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Esa era la canción propia de excursiones, fuese en vehículo o a pie, en otros tiempos no muy lejanos… y quizá aún se siga cantando.

Un elefante se balanceaba
en la tela de una araña.
Como veía que no se caía
fue a llamar a otro elefante.

Dos elefantes se balanceaban
en la tela de una araña.
Como veían que no se caían
fueron a llamar a otro elefante.
Cuenca: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Cuenca: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Y así, hasta el infinito, pesadilla musical interminable…  Imaginemos un viaje de dos horas, o tres, o de cuatro: ¿cuántos elefantes acabarían balaceándose en la tela de la araña? Posiblemente miles, más los miles que se podrían sumar si el viaje tuviera un destino más lejano aún. Ignoro si ya en 1927 estaban los sones de esta popular canción en las mentes infantiles, o había otra que fuera similar en temática y melodía a ésta. Si existía, seguro que la entonaron durante horas aquellos 20 escolares de Campo de Criptana que fueron a Cuenca de excursión un florido y primaveral día de mayo de ese año, tal y como nos relata el periódico El Sol, año XI, núm. 3.044, del sábado 7 de mayo.

CUENCA 6 (4,30 t.).- Han llegado 20 niños de las escuelas públicas del Campo de Criptana, acompañados de sus maestros. Fueron recibidos por el Inspector de Instrucción primaria y los maestros de la capital. Los niños visitaron la catedral y otros edificios. Marcharán mañana. Al venir se detuvieron en Belmonte y en Villaescusa de Haro (Febus).

Tal y como vemos, la información provenía de la agencia de información Febus, que durante aquellos años prestó un servicio fundamental a muchos periódicos españoles de alcance nacional. Nos llama la atención hoy, sin embargo, que un periódico como El Sol publicase una nota de carácter tan local. En aquella época esto no tenía nada de extraño; digamos que la frontera entre el interés nacional y el local no estaba tan marcada como en los medios de comunicación actuales, en los que hay una patente especialización según los casos.

Para finalizar: la canción del elefante quedaría completamente abortada si en la primera estrofa decimos «ningún elefante se balanceaba»; esto haría imposible que aquel no-elefante fuera a buscar a otro (puesto que es imposible la existencia de un «otro» si no hay junto a él un «uno») y la cadena maléfica e interminable de miles de elefantes balanceándose sobre la irrompible tela de una araña quedaría en un simple planteamiento teórico, algo así como el triángulo de cuatro lados.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO