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Resulta asombrosa la extraordinaria vitalidad que en todos los ámbitos vivió Campo de Criptana a comienzos del siglo XX. La economía y la cultura iban mejorando cada día un poco más la vida de los criptanenses, en un pueblo que había dado un salto de gigante en su progreso desde que entró a formar parte del mapa ferroviario español. Creo que no es necesario aportar más pruebas al respecto que las que hasta ahora he proporcionado en este blog; en la prensa de finales del XIX y de comienzos del XX las excelencias de Criptana se cantaban continuamente: su vino era famoso en toda España e, incluso, en el extranjero; su queso también; José María Melgarejo triunfaba por aquel entonces en las ferias agrícolas españolas con su selecto ganado y financieros como Francisco Laurens eran capaces de aprovechar el enorme potencial industrial y vitivinícola criptanense e invertían aquí. El industrial José Simó representaba a los productores de vino de toda España, y la familia Ruescas, con un pie en las bodegas y otro en la Bolsa de Madrid se hacía un nombre en la economía nacional. Era hacia mediados del siglo XIX cuando el azafrán desaparecía del paisaje criptanense, pero una marea verde de viñedos en primavera inundaba su llano mar de tierras, casi infinitas, hasta donde alcanza la vista. Criptana tenía una floreciente economía que nos trajo la electricidad a comienzos del XX, un abastecimiento de aguas más o menos también por aquella época, una revolución en la educación con la construcción de nuevos grupos escolares. Todo parecía sonreír a Campo de Criptana, aunque también había un lado oscuro, el de los crímenes cruentos que de vez en cuando salpicaban con su sangre el buen nombre de este pueblo.

Hubo un ámbito que no quedó al margen de esta efervescencia: el religioso. Entró la Iglesia Criptanense el siglo XX aún exhausta por las desamortizaciones que la dejaron en nada a lo largo del XIX, sin un convento que era una de las instituciones más queridas y valoradas de este pueblo, a la vez que foco de cultura, sin posesiones eclesiásticas, que fueron vendidas en pública subasta para que unos cuantos terratenientes desaprensivos hicieran el agosto. A pesar de todo, la Iglesia Criptanense vivía un momento de esplendor, porque no faltaban ni la fe ni la devoción, y la persecución religiosa no logró acabar con ellas. Parece mentira que aún haya quien no puede comprender que las creencias religiosas no se pueden reprimir con leyes ni con normas, ni con persecuciones. La fe, es posiblemente, como filosofía de vida, la más libre de las opciones del ser humano, y contra ella nada se puede. Una prueba del extraordinario esplendor religioso que vivía Campo de Criptana a principios del siglo XX es la gran cantidad de asociaciones religiosas que entonces existían en esta localidad, y, sin duda, entre ellas destaca la Adoración Nocturna. Precisamente sobre sus orígenes publica un artículo el periódico El pueblo manchego, año I, núm. 41, del 20 de febrero de 1911, que dice así:

Adoración nocturna

Por el presidente del consejo Superior Diocesano de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, en esta provincia, ha sido presentada en la secretaría de Cámara y Gobierno del Obispado-Priorato una instancia en solicitud de licencia canónica, para fundar en Campo de Criptana una Sección Adoradora, que será inaugurada en próxima fecha.

Según nos dicen de aquella población, reina en ella el mayor entusiasmo por tan hermosa obra, que deseamos prospere y por cuya implantación, enviamos á los futuros adoradores nuestra cordial enhorabuena.

Dos años después, en 1913, la Adoración Nocturna de Campo de Criptana ya estaba en pleno funcionamiento. Contaba por aquel entonces con, al menos, doscientos miembros, según nos dice el periódico El Pueblo Manchego, año III, núm. 663, del lunes 24 de marzo de 1913, en su artículo titulado La defensa del Catecismo en nuestra provincia. Pero no era ésta la única asociación de carácter religioso existente en aquel año: estaban los socios antonianos (al menos trescientos), la asociación del Carmen, del Corazón de María, de San Antón del Convento, de la Soledad, del Amor Hermoso, el Apostolado de la Oración, la Asociación popular «Santa Rita», la de San José, la Conferencia de San Vicente,  y muchas otras.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO