Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Vincent van Gogh: "Par de botas" (1886). Amsterdam, Museo Nacional Van Gogh

Vincent van Gogh: «Par de botas» (1886). Amsterdam, Museo Nacional Van Gogh

Hablábamos ayer de lo efímero que es un periódico. Se publica, se lee y se tira o sufre otros usos para los que no fue originalmente concebido, incluidos el higiénico. El ingenio humano saca partido de todo y, es curioso, cómo una simple y humilde hoja de periódico puede tener tantos y tantos usos, y tan diferentes unos de otros. El periódico, cualquier periódico, digámoslo en abstracto y como concepto, informa y la información siempre es puntual, rauda, veloz, y pasa como pasa el viento, o el agua de un río. En cambio el saber es más pausado, más permanente, más… eterno, digámoslo así ¿por qué no? El saber es atemporal y acumulativo, al contrario que la información. A pesar de todo, ya decíamos ayer el gran interés que tienen las antiguas hemerotecas para conocer aspectos de la vida cotidiana de otros tiempos que, de otro modo, nos serían casi completamente desconocidos. Y no desmerece de tal valor la publicidad, algo repentino, pensado para llamar la atención del lector en un momento y para que su mensaje quede en su mente por mucho tiempo. Por eso, tanto da una información política y económica de hace cien años en un periódico, que un anuncio de venta de jamones o de longanizas. Porque, al final, sin la política y la economía se puede vivir, pero sin jamones y longanizas no. Y nos vamos de nuevo al periódico local Sancho Panza (año XI, núm. 91, del 17 de marzo de 1912) para penetrar como observadores en aspectos de la vida cotidiana criptanense de aquel tiempo.

Para todo el que use zapatos, su lustre, su brillo y su perfecta limpieza son una continua obsesión, una preocupación sin final. Todo lo relacionado con el zapato clásico forma parte de un ritual, casi en extinción en un tiempo como el nuestro en el que otro tipo de calzados variados en formas y materiales invaden su terreno: el zapato mismo, la calidad de su piel, el calzador (metálico a poder ser, porque los de plástico son un vulgar sucedáneo), unos cordones de calidad, el juego de cepillos para su limpieza, variado y cada uno con su finalidad exclusiva, la crema, con el color justo para cada caso. Un ritual es también limpiar un zapato, aplicar la crema, pasar el cepillo… ritual, por cierto, muy místico, placentero y relajante.

Por aquel año de 1912 este ritual estaba en pleno apogeo, y por ello, un establecimiento criptanense anunciaba la puesta a la venta de una excelente crema de calzado. Lo curioso es que este anuncio que reproduzco a continuación no se publicara en la sección de publicidad del periódico, sino en la sección de noticias. Dice así:

NEGRINA CORONA. Los Hijos de P. Alarcón, en obsequio á su numerosa clientela, han adquirido, esta SIN RIVAL CREMA para el calzado, en inmejorables condiciones para la venta. No tiene la NEGRINA comparación con ninguna otra clase de betún, pues no mancha, ni corta, ni endurece el calzado, tanto el negro como el de color.

Apesar (sic) de sus excelentes cualidades se vende á 60 cts. 100 gramos, precio que resulta mucho más económico que el de cualquier otro producto para la limpieza del calzado.

No mancha ni endurece ni corta el calzado y su uso es sumamente sencillo, pudiéndose aplicar á toda clase de curtidos.

– Calle de Alfonso XII, núm. 15-

Recordemos que la calle Alfonso XII es la actual calle Murcia.

Pascal Adolphe Jean Dagnan Bouveret: "Hamlet y el  enterrador" (1883)

Pascal Adolphe Jean Dagnan Bouveret: «Hamlet y el enterrador» (1883)

Nos resulta conocida esa zapatería en este blog y nos trae evocaciones lúgubres y espeluznantes. Fue ésta la zapatería en la que aproximadamente un año antes, en julio de 1911, se había presentado una mujer para que se le hiciera el favor de cambiarle un par de botas, ya que le «venían pequeñas» a una de sus hijas. El comerciante reconoció las botas: no se las había vendido a aquella mujer, sino a otro vecino del pueblo, Pablo Olivares. Eran para su hijo, que había muerto de difteria y había sido enterrado el día antes. Aquella mujer no era otra que la esposa del sepulturero Patricio Díaz Hellín, quien se dedicaba por aquellos tiempos a profanar el sueño de los muertos del cementerio criptanense en busca de trajes, zapatos, objetos preciosos y de todo aquello que pudiera vender (véanse: Campo de Criptana, 1911: La espeluznante historia del saqueador de tumbas; Campo de Criptana, 1911: Más sobre la espeluznante historia del saqueador de tumbas… y su mujer; y Campo de Criptana, 1911: De nuevo sobre la espeluznante historia del saqueador de tumbas… y su mujer ¿El desenlace?). Fue precisamente este episodio de las botas en la zapatería de los Hijos de P. Alarcón el que descubrió a la opinión pública la espeluznante y terrorífica historia del saqueador de tumbas del cementerio de Campo de Criptana… y de su mujer.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO