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Los comienzos del mes de septiembre de 1882 fueron de climatología trágica.

Las tormentas y las lluvias torrenciales se enseñorearon de España; hubo inundaciones, cortes de ferrocarril e interrupción del telégrafo, en una época en que ambos eran medios de comunicación fundamentales.

Al respecto, nos dice esto el Diario oficial de avisos de Madrid (núm. 248, del martes 5 de septiembre de 1882) y el periódico La discusión (núm. 1.085, del 5 de septiembre):

Esta madrugada funcionaban con dificultad las líneas telegráficas con Francia, Cataluña, Andalucía y Valencia por consecuencia de las tormentas.

Y en ese mismo número del Diario Oficial encontramos la siguiente nota:

A causa del mal estado de las líneas, por efecto de las tormentas no se han recibido más telegramas de la tarde y noche de ayer.

Nicolas Poussin: La hija del Faraón encuentra a Moisés

Nicolas Poussin: “La hija del Faraón encuentra a Moisés”

El día 7 de ese mes y de ese año, Campo de Criptana vio como caía sobre sus casas, sus gentes y sus calles una cantidad inusual de lluvia, de esas veces que de tanto como llueve parece que el cielo se desploma sobre nuestras cabezas y la sombra de la noche domina al brillo del día. Hubo entonces inundaciones, y se formaron en las afueras de Criptana extensas balsas de agua, y en Criptana se produjo un hecho casi milagroso que me recuerda a Éxodo 2, 1-6. Su protagonista no se llamaba Moisés, ni era hijo de la casa de Leví, ni una cestilla de papiro fue la cuna provisional de su abandono a merced de las aguas del Nilo. Tampoco lo salvó la hija de Faraón. No fue la historia que voy a contar hoy tan altisonante como ésta de la Biblia, ni mereció una gran atención de los medios de comunicación, allá por el año 1882, pero no se puede poner en duda que la historia del “niño salvado de las aguas” de Campo de Criptana tiene mucho de extraordinario. Nos cuenta el suceso el periódico El graduador, año VII, núm. 3156, del 10 de septiembre de 1882, y ocurrió del siguiente modo:

Segun nos escriben de Criptana, el dia 7 se desencadenó sobre aquellos campos un viento huracanado que causó sensibles daños, é inmediatamente descargó un fuerte aguacero que dejó inundados los bancales hasta á las inmediaciones del ferro-carril.

La corriente del agua ha sido tan impetuosa, que fue arrastrando un niño y dos burras cargadas de leña; pero, merced al arrojo de dos alicantinos, llamados José Ponzó y Juan Lavale, trabajadores de la casa de don Juan Anglade, que se echaron al agua, pudieron librar al niño de una muerte cierta, y sacar vivas á las caballerías.

Publicamos con gusto el nombre de nuestros paisanos, que, con el acto que nos ocupa, han dado una prueba de caridad y de abnegación, dignos de loa.

Para que nos hagamos una idea de la magnitud de aquella lluvia, podemos recurrir de nuevo al testimonio de este mismo periódico, El graduador, año 8, núm. 3.157, del 12 de septiembre de 1882, que nos decía lo  siguiente:

Han sido tan extraordinarias las tormentas que han descargado en la Mancha, que se han formado grandes lagunas en Villasequilla y sus cercanías, en algunos puntos inmediatos á Almansa y alrededores de Criptana. Con éste motivo, pasamos el domingo sin recibir el correo de Madrid, que, segun nuestras noticias, tuvo que retroceder á Castillejo.

Ayer llegó un tren mixto que se organizó en Almansa, cuyos viajeros refieren haber visto grandes extensiones de terreno inundado en Chinchilla, Villas y Alpera.

El diario El graduador, “periódico político y de intereses materiales” comenzó a publicarse en 1875 en Alicante y cesó su actividad en 1913. No he encontrado referencias a este suceso en más publicaciones de la época. La noticia del niño salvado de las aguas de Criptana llegó a este periódico porque los héroes que lo habían salvado, quienes representaron el papel improvisado de “hija de Faraón” en esta extraña representación escénica que es la vida, eran alicantinos, y para Alicante fue suceso transcendental que dos de sus hijos actuaran como héroes. Se dan los nombres y apellidos de éstos, pero lamentablemente no conocemos el nombre de aquel niño criptanense, cuyo recuerdo quedó sumido en esa nebulosa imperturbable que es el anonimato eterno.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO