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Continuaremos hoy hablando de aquel noviembre invernal y lluvioso de 1911 y de la visita que el obispo de Ciudad Real giró a Campo de Criptana, Alcázar de San Juan, Alameda de Cervera y Tomelloso. Creo que, posiblemente, no hubo acontecimiento en muchos que tanta atención recibiese de la prensa provincial de la época como éste, y de ello, como ya dijimos, se encargó especialmente un improvisado corresponsal criptanense, que, como si periodista profesional hubiera sido, no dejó escapar ni un solo detalle y asistió, como fiel agudo observador, a todos los actos. No voy a reproducir aquí el discurso del obispo que, de forma muy resumida, incluyó el corresponsal en su artículo. Es excesivamente largo y prolijo, por lo que no quiero que este blog resulte tedioso al lector. Además, con lo publicado en el periódico, no sabemos hasta qué punto y con qué fidelidad el corresponsal tramscribió, interpretó o resumió lo dicho por el obispo en su discurso pronunciado en la misa.

Y luego vino el juicio crítico del corresponsal sobre el discurso del obispo. Y digo, discretamente, «juicio crítico», aunque realmente no lo era, porque, de hecho, fue un elogio incondicional y un panegírico sentido. Grande fue el discurso del obispo, según nos dice el periódico El Pueblo Manchego, año I, núm. 266, del 28 de noviembre de 1911; pero mayor fue la aceptación que tuvieron sus palabras en los devotos asistentes a la misa. He aquí la valoración del corresponsal al respecto:

No es posible seguir al orador paso á paso, me haría interminable y aunque tengo que renunciar á ello bien á mi pesar, no me resisto á decir que cuando de mano maestra explicó que es la ley natural, ese rayo de la inteligencia soberana inpreso (sic) en el alma para que aprenda lo que es intrínsecamente bueno y lo que es indefectiblemente malo, que la inteligencia conoce y no puede menos de saber aunque la voluntad no siga los dictados de la razón recta en sus obras ó manifestaciones, se superó á sí mismo, nunca con mayor brillantez, ni verbo más cálido hemos oído al señor Obispo; á no estar en el Templo, una salva frenética de aplausos hubiera redondeado sus párrafos.

Pues no digo nada del momento en que definiendo la felicidad se retrató su alma de artista en aquellas descripciones brillantes unas veces, patéticas otras y sublimes siempre, bien es verdad que si consiste la felicidad en el conocimiento de la verdad increada y absoluta y en la aprensión del bien sumo con la sublimación y perfeccionamiento de las potencias anímicas, debe ser muy hermosa por que (sic) cuando una mínima manifestación de aquélla ó exhibición de éste dentro de los estrechos moldes de formas oratorias humanas, produce tantas y tan gratas emociones, la plenitud de la verdad y el complemento del bien embriagaron de tal manera el espíritu produciéndole el arrobamiento indescriptible que humana lengua no pudo cantar.

En fin, los cincuenta minutos que duró el discurso pasaron de un modo veloz para el auditorio y que dicho sea de paso, no pudo ser mayor ni más … [palabras ilegibles].

Cincuenta minutos duró el discurso, pero, por lo que parece, al corresponsal le supo a poco. El panegírico que se hace de sus palabras responde perfectamente a los tópicos del género con los que se construye el elogio: «mano maestra», «inteligencia soberana», «brillantez», «verbo cálido», «alma de artista», «descripciones brillantes», «patéticas», «sublimes», etc. Cincuenta minutos es mucho tiempo y puede hacerse larguísimo; pero dieron, al parecer y según dice el corresponsal, para mucho. Esperemos que a los asistentes también les supiera a poco… aunque cincuenta minutos son muchos minutos para un discurso. Incluso el del obispo.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO