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Interrumpimos, sólo por unos días, la serie dedicada a los monárquicos liberales de Campo de Criptana (véase: Los monárquicos liberales de Campo de Criptana, 1871, I). Como ya dije, sería larga, muy larga, quizá la más larga de las que hasta ahora se han publicado en este blog. Por el momento son ya nueve las entradas publicadas, y quedan muchas aún por publicar. Por ello, para no caer yo en el hastío, y para que no caigan los lectores, cambiamos hoy completamente de tercio y nos vamos a un tema completamente diferente. Y retrocedemos al 14 de abril del año 1887, porque aquel día ocurrió un hecho en Campo de Criptana, y la prensa de los siguientes días nos lo contaría con pelos y señales.

Alfonso XIII y María Cristina (1887)

Alfonso XIII y María Cristina (1887)

Aquel 14 de abril del año 1887, suponemos, Campo de Criptana viviría plácidamente los días de la deslumbrante y radiante primavera manchega. Era entonces Campo de Criptana un pueblo de 6.500 habitantes aproximadamente, y tenía estación de ferrocarril desde hacía algunos años, y estaba, por ello, en las rutas obligadas de todos aquellos que comenzaban poco a poco a fraguar una caminería quijotesca, de pueblo en pueblo, entre campos y más campos, por caminos polvorientos. Regía por aquel entonces sus destinos el alcalde presidente Juan José Granero, y cargaba con la burocracia su secretario municipal, Pío Cañadas Alcázar. Aquel 14 de abril del año 1887 fue jueves. Unos días antes, el lunes 11, había tenido lugar la celebración de la festividad de la Virgen de Criptana. La semana anterior, el viernes día 8, había sido Viernes Santo, y el jueves 7, Jueves Santo… en aquella Semana Santa de 1887. Hacía poco que España había estrenado rey, después de tantos ensayos infructuosos en busca de nuevos modelos de gobierno. Desde el 17 de mayo de 1886 Alfonso XIII era rey, y aquel 14 de enero, no tendría ni un año de edad. Pero ya era rey, bajo al regencia de su madre, María Cristina de Habsburgo-Lorena (1858-1929) o, como era su nombre auténtico, Maria Christina Désirée Henriette Felicitas Rainiera von Habsburg-Lothringen. Pero, curiosidades de la vida e ironías del destino, también un 14 de abril, pero muchos años después, en 1931, ese rey dejaría de serlo.

Hans Holbein el Joven: "La danza de la muerte: El Papa"

Hans Holbein el Joven: «La danza de la muerte: El Papa»

Aquel día 14 de abril de 1887, jueves, moría en Campo de Criptana la condesa de las Cabezuelas. Eso es lo que tiene la Parca, que no distingue títulos, ni cargos, ni honores, ni dinero, ni gloria, y a todos trata por igual, hayan vivido como hayan vivido, en el lujo y la abundancia o en la pobreza y miseria. La travesía de la Estigia aguarda a todos por igual, ricos y pobres, o clase media arruinada de nuestros tiempos; con una sola moneda nos bastará y nada más. Al día siguiente, el día 15, viernes, se celebró el entierro, que fue fastuoso, según nos relata el diario católico-monárquico La Unión, año VI, 2ª época, núm. 1601, del viernes 22 de abril de 1887. Sería un entierro de primera, porque, aunque la Parca no hiciera distinción en la muerte y mirara a todos por igual, la Iglesia sí la hacía, y hacía, también, acepción de personas: entierros de primera, de segunda y de tercera, según los posibles.

La fuente para conocer cómo fue aquel sepelio es, como dice el periódico, un corresponsal criptanense, que, en mi opinión, podríamos identificar muy posiblemente con Jacinto Cuadra, muy activo por aquellos tiempos y muy bien relacionado con la prensa, además de corresponsal del Anuario Almanaque del Comercio. He aquí, como nos narra este periódico el entierro:

Según nos escribe nuestro activo y celoso corresponsal de Campo de Criptana, el día 14 falleció en aquella población y á los 84 años de edad, la virtuosa señora condesa de Cavezuelas (sic).

El entierro que tuvo lugar el dia 15, fué suntuosísimo y majestuoso, acudiendo todos los vecinos de aquella importante villa á tributar la última muestra de respeto á aquella señora, modelo de esposas y de madres cariñosas.

Dos largas filas de criados y dependientes de la casa, precedian al féretro, al lado del que marchaban 30 mujeres y cuatro hombres, de los más pobres, todos ellos vistiendo trajes enlutados, debidos á la generosidad de la difunta, terminantemente expresa y consignada en su testamento.

El cadáver iba en elegante féretro seguido de todo el clero parroquial y de la comunidad de RR. PP. Trinitarios de Alcázar de San Juan.

El duelo fue presidido por D. Ramon Baillo y Baillo, nieto de la finada, y entre las innumerables personas que acompañaban vimos á los Sres. Treviño (D. José y D. Gregorio), D. Francisco Baillo, D. Angel de Mora, D. Manuel Cereceda, D. Martín Torres, Ilustrísimo Sr. Magistral de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba, D. Manuel González Francés, D. José Vicente Manzanares, presbítero; D. José María Pulpón, presbítero; D. Vicente Jaen, de Alcázar de San Juan, y su señor hermano, Vicario de la parroquia de Santa Quiteria de dicha ciudad, y otra infinidad de señores de todas clases y condiciones de la ciudad de Alcazar de San Juan y de esta villa y cuyos nombres no consigno por no recordar.

Los funerales se celebrarán el dia 26 del mes actual con toda la pompa y solemnidad que en esta parroquia se acostunbra (sic), estando confiada la parte musical á la orquesta del Sr. Gómez y de cuyos funerales daré a usted cuenta á su tiempo.

Tambien se han repartido limosnas á los pobres varios dias despues de la muerte de tan ilustre señora.

Grande fue el ceremonial, y también grande fue el acompañamiento. Veamos ahora algunos datos sobre los personajes citados. En primer lugar, demos el nombre de la fallecida. Era María del Pilar Marañón y Pérez de Nueros, nacida en 1802. Estuvo casada con Juan de la Cruz Baíllo de la Beldad y Marañón, VI Conde de las Cabezuelas (1804-1890). Fue su hijo Ramón Baíllo y Marañón (1828-1898), VII conde de las Cabezuelas. Estuvo casado con María de los Dolores Baíllo y Justiniano (1833-1897). Y su nieto, Ramón Baíllo y Baíllo (1863-1930), fue el VIII conde de las Cabezuelas.

Casa del Conde: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1990)

Casa del Conde: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1990)

Ramón Baíllo y Marañón tenía por aquellos años su casa en esa época en la calle Convento, núm. 28, y era uno de los más importantes contribuyentes de Campo de Criptana. Ese año pagaba una contribución de 2,292 pesetas con 56 céntimos, lo que era mucho, si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría de contribuyentes no llegaban a las 50 pesetas, muy pocos pasaban de las 100 y sólo unos cuantos de las 1.000 (Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, del 8 de enero de 1889; todos los datos que siguen corresponden a este número del Boletín). Algunos de los otros principales contribuyentes por aquellos años eran también de la familia Baíllo: Francisco de Paula Baíllo y Castilla, con residencia en la calle Torrecilla, núm. 2, y una contribución de 4.092 pesetas con 29; Ramón Baíllo y Marañón, calle Convento, núm. 28, con una contribución de 2.292 pesetas con 56; y Tomás Baíllo y Marañón, en la calle Convento, núm. 22, con una contribución de 1.668 pesetas con 28. El Conde de las Cabezuelas tenía su residencia en la Plaza, núm. 7, y era el mayor contribuyente: 6.278 pesetas con 88 céntimos.

También sobre otros acompañantes encontramos datos en este mismo número del Boletín provincial. Manuel Cereceda Ballesteros tenía residencia en la calle Pintado, núm. 3, y pagaba contribución de 701 pesetas con 3 céntimos. José Treviño y Medrano vivía en la calle Magnes (actual calle de la Virgen), núm. 3, y pagaba una contribución de 1.998 pesetas con 94 céntimos. Gregorio Treviño y Baíllo vivía en la calle Magnes, núm. 5, y pagaba 1.572 pesetas con 54 céntimos. Entre los presbíteros se cita a José Vicente Manzanares Villanueva, que unos años antes vivía en el Pozo Hondo, núm. 3, y pagaba una contribución de 62 pesetas con 94 céntimos. El director de la banda de música que acompañó al cortejo fúnebre era, como se dice en el artículo, Bernardo Gómez Sánchez, por aquel  entonces uno de los dos farmacéuticos de Campo de Criptana, con residencia en la calle Iglesia, núm. 19. El otro era Carlos L. de Longoria, que tenía su farmacia en la calle Soledad, núm. 5.

Otros datos sobre algunos de los personajes a los que hemos aludido los encontramos en el Anuario-Almanaque del Comercio del año 1886 (págs. 1025-1026). De José Treviño y de Ángel de Mora se dice que eran abogados. Francisco Baíllo, Gregorio Baíllo, el conde de las Cabezuelas y Manuel Cereceda tenían fábricas de aceite. Tenían negocios relacionados con las paradas de caballos Francisco Baíllo y el conde de las Cabezuelas.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO