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Jean Baptiste Siméon Chardin: Bodegón con faisán (ca. 1750)

Jean Baptiste Siméon Chardin: «Bodegón con faisán» (ca. 1750)

Es curioso cómo cambia el léxico de los oficios con el paso del tiempo. Una simple ojeada a texto de hace poco más de cien años nos hace descubrir palabras extrañas para el hablante actual, y nos obliga a recurrir al diccionario. Abaceros y abacería, y tablajeros y tablajería son algunas de estas palabras que pertenecen al universo económico de otros tiempos. Las encontramos, por ejemplo, en un anuncio de la Administración de Hacienda de la Provincia de Ciudad Real publicado en el Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, núm. 80 del viernes 9 de marzo de 1900. El anuncio da cuenta de las matrículas de la contribución industrial para el año económico de 1899 a 1900, «formadas por los alcaldes y secretarios de los pueblos de esta provincia, con sujeción al reglamento y disposiciones vigentes». Es decir, es el impuesto que se pagaba por ejercer una actividad industrial o comercial, y todos los negocios estaban obligados a pagarlo, por pequeños que fueran. Entre ellos encontramos las tiendas de abacería y los tablajeros.

Según el DRAE, una «abacería» era el puesto o tienda donde se venden al por menor aceite, vinagre, legumbres secas, bacalao, etc.» El término es muy antiguo en nuestra lengua, y ya aparece en el Diccionario de la lengua castellana de 1726 (pág. 2, 2) con el siguiente significado:

ABACERÍA: Tienda donde se vende azeite, vinagre, pescádo seco, y otras menudencias. Este nombre es usado comunmente en toda Castilla la Vieja. Puede venir de la palabra Abastecer, como si se dixesse Abasteceria, y de ahí Abacería.

Viene «abacería» de «abacero», que según esta misma edición del citado diccionario es (págs. 2,2-3,1):

La persóna que se obliga en las Villas, ò Lugares à mantener la tienda de Abaceria, ò la que ponen la Justicia, ò Alcaldes para cuidar de ella, y vale lo mismo que si dixéramos Abastecero.

Las abacerías de Campo de Criptana pagaban una contribución industrial de 35 pesetas. Había seis: la de Gerónimo Millán Bustamante, en la calle de Santa Ana; la de Arturo Luján Rodríguez, en la calle del Cardenal Monescillo; la de Andrés Pencho Gascón, en la calle de Miguel de Cervantes, la de Manuel Antonio Olivares Sepúlveda, en la calle Veracruz; la de Hilario de la Guía Molero, en la plaza de la Constitución, y la de Carmelo Manzaneque Blanco, en la calle Virgen de Criptana.

Rembrandt Harmenszoon van Rijn: "El buey desollado"

Rembrandt Harmenszoon van Rijn: «El buey desollado»

Otro de los oficios era el de tablajero. Tiene este término cinco acepciones en el DRAE, siendo la segunda, «vendedor de carne», la que posiblemente más nos conviene en este caso. La cuarta, ya desusada, es «carpintero que hace o arma tablados para las corridas u otros espectáculos». Es un término relativamente reciente en la lengua española. Se encuentra por primera vez en el Diccionario de la lengua castellana en la edición de 1832 (pág. 707, 2). La primera acepción es la referida al carpintero, figurando la tercera la referida al oficio relacionado con la carne: «cortador público de la carne». Los tablajeros de Criptana pagaban una contribución industrial de 24 pesetas. Había cinco en la localidad: Felipe Muñoz Quirós, en la calle Marqués de Mudela; José María Muñoz Olmedo, en la calle del Cardenal Monescillo; Juan Jesús Jiménez Zarza, en la calle Virgen de Criptana; Ángel Carriazo Molero, en la calle Virgen de Criptana; y Antonio Muñoz Quirós, en la calle Alto.

«Abacería» y «tablajero» son hermosas palabras ya olvidadas, como otras muchas de nuestra lengua, términos que estuvieron casi cada día en boca de nuestros antepasados.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO