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“Las armas las carga el Diablo”, o “las armas de fuego las cargan los hombres”. Con esta última frase comienza la nota publicada en la sección de “Sucesos” del periódico regional El Pueblo  Manchego, año 7, núm. 2023, del 10 de octubre de 1917. Relata un suceso fortuito que casi acabó con la vida de una criada criptanense. Los ingredientes de la fatalidad se cocinaron, a fuego lento y con parsimonia, y cuando estuvo en su punto la desgracia, entonces se sirvió, como se sirve un plato envenenado. Las casualidades existen, pero, casi siempre, el ser humano da pie para que ocurran; o mejor dicho, les empuja… para que sucedan, para que se desencadenen. He aquí lo que ocurrió, tal y como nos lo cuenta este periódico:

Las armas de fuego las cargan los hombres y la fatalidad las dispara.

En Campo de Criptana, la criada Ramona Castellanos, limpiaba la alcoba de su señorito y al colocar un libro sobre la mesilla de noche se cayó ésta y el cajón de la mesilla y con ella una pistola que guardaba.

Al dispararse ésta produjo á la doméstica una herida calificada de pronóstico reservado.

No sabemos qué fue de esta criada llamada Ramona Castellanos, si se recuperó de su pronóstico reservado o no. Es un caso claro de accidente laboral en una época en que este concepto no disponía aún de un marco legal adecuado. Lo cierto es que por aquella época la fatalidad parece haberse cebado en las criadas criptanenses. En este caso, por un accidente; en otro, del que ya me ocupé anteriormente, por la maldad e iniquidad de un individuo (véase: Las que tienen que servir: Campo de Criptana, 1900).

Por cierto, el término “pistola” es uno de los pocos préstamos indirectos del checo pist’al  (“caramillo”, “flautilla”) que se encuentra en español, incorporado a nuestra lengua por mediación del alemán Pistole (DRAE). Su uso en nuestra lengua es muy antiguo: ya se encuentra en la novela de Don Quijote y aparece recogido por primera vez en el Diccionario de la lengua castellana de 1737 (283,2), con la siguiente acepción:

PISTOLA. Arma de fuego pequeña y corta, de que usan los soldados de caballeria, trahiendolas dentro de unas fundas, pendientes del arzón de la silla.

En efecto, en un principio la pistola era un arma propia y casi exclusiva de la caballería.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO