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Con una inmediatez inusitada, el periódico provincial El Pueblo Manchego, año II, núm. 530, del 12 de octubre de 1912 publicaba la esquela y nota necrológica de Ramón Cano Paños, licenciado en Sagrada Escritura, párroco de Campo de Criptana y arcipreste de Alcázar de San Juan y su partido. Fue aquel día sábado. Aquel mismo día 12, a las seis de la mañana, la muerte madrugó mucho, como suele serle habitual costumbre, y se llevó al párroco Cano Paños, así, casi de repente y sin que casi nadie se lo esperara. Es lo que tiene la muerte: que siempre viene por sorpresa. Fue aquella madrugada el canto del gallo lúgubre presagio. El lunes, día 14 de octubre, el mismo periódico provincial El Pueblo Manchego, año II, núm. 531, del 14 de octubre de 1912, nos daba cumplida, extensa y detalla cuenta del funeral, que, por supuesto, suponemos que fue de primera, en una época en que los había también de segunda y de tercera, y no sabemos si alguno más para quienes ni siquiera tenían para el último escalafón. Pero eso son distinciones y remilgos de los vivos; a la muerte no le importan ni la economía, ni la clase social, ni la belleza o fealdad, ni la vanidad de los cargos, ni la ostentación de costumbres.

Si conocemos esta descripción detallada del funeral es gracias a «El Corresponsal», aquel criptanense que durante mucho tiempo envió sus crónicas al periódico El Pueblo Manchego contribuyendo a que se nos conservara un retrato muy fiel y vivo de su época. Podríamos decir que «El Corresponsal» nos pone en una mirilla que permite retroceder en el tiempo y ver, con nuestros propios ojos, cómo fue antaño Campo de Criptana, cómo fueron sus gentes, cuáles fueron sus alegrías y sus desgracias, sus vanidades y humildades, sus anhelos y sus frustraciones. «El Corresponsal» comete a menudo faltas de ortografía y su redacción no es precisamente la de un escritor letrado, pero, como ya he dicho en muchas ocasiones, somos indulgentes con sus errores, porque por encima de todo están su interés, su dedicación y su esfuerzo por contarnos de la manera más fiel posible lo que sus ojos vieron, lo que su mente comprendió y lo que su corazón sintió. Veamos, pues, cómo fue el funeral del párroco de Campo de Criptana, Ramón Cano Paños, según «El Corresponsal»:

Como decíamos el sábado y presumiendo que Campo de Criptana había de hacer honor á su tradición, el acto del entierro y conducción del cadáver del que fué en vida párroco de esta villa, ha constituído la manifestación de duelo más grande y sincera que he presenciado.

Ni que decir tiene que el pueblo en masa deseoso de tributar el último homenaje de cariño á quien tan merecedor de el se había hecho por su afable trato y caballeroso proceder, acudió y como un sólo hombre llegó acompando (sic, por «acompañando») el cadáver al Cementerio y no es hipérbole afirmar que las lágrimas de muchos ojos no ayunos de sentimiento regaron la tierra bendita de la mansión de los muertos en holocausto y despedida del ser querido, mientras que los corazones elevaban al cielo plegarias por su descanso eterno.

El duelo ha sido presidido por el M. I. Sr. D. Eloy Fernández, prelado doméstico de S. S. y canónigo de la santa iglesia prioral y D. Valero Caudevilla quienes ostentaban la representación del Prelado, los Sres. D. Santiago Sánchez y un hermano político del difunto en representación de la familia, el alcalde D. Celestino Martínez que llevaba la del pueblo entero y multitud de amigos precedidos de la sección Adoración Nocturna, de la que el finado era director espiritual que concurrió en pleno y con bandera.

El féretro fué sacado de la casa rectoral por cuatro señores sacerdotes y, después, los dos kilómetros largos que separan dicho sitio del Cementerio, fué llevado en hombros, siendo un verdadero pugilado (sic, por «pugilato») el entablado entre los hombres de todas edades, clase y condición por poderlo llevar siquiera dos ó tres minutos; puede formarse una aproximada idea de esto, con sólo saber que, según cálculos muy en armonía con la realidad, se cambiaban los portadores, cuatro hombres, cada dos minutos, y ha durado el entierro dos horas y media largas.

Como el finado era arcipreste de Alcázar de San Juan y su partido, han concurrido comisiones del clero regular de aquella localidad, RR. PP. Trinitarios y Franciscanos, otra representación del secular del mismo punto y el cura vicario de Herencia D. Pedro A. Serrano, que ha ido de Preste en el entierro y se espera, porque así lo tienen anunciado la llegada de comisiones de otros puntos, para el funeral de mañana que responderá como se debe á la suntuosidad y severidad de los (sic, por «las») circunstancias.

Jean Beraud: "Regreso del entierro"

Jean Beraud: «Regreso del entierro»

Así de fastuosos fueron los funerales del párroco de Campo de Criptana, en loor de multitudes. E ironías de la vida, algunos de los que poco antes habían rendido su visita a Campo de Criptana cuando estaba el párroco en la plenitud de su vida, aquel día vinieron a enterrarlo y acompañarlo en su postrer travesía. Me refiero a Valero Caudevilla. Vino a Campo de Criptana en 1911 acompañando al obispo provincial en la visita que éste rindió a su grey de la comarca de Alcázar. Venía como secretario suyo y, seguramente, en más de una ocasión hubo de reunirse con el párroco Cano Paños para ultimar detalles de la visita. Vino a Criptana en 1911 Caudevilla con motivo de una gozosa ocasión (véanse: La ilustre visita episcopal, Campo de Criptana, 1911, I: Preámbulo y observaciones generales; y La ilustre visita episcopal, Campo de Criptana, 1911, XI: Actos finales, despedida… y la lluvia que no cesa). Volvió a Criptana en 1912 para un funeral inesperado. Son ironías de la vida… que uno nunca sabe por dónde va a salir.

Ya hicimos ayer alusión a la estrecha vinculación que unió al párroco Cano Paños con la Adoración Nocturna criptanense (véase: Ramón Cano Paños, párroco de Campo de Criptana, R. I. P., † 1912). No podían faltar ellos, por supuesto, en sus exequias. Como tampoco podía faltar la más alta autoridad civil de la localidad, el alcalde Celestino Martínez Santos, quien, sin duda, fue el protagonista privilegiado de la que, probablemente, ha sido la época más fascinante e interesante en la historia de Campo de Criptana, aquellos tiempos en que este pueblo dio su gran salto al progreso (véanse: El alcalde Celestino Martínez Santos, y su consistorio, Campo de Criptana, 1912; El Ayuntamiento de Campo de Criptana en 1912; Campo de Criptana en 1912, II: El ayuntamiento; y El Círculo de la Concordia, Campo de Criptana, 1912).

Campo de Criptana acompañó a su párroco a su última morada y aquel 14 de octubre de 1912 la vida siguió, como ha sido siempre, como es y como será. El sol volvió a salir como cada mañana e iluminó con su luz la tierra, y la vida siguió su rumbo natural.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO