se habrán condenado a muerte. El industrialismo moderno con los progresos de la maquinaria lo invade todo. A los molinos, lentos en la labor y toscos en su producción, han sucedido las grandes fábricas de harinas con motores eléctricos potentísimos que dan un extraordinario rendimiento. Y es lógico que en tierras de la Mancha, granero de España como lo es también Castilla, la fábrica se halle establecida.

Es el mal de la época. Y nosotros, como el clásico, sólo podemos repetir con cierto dejo de melancolía el penoso «¡lacrime rerum!».

El establecimiento de los ferrocarriles, y por ende de las fondas de estación y de los restaurantes en los trenes, ha matado casi el tráfico de las diligencias por las carreteras. De ahí que vayan desapareciendo, si ya no se han extinguido por completo, esos antiguos mesones de los caminos, y esos paradores y posadas de carácter tan típico en los pueblos. Es algo de la vieja España que desaparece, no sin que lo lamenten muy sincera y amargamente los devotos de un pasado de atraso y sin confort, pero representa todo el periodo álgido de la vitalidad y de la grandeza españolas.

Así y todo, la fábrica con sus grandes máquinas productoras ha venido a sustituir el arcaico telar de familia en que se tejían todas las ropas con el lino de los campos las sábanas recias pero gratas por familiares y con la tonda de los rebaños los trajes que resguardaban del frío.

Todo eso se ha ido, como se va el arado primitivo y las vasijas de barro de una alfarería casi doméstica. Eran pobres todas esas manifestaciones de la actividad española, pero tenían un gran sabor de cosa típica y como tal inolvidable.

Lloremos, pues, cuanto se va al empuje de las innovaciones que impone el progreso, pero, hagamos sin embargo, un esfuerzo y si es necesario un sacrificio por conservar lo que se considere como reliquia santa del pasado, expresión de la vida de una raza o símbolo de grandezas que fueron y que no deben olvidarse nunca.

Los molinos de viento de Campo de Criptana no deben desaparecer. Puede sólo dejar de trabajar. Tienen derecho al descanso como los viejos inutilizados después de una existencia de labor fecunda, o como esos inválidos de la guerra, que la patria debe sostener y honrar, porque ellos a la patria dieron también días de gloria.

Por fortuna, no desaparecieron. Eso habría sido, posiblemente, la tragedia más grande para Campo de Criptana, y para la historia de la cultura. ¿Contra quién, entonces, tendría que luchar Don Quijote?

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO