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“Something is rotten in the state of Denmark”, se dice en el acto I de Hamlet. “Algo está podrido en el estado de Dinamarca”, sería la traducción exacta, o “algo huele a podrido en Dinamarca”, como dice la traducción más generalizada aunque no la más exacta ni la más fiel al original shakesperiano. A mediados del mes de abril de 1930 el Heraldo de Madrid puso en el punto de mira al último consistorio criptanense de la dictadura de Primo de Rivera. El motivo: la corrupción. Ayer hice referencia a algunas denuncias publicadas el día 17 de abril de ese año en ese mismo periódico (Escándalo en el Ayuntamiento, Campo de Criptana, 1930), pero lo más importante, el cogollo de la denuncia, sin embargo, se había publicado en portada en el número 13.796, correspondiente al día anterior, miércoles 16 de abril, en un demoledor artículo titulado En Campo de Criptana no llegaron a llevarse los tinteros. Se contentaron con unos miles de pesetas. Campo de Criptana estuvo en las portadas de los periódicos por unos días, y no fue por un buen motivo. ¿Campaña orquestada o denuncia de una realidad? No tenemos forma de saberlo, pero una información de este tipo publicada en un periódico siempre debe ser sometida a cuarentena antes de darle credibilidad. No hay nada peor, ni más injusto, que una sentencia sin juicio justo. ¿Olía realmente algo a podrido en el Ayuntamiento de Criptana? No lo sabemos. Únicamente podemos aducir el “juicio” del Heraldo de Madrid, que sobre el Ayuntamiento de Criptana decía lo siguiente:

¿Conque austera administración en Campo de Criptana? Esto decía un periódico “póstumo” hace días. Este Ayuntamiento era uno de los presentados a sus seis lectores entre los modelos de pureza administrativa. Claro que a los dos días nosotros ajustábamos las cuentas, y donde ese periódico “veía” superávit “veíamos” un déficit clarísimo.

Pero eso no es todo. El Criptana de la dictadura, como la Dinamarca del príncipe shakesperiano, olía a podrido. Había muchas cosas sucias en aquel Ayuntamiento. Y el nuevo Concejo, apenas ha revuelto unos papeles, los ha visto con la claridad que nosotros vimos el déficit. La sesión última del pleno es la mejor réplica a las alabanzas al régimen caído. ¿Conque austera administración en Campo de Criptana? Escuchen ustedes.

La Comisión de responsabilidades (¿no creen los lectores que debería crearse una en cada Concejo?), al proceder al examen del diario de pagos de 1929, halló una partida que se refiere al coste de las chapas adquiridas para la tara del rodaje. Dicho coste fué de tres pesetas cuarenta céntimos para las de carro, y de una peseta por cada una de bicicleta. Se comparó este precio con el del año actual, y se vió que era de noventa céntimos y de una peseta, respectivamente. Y surgió como un relámpago la duda en el cerebro de los investigadores. ¿Qué era aquello? Pues aquello, sencillamente, descubría un chanchullo. Quedó demostrado con dobles facturas (una, la oficial, y otra, la que respondía a la verdad) que la chapa que se vendía a 1,40 pesetas no costaba sino 1,05 y que la que se vendía a 75 céntimos no valía sino 60 céntimos. ¡Admirable!

Otra cosa: A un capataz y a varios peones se pagaron, a los dieciséis de trabajar, sesenta días de jornales.

Se pagaron por materiales de piedra, arena, yeso y cal unas cantidades, y resulta que no sirvieron tales materiales.

En este asunto ya interviene el Juzgado.

¡Y se nos presentaba como modelo de administración el Ayuntamiento de Criptana! Risa para un año.

“Something is rotten in the State of Denmark”, ¿o en Criptana? That’s the question. Sin más datos no podemos juzgar y no sabemos si hubo condena judicial o no al respecto. Lo cierto es que por aquel tiempo, Campo de Criptana, vivió una crisis de imagen shakesperiana y el Heraldo de Madrid lo crucificó ¿Con razón? Lo ignoramos. Lo cierto es que comenzaban mal los años treinta para Criptana y para su Ayuntamiento que, a partir de entonces, se sumergiría en el caos más desconcertante. Por cierto, aquí “chapa” para tara de rodaje se refiere probablemente a la placa para el impuesto sobre vehículos rodados.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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