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Hans Holbein: "Danza Macabra". La muerte llevándose a un religioso

Hans Holbein: «Danza Macabra». La muerte llevándose a un religioso

Ignacio de Artiñano y Orbegozo, bilbaíno de origen, era canónigo magistral de la Catedral de Burgos. Tenía propiedades y tierras en Campo de Criptana y en una visita que hacía a este pueblo en enero de 1903, la muerte le sorprendió (véase: La inesperada muerte de Ignacio de Artiñano, Campo de Criptana, 1903). El hecho fue recogido por muchos de los periódicos de la prensa nacional y regional. Fue ésta la segunda muerte de Artiñano, pero ésta fue la auténtica. En agosto de 1890 circuló un rumor falso según el cual Artiñano habría fallecido, también en Campo de Criptana (La Unión Católica, del 27 de agosto de 1890, pág. 3).

Para averiguar más sobre el fallecimiento de De Artiñano, es obligado recurrir aquí a los datos recogidos en su acta de defunción que se conserva en el Juzgado de Campo de Criptana. De nuevo, debo agradecer al personal de este juzgado las facilidades que me ha dado para acceder a este documento.

El acta se hizo el día 12 de enero de 1903, a las nueve de la mañana, ante el juez municipal, el abogado Andrés Cenjor y Milán, ante el secretario, José Antonio Sánchez y Sepúlveda. El compareciente fue Vidal Moreno y Lara, criptanense, casado y propietario, con residencia en la calle de la Reina, y «amigo del finado». Manifiesta que Artiñano era natural de Bilbao, en la provincia de Vizcaya, y que falleció a los sesenta y dos años de edad, siendo canónigo magistral de Burgos, domiciliado «accidentalmente en esta villa, calle del Puente». Había fallecido el día anterior, es decir, el 11 de enero, en su domicilio, a causa de una «bronco-neumonia grippal (sic)».

Juan Valdés Leal: "Finis Gloriae Mundi"

Juan Valdés Leal: «Finis Gloriae Mundi»

Ignacio de Artiñano era hijo legítimo de Vicente Artiñano y de Manuela Orbegozo, ambos naturales de Bilbao, y ambos ya fallecidos. Había otorgado testamento cerrado el treinta de agosto de 1893 en Burgos, ante el notario Fernando Montumbio. Se le daría sepultura en el cementerio «de la Concepción de esta villa». Fueron testigos de la redacción del acta de defunción Vicente Martínez Herencia, casado, empleado, y Manuel Pizarro y García, viudo, veterinario, mayores de edad. El primero estaba domiciliado en la calle de Santa Ana, y el segundo en la calle de la Fuente. Firman al pie del documento el juez, el secretario, el compareciente y los testigos.

Algunos datos de este acta vienen a poner en cuestión ciertas informaciones publicadas en notas necrológicas de la prensa. El periódico El Lábaro, año VII, núm. 1791, del 13 de enero de 1903, señala que:

El señor Artiñano, á quien aquejaba hace años un rebelde padecimiento, se dirigía á sus posesiones de Campo de Criptana, en compañía de su amigo D. Valero Vidarte, después de haber permanecido una corta temporada en esta capital, y agravada, sin duda, su enfermedad con las molestias del viaje, le ha sorprendido la muerte en Alcázar de San Juan.

"Epitafio de Ignacio de Artiñano (Cementerio de Campo de Criptana)": Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

«Epitafio de Ignacio de Artiñano (Cementerio de Campo de Criptana)»: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Pues bien, el acta de defunción deja bien claro que el fallecimiento no aconteció en el transcurso del viaje y que no tuvo lugar en Alcázar de San Juan, sino en su casa de Campo de Criptana, en la calle del Puente. Más exacta es la nota que publica el periódico El Papa-Moscas, año XXI, núm. 1.394, del 18 de enero de 1903, que sitúa su fallecimiento en Campo de Criptana. Los restos mortales de Ignacio de Artiñano y Orbegozo, canónigo magistral de la Catedral de Burgos, yacen aún en el cementerio de Campo de Criptana, en la sepultura de los presbíteros de la que ya tanto hemos hablado en este blog (véase: Historias del cementerio de Campo de Criptana: La humilde sepultura de los presbíteros, 1873-1923). De él queda como único recuerdo su nombre y la fecha de su fallecimiento, aún legibles en su sencillo epitafio:

D. IGNACIO ARTIÑANO 1903

La muerte siempre sorprende, siempre es inesperada y siempre es traidora, pero en este caso lo fue más. El postrer viaje de Artiñano fue, realmente, el último. Poco habría imaginado el canónigo magistral, que tendría destinado, quizá, un futuro lugar de enterramiento en su catedral, que acabaría sus días en Campo de Criptana y que su cuerpo descansaría el sueño eterno en su cementerio, en la humilde sepultura de los presbíteros, bajo el sol luminoso de La Mancha y la mirada atenta de un ciprés.

La muerte dio jaque mate en aquella partida, y ganó. Como siempre.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO