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George Borrow

George Borrow

José Moreno Berrocal, en su libro La historia evangélica de la comarca de Alcázar de San Juan (siglos XVI-XXI), publicado en la colección «Tesela» en Alcázar de San Juan (2005), nos proporciona una imagen muy completa de cómo fueron los inicios y posterior evolución de la presencia evangélica en esta comarca. Como se dice en este libro, ya en el siglo XIX se registra la actividad de evangélicos en la zona, tanto oriundos de ella, como Juan Calderón, nacido en Villafranca de los Caballeros en 1791 y conocido estudioso del Quijote, como foráneos. Entre éstos están George Borrow (autor de la famosa obra titulada La Biblia en España, que estuvo en La Mancha en 1838 / 1839), Félix Moreno Astray (en Camuñas, en 1870, y en Alcázar de San Juan en 1874) y especialmente, el galés Jorge Lawrence.

Este último sufrió en sus carnes una desagradable situación, cuando abrió una capilla en el año 1889 en este pueblo al amparo de la libertad de culto que garantizaba la Constitución de 1876. Como quedó demostrado, una cosa era la ley y otra la realidad; y los criptanenses no parecían estar muy dispuestos a aceptar entre ellos una capilla evangélica, lo permitiese o no la Constitución. Hubo acoso y violencia contra los evangélicos y el ayuntamiento fue incapaz de garantizar su seguridad. Y esto fue un craso error, porque la imagen de Campo de Criptana que transmitió la prensa de la época, tanto española como extranjera, debido a estos acontecimientos, fue nefasta. Ya dediqué a este tema dos posts (20 y 26 de mayo) y, aunque aún queda mucho que decir sobre él, voy a centrarme hoy en una situación muy similar, pero ocurrida veinte años antes.

Algunos periódicos dan cuenta del paso de un «propagandista protestante» por La Mancha en el año 1868. Recaló también en Campo de Criptana, pero quizá no esperaba la frontal oposición que encontró en este pueblo. Así nos lo cuenta el periódico La Esperanza, año XXV, núm. 7.450, del lunes 4 de enero de 1869, con un texto tomado del periódico conquense La Juventud Católica (núm. 30):

El 18 del finado se presentó en la villa del Campo de Criptana un propagandista protestante, constituyendo su cátedra en el casino de dicho pueblo. Dicen que esplicó á su modo la Religion (no quedaria corto): lo cierto es, que habiendo llegado á noticia del ilustrado y virtuoso párroco, este (sin que se negara á hacer lo mismo ninguno eclesiástico) invitó al señor reformador á una conferencia pública, que se efectuó en la noche siguiente en el mismo local, y con gran asistencia. La cuestion empezó algo acalorada; empero, su desenlace fue estrepitoso y ha podido ser muy funesto; revolvers y puñales se dejaron ver amenazando al nuevo apóstol, y á las voces de ¡muera el impostor! desapareció como un duende. ¿Iria tal vez á Cartagena á consolar á su compañero, que hubo de refugiarse en un buque estranjero? Y van dos, é irán doscientos.

Es decir, el «propagandista protestante», como lo llama este periódico en un tono que entraña cierto desdén, llegó a Campo de Criptana el 18 de diciembre de 1868. Tal y como se dice en el texto, la controversia, por llamarlo de alguna manera, tuvo lugar en el casino, lugar de reunión social por excelencia en la época. Posiblemente, lo que comenzó como una tertulia acabó en  violento debate entre el párroco y el «propagandista» y parece que se llegó a las manos, a los cuchillos y a los «revolvers», término que (no lo puedo evitar) me evoca el «Lejano Oeste». Algo resulta evidente en esta noticia: la línea editorial del periódico no parece sentir muchas simpatías por los evangélicos, a juzgar por los comentarios que emiten sobre ellos y por la amenaza con la que concluye el artículo. No gustó en Campo de Criptana este artículo, por lo cual no tardó en producirse una reacción airada de los criptanenses. A los pocos días, el periódico La Esperanza publicaría una carta enviada desde Campo de Criptana que intenta poner en las cosas en su lugar y, sobre todo, limpiar el buen nombre del pueblo y de sus habitantes. Pero eso ya es otro cantar, que dejaré para otro día.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO