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Hoy traigo una curiosa queja que se publicó en el periódico criptanense Sancho Panza, año III, núm. 44, del 24 de julio de 1904. Se autodenominaba esta publicación «periódico semi-serio y completamente independiente». Tenía su redacción y administración en la Imprenta de su mismo nombre, propiedad de J. Muñoz, en la calle de la Soledad, núm. 10 y costaba a 5 céntimos el ejemplar. Era famoso por el carácter provocador de muchos de sus artículos, por su fina crítica social, su continua vituperación de los poderes públicos y eclesiásticos y, en fin, por no callar ninguna de las opiniones de sus colaboradores. Y a veces, también publicaba otros textos que lellegaban remitidos por lectores asiduos, en ocasiones, anónimos. Precisamente esta queja a la que voy a hacer referencia seguidamente fue remitida por una lectora anónima de la que sólo se conoce su nombre, «Carmen». He aquí el texto:

Anónimo

Por el correo interior hemos recibido el siguiente anónimo que publicamos, primero por galantería, pues viene firmado por una mujer, y segundo, porque nos parece de [ilegible ] el asunto que trata, toda vez que condena una costumbre por tantas cosas censurable, y protesta de los sentimentalismos y cumplimientos trasnochados y ridículos á que no hay más remedio que entregarse en esta deliciosa villa. Tal es la fuerza de la costumbre.

El anónimo dice así:

Villanueva 20 julio 1904

El entierro de Ormans: Óleo de Gustave Courbet (1850)

El entierro de Ormans: Óleo de Gustave Courbet (1850)

«Muy señor mío: Habiendo observado el espíritu reformador que informa por regla general todos los trabajos que publica en su simpático Sancho Panza y habiendo tocado accidentalmente no ha mucho tiempo las consecuencias no diré funestas pero sí importunas de la añeja costumbre, que tiene ese vecindario de Criptana de asistir todo él, tanto hombres como mujeres á los entierros y deseando ver relevadas de esta obligación á las mujeres, no solo por que ya en ninguna parte del mundo civilizado se usa, sino por el mal camino que tienen Vds. para ir al cementerio en estío por el polvo y en invierno por el barro, atendiendo también á que ese pueblo es muy grande y las amistades deben ser muy largas y por lo tanto el que quiera cumplir con ellas ha de dedicar todos los días á las personas más respetables de la familia á ir y venir al cementerio, me dirijo á V., para que exponga la idea en Sancho y si lo creen conveniente vayan desterrando esa costumbre, que ó mucho me equivoco ó ha de desaparecer forzosamente con el imperio del tiempo.

Por una parte (y no quiero resultar demagoga) los rosarios que por las noches se rezan en las casas de los difuntos debían quedar reducidos á la asistencia de la familia, pues el público más indulgente va á contarse los sucesos del día y el OTRO á chismosear y enterarse de cómo está arreglada la casa y salir comentándolo todo, cómo lloraban los dolientes y cual escapará mejor en la partición de los bienes.

Esta es la realidad aunque amarga, así que debe remediarse lo que pueda solo por caridad.

Suya affma.

CARMEN»

Esta señora se muestra muy preocupada por la situación de degeneración a la que habían llegado los entierros y rosarios en Campo de Criptana. Acontecimientos que para ella deberían de ser estrictamente familiares y de sincera participación de quienes a ellos asistían, se habían convertido en ocasiones de cotilleo y en actos sociales multitudinarios a los que acudía todo el pueblo. A ello se sumaba el continuo ir y venir al cementerio de quienes por vínculos sociales o familiares se veían obligados a acompañar a sus conocidos difuntos en su último viaje en este mundo. El hecho de que entre todos los habitantes del pueblo existan estrechos lazos familiares o de amistad, haría, según esta escritora anónima, que la obligada asistencia a funerales se convirtiera en un hecho tan cotidiano que impedía dedicarse a otras actividades más útiles y de mayor provecho y beneficio para la sociedad.

Razonamientos como éstos son, evidentemente, contra natura, por lo que ni el deseo de la redacción ni el de la escritora anónima de abolir esta costumbre se hicieron realidad, y es que hay cosas que no se pueden dejar al arbitrio de la ley, ni las autoridades pueden intervenir en asuntos de tan profundo calado social como éstos, ni a golpe de decretazo se pueden suprimir costumbres tan antiguas, podríamos decir, como la misma humanidad. Son asuntos que habrá de dejar a la elección de cada uno, que para algo existe el libre albedrío.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO