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Aquel mítico Teatro Cervantes de Campo de Criptana había vivido su época de mayor esplendor en los años veinte, como suelo decir siempre de modo repetitivo y (quizá) excesivamente pesado, “aquellos felices y locos años veinte”. Y realmente, si fueron felices y locos, fue fundamentalmente porque aquel teatro durante mucho tiempo se convirtió en escenario de festejos, conciertos, representaciones teatrales, de revista, de zarzuela y, también, de reuniones políticas, mítines y asambleas. Podríamos decir sin temor a equivocarnos que buena parte de la pequeña historia cotidiana de los años veinte en Campo de Criptana se escribió en el Teatro Cervantes y estuvo vinculada a él. Ni siquiera la Guerra Civil consiguió que se cerraran sus puertas. Sin embargo, esta Guerra Civil marcó un antes y un después: antes era propiedad municipal; después de la guerra se subastó para remediar la carencia de fondos del ayuntamiento. Su privatización, o enajenación, fue una decisión que tomó la Comisión Gestora Municipal que después del conflicto se encargó de la reorganización del ayuntamiento y del municipio.

Hay otro edificio de Campo de Criptana que fue también enajenado en aquel momento. Quizá no ha tenido un papel muy relevante en la historia del municipio, pero es muy conocido: la Casa del Palomar. Tanto sonaba y resonaba en la mente de los criptanenses que, estando sito en la encrucijada entre las calles Palomar y la Calle Valenzuela, nombró propiamente a la primera y dio nombre, popularmente a la segunda. “Del Palomar” se llama porque tuvo inmensos palomares, y allí estuvieron durante todos los años que albergó un colegio, quizá uno de los más originales del mundo. Colegio y palomar: es una conjunción única, aunque por aquel entonces, hace ya muchos años, a nadie le parecía tan extraño. Antes fue palomar y luego también colegio. Son cosas del destino que casi nunca seremos capaces de explicar. Hoy aquella vieja casa palomar alberga el Conservatorio de Música de Campo de Criptana, pero ya no hay palomares, ni palomas, ni pichones, ni palomina. Ahora hay música.

El anuncio de subasta, a propuesta del presidente de la Comisión en aquel momento, Feliciano León, se publicó en el Boletín Oficial de la provincia de Ciudad Real, del 4 de junio de 1941, y dice así:

Esta Comisión gestora municipal, en sesión celebrada el día 5 del corriente mes, acordó enajenar mediante subasta, el Teatro Cervantes, sito en la calle de la Soledad, número 2 y una casa llamada del Palomar en la calle de Valenzuela, número 8, pertenecientes a este Municipio, con objeto de invertir el producto de dicha venta en la realización de determinadas obras y mejora de servicios en el Hospital Asilo de San Bartolomé y en la Casa Cuartel de la Guardia Civil, también de este Ayuntamiento.

El expediente se halla de manifiesto en esta Secretaría, por plazo de cinco días, para oír reclamaciones, pasado el cual no se admitirá ninguna.

Campo de Criptana, 31 de mayo de 1941.- El alcalde, Feliciano León.

Esto no fue el final de ninguno de los dos edificios. Al contrario, ambos tuvieron momentos excelentes, y en el Teatro Cervantes el espectáculo continuó, se siguieron celebrando los conciertos de la Filarmónica Beethoven, se representaron obras dramáticas, y cómicas, y musicales, y hubo cine, mucho cine, tanto que en aquel mismo asistió a la historia viva del cinematógrafo, desde el cine silente al hablado, y del blanco y negro al color. Respecto a la Casa Palomar, podríamos decir lo mismo. Inolvidables sus años como colegio, que yo conocí.

Es en estas cosas cuando aflora esa inevitable nostalgia y uno no puede evitar recordar cómo era todo antes y observar cómo es ahora. Lo de ahora no es mejor ni peor; es diferente. Pero para mí son inolvidables aquel escenario fantásticamente decadente en el que vi las primeras películas y aquel colegio en el que comencé mi andadura escolar en los famosos “parvulitos” y en cuyas aulas tanto tiempo pasé, en las horas oficiales y en las famosas “permanencias”, que comenzaban a las cinco de la tarde… ¡a las cinco de la tarde!, como las corridas de toros.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO