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Diego Velázquez: "El aguador de Sevilla" (ca. 1620). Londres. Apsley House

Diego Velázquez: «El aguador de Sevilla» (ca. 1620). Londres. Apsley House

Aquel comienzo de marzo del año 1912 fue un momento clave para el futuro de Campo de Criptana. Fue entonces cuando Criptana se empeñó en hacer llegar a sus casas las aguas desde la vecina Alcázar de San Juan, y no se ahorraron esfuerzos en esto. Fue noticia histórica, y gran noticia y de mucho relumbrón comarcal, como indica el hecho de que se publicara en el periódico provincial El Pueblo Manchego (año II, núm. 348, del 5 de marzo de 1912); y también tuvo su pequeño relámpago de gloria como noticia nacional, porque de ella se hico eco el periódico El Liberal (núm. 11.937, del jueves 11 de julio de 1912) (véanse: ¡Agua!… por fin, Campo de Criptana, 1912, I; y ¡Agua!… por fin, Campo de Criptana, 1912, II).

"Fuente": Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

«Fuente»: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

No podía tal acontecimiento pasar desapercibido para el periódico que durante algunos años fue la conciencia de Campo de Criptana y escarnio de sus alcaldes y concejales. O, al menos, podríamos decir, uno de sus periódicos, porque, como ya hemos visto en este blog fueron varios los que se publicaron en diferentes periodos de las tres primeras décadas del siglo XX. Es Sancho Panza y, nos vamos al núm. 91 correspondiente al año XI, del 17 de marzo de 1912, para encontrar la noticia sobre la traída de aguas a Campo de Criptana. Y así se titula precisamente el artículo: La traída de aguas. Pero no espere el lector encontrar aquí un cúmulo de datos ni de curiosidades ni primicias, ni virguerías verbales ni informes económicos, ni valoraciones políticas. Es más bien un elogio en tono épico de las empresas que el pueblo de Campo de Criptana era capaz de emprender por aquel tiempo, y a la vez un denuesto de quienes se negaron a colaborar en el proyecto. Ya se habían comenzado a ofrecer las suscripciones de obligaciones a los criptanenses y éstos fueron los resultados:

El entusiasmo conque (sic) se ha acogido la idea de la traida de aguas, se manifiesta bien claramente en la larga lista de suscritores (sic) de obligaciones. Muy contadas han sido las personas, visitadas por las Comisiones, que se han negado á cooperar con su ayuda á la realización del proyecto. Dejamos hoy sin comentario este proceder; tiempo habrá de hacerlo cuando el proyecto vaya en vías de realización. A la par de estos casos de oposición pasiva que matan toda esperanza de hacer algo grande en el pueblo, hay otros ejemplos que alientan; ejemplos dados, no ciertamente, por las personas de opulento capital, sino por gentes pobres, por humildes trabajadores que no dudan en hacer un verdadero sacrificio para procurar al pueblo un bien general.

Se ha dado el ejemplarísimo caso de juntarse dos personas para suscribir una obligación, que por si solas no hubieran podido desprenderse de las 50 ptas. que necesitaban para las necesidades más precisas de sus casas. Otros suscribieron una obligación haciendo constar que en la actualidad no disponían ni de 10 pesetas, pero que llegado el momento de pagar ya verían la forma de hacerlo.

Estos ejemplos enaltecen y dignifican á las personas por humildes é insignificantes que estas sean, como lo contrario rebaja y empequeñece al personaje más encumbrado y poderoso.

Giovanni Battista Piranesi. Grabado. Restos de acueductos en Roma

Giovanni Battista Piranesi. Grabado. Restos de acueductos en Roma

Así fue el proceso de venta de acciones o de obligaciones para alcanzar el presupuesto necesario para el proyecto, estimado en 90.000 o 100.000 pesetas, según el periódico Sancho Panza o en 110.00 según el periódico El Liberal. El engranaje del progreso ya estaba en marcha. Y sería imparable.

En el artículo de mañana seguiremos viendo lo que nos dice Sancho Panza sobre el tema, en particular sobre el presupuesto y sobre el comienzo previsto de las obras. Por cierto, sabemos también los nombres de los criptanenses que suscribieron las obligaciones y por qué valor, pero esto lo dejaremos para luego.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO