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No hay bien sin mal ni mal sin bien. Son las dos caras de la misma moneda, y sin una o la otra, la moneda es inconcebible, a menos que imaginemos cualquier otra dimensión diferente de las conocidas. El libro del Génesis (2,4-25) cuenta cómo Dios creó el Paraíso y en él, el Jardín del Edén, como símbolo de un bien supremo. Pero también cuenta que de aquel Paraíso también formaba parte el mal, ese mal que fue responsable de la Caída del hombre. Ni siquiera las grandes utopías antiguas, como las de Platón o Aristóteles, o las humanistas, como las de Tomás Moro o Campanella conciben un bien absoluto, libre del mal. Porque la vida es así, esa moneda de dos caras en la que el bien y el mal conviven como parte de un mismo ente. Y esto tiene mucho que ver con lo que voy a contar hoy, porque me voy a ocupar de dos historias, una sobre el mal y otra sobre el bien. Son historias de la vida cotidiana, porque la gran épica del bien no se encuentra sólo en la mitología sumeria, en los textos bíblicos, en la Ilíada, en la Eneida o en las utopías renacentistas; y la del mal no es exclusiva de las grandes atrocidades y genocidios de la historia. El bien y el mal están en las pequeñas cosas de cada día, tanto que a veces se podría decir que son ese motor incomprensible de la vida humana, un engranaje insondable que desencadena el incesante movimiento de las ruedas del destino. Y de eso van las dos historias de hoy, del mal y del bien en las pequeñas cosas de cada día: una bronca, que podría haber acabado muy mal, y un hermoso gesto. La primera la recoge en una pequeña nota de prensa El Pueblo Manchego, año VII, núm. 1875, del 16 de abril de 1917, con el título Una bronca. La segunda la publicó el periódico La Correspondencia de España, año LXVIII, núm. 21.723, del sábado 4 de agosto de 1917, con el título ¡Bien por el chiquillo! Otro bello rasgo. Los dos acontecimientos tuvieron lugar en Campo de Criptana, como se puede ver, con unos meses de diferencia.

La historia del mal (El Pueblo Manchego)

En el Campo de Criptana riñeron los mozos de labor Joaquín Arribas é Inocente Fernández. Los dos resultaron heridos, así como el mayoral Rafael Madrid, que intervino en la cuestión para poner paz.

Los contendientes después de curados fueron puestos á disposición de la justicia.

La historia del bien (La correspondencia de España)

… y este [bello rasgo] es de un muchachito hijo de un guardia civil de esos á quienes debe dinero el Estado, y de esos, como todos, á quienes no se les ha aumentado en lo más mínimo su haber, aun cuando son clases de tropa del Ejército español.

Lo siguiente: En Campo de Criptana, un niño de diez años, hijo de un veterano benemérito, encontró hace muy pocos días en medio de la calle un sobre abierto y en blanco. Quiso ver si contenía algo, y figúrense la sorpresa el encontrarlo lleno de billetes del Banco de España.

La demostración más clara de que el chico se ha criado en el ambiente de honradez, peculiar de las casas-cuarteles, es que, sin ni siquiera ir á su casa á contárselo á sus padres, empezó á llamar á las casas inmediatas al sitio donde se halló el sobre con el dinero, y preguntando si habían perdido dinero, qué cantidad, y cuántos billetes, dió con la que, en efecto, moraba la persona que lo perdió.

¿Cantidad que había? ¡Ochocientas setenta y cinco pesetas! Huelga decir que los elogios tributados á la criaturita han sido unánimes. ¡Bien por el niño José María Sánchez de la Nieta Campillo! ¿Que qué será ese niño cuando sea hombre? Pregunta inocente. ¡Guardia civil!

La muerte

La muerte

No sabemos que fue de los dos mozos de labor que se enzarzaron en aquella pelea y desconocemos si el inocente infante José María cumplió en su vida los vaticinios del periódico y se hizo guardia civil; la vida da muchas vueltas y nunca se sabe en qué va a acabar. Tan cotidianos  fueron estos acontecimientos y sus protagonistas como efímera su fama; no hay más noticias de ellos. Eso sí que es ser “reina por un día”. Pero esto es lo que tiene la fama, que como viene se va, y nos deja con la boca abierta de repente, completamente ojipláticos y pensativos, y es entonces cuando nos damos cuenta, por fin, definitvamente, de que es un soplo la vida y que esta vida no es nada, como diría Gardel. O como diría un anónimo: la vida es como el palo de los gallineros, corta pero llena de mierda. ¿Merece la pena, ante la alternativa del bien y el mal, elegir el mal y fastidiar la vida a otros? Creo que no, pero que nadie se crea que esto es una lección de moral. Puede que yo no sea el más indicado para darla. En definitiva, nadie es perfecto.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO