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Panorámica de Campo de Criptana (Detalle): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Panorámica de Campo de Criptana (Detalle): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Ponemos con este epílogo el punto y final a la serie de artículos dedicada a la criptanense calle de la Fuente y a algunos de sus habitantes en los últimos años del siglo XIX. Realmente la serie estaba acabada con el artículo de ayer, pero pensando, y pensando, me di cuenta de que faltaba algo, de que quedaba algo por decir, de que la calle de la Fuente, o de la Fuente del Caño, o aquella vieja calle de la Cruz Verde (llámese como se quiera, porque en el fondo el nombre aquí da igual) daba para algo más, quizá para mucho más. Me vino, sin embargo, la idea de continuarla ayer, y me la inspiró en un pequeño paseo por Göttingen la Gänseliesel, o «la chica de los gansos», estatua de una chiquilla que corona la fuente situada ante el Altes Rathaus, es decir, el antiguo ayuntamiento, de la ciudad. Es la chica más besada del mundo; todo recién doctorado en la Universidad de Göttingen lo celebra subiendo a la fuente y besándola. Hoy, entre viajes en tren y en avión, despistado en la estación central de Frankfurt por una avería de mi tren ICE (ese que me tendría que llevar al aeropuerto), que si llueve que si no llueve, he ido dando forma a la idea, y el epílogo ha ido brotando poco a poco entre mucho agobio y muchas prisas. Y por eso lo escribo.

Campo de Criptana (Símbolos): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Campo de Criptana (Símbolos): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

La Gänseliesel es el símbolo de Göttingen. Ocurre, en definitiva, con ésta como con toda ciudad, como con todo pueblo, como con toda aldea. Todo tiene sus símbolos. Campo de Criptana tiene sus símbolos: sus molinos, su herencia cervantina, sus evocaciones quijotescas. También muchas calles tienen sus símbolos. La Cruz Verde fue un símbolo, quizá ya tan viejo, ya tan olvidado, que se ha perdido en la nebulosa del pasado. Y aquella calle de la Fuente tuvo y tiene, y quizá, esperemos, tendrá, dos símbolos: la fuente del Caño, aquella que marca su final, aquella última frontera boreal de Campo de Criptana; y la fuente del Moco, enigmático nombre, quizá místico… vaya usted a saber. La Fuente del Caño fue siempre un símbolo, el de la lucha por la supervivencia en aquellos tiempos antiguos en que los cántaros iban y venían… a la fuente de la vida. La Fuente del Caño formaba parte del paisaje, tanto que era el paisaje. Lamentablemente alguien, algún día, pensó que había que darle imagen de pequeño Partenón, de Partenón que no ha crecido ni crecerá, de Partenón con pretensiones de promoción social, de Partenón nuevo rico… y al pie de los molinos. De eso hace ya muchos años.

Tampoco la Fuente del Moco escapó a esos aires de cambio. Parece que a veces Criptana siente vergüenza de aquella vieja y salvífica cal que tanto protegió a sus habitantes de las inclemencias del tiempo, de aquella cal que hacía bajo el sol refulgir sus casas como perlas brillantes incrustadas en su sierra. Fue aquella misma cal que cubrió, durante años y años (más numerosos que el recuerdo), esa vieja fuente del Caño que, quizá, tantos y tantos trasiegos de cántaros contempló. Pero de esto hace ya mucho, tanto que ya casi se ha olvidado.

Los tiempos han cambiado, han cambiado los nombres de la calle; generaciones y generaciones se suceden, el sol sale cada día y se pone cada día, pero la calle de la Fuente…. mírala, allí está, como dice aquella famosa canción, «viendo pasar el tiempo»… Por cierto, a pesar de todo, al final llegué a tiempo al aeropuerto de Frankfurt, y seguí pensando en símbolos, en la Gänseliesel, y en la calle de la Fuente, hasta, por fin, dar forma a este epílogo.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO