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Casa de la Huerta de Treviño: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2009)

Casa de la Huerta de Treviño: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2009)

Ayer reconstituí a base de recuerdos cómo era la Casa de la Huerta de Treviño cuando yo la conocí (no hace tanto, porque mi edad no da para retroceder tanto en las penumbras del pasado), cuando daban sus últimos coletazos sus días de esplendor o, mejor dicho, cuando ya su decadencia era tan evidente que, lo que fue realidad, pronto sería recuerdo, y que lo que fue pasado, pronto sería olvido, porque no tendría ni presente ni futuro. Quizá los recuerdos no son suficientes para dibujar cómo era aquella casa hace tiempo; hay demasiadas lagunas y lo que no es laguna se pierde entre la visión de las cosas que, conforme avanza el tiempo, se hace cada vez más idílica, tanto que confunde realidad y pasión. Por ello, lo mejor es que recurramos, como en otras ocasiones, a las fotografías del Vuelo Americano AMS de 1956-1957 accesibles en Iberpix (Instituto Geográfico Nacional) que aquí, en este blog, son ya casi como de la familia. En una de ellas podemos ver a vista de pájaro la disposición de la Casa de la Huerta de Treviño a mediados del siglo XX y, especialmente, cómo era su bosquecillo cuando se encontraba aún en uno de sus momentos de mayor esplendor.

Casa de la Huerta de Treviño. La colina: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Casa de la Huerta de Treviño. La colina: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Destaca en esa fotografía en blanco y negro, hecha desde el aire, el conjunto de la Casa de la Huerta de Treviño por la forma geométrica de perfecto anfiteatro que dibuja el perímetro de la colina coronada por el palomar. . Se aprecia perfectamente, en el centro de ella el edificio cuadrangular de su palomar, con patio interior. Es esta colina y su palomar lo que realmente más distinguía a la Casa de la Huerta de Treviño, y es su palomar su seña de identidad, lo que aún la sigue distinguiendo en el paisaje, pues desde todos los puntos cardinales de los alrededores es visible, como faro en el inmenso mar de la llanura. Pero, sobre todo, vista así desde el aire, esa colina resulta ajena al entorno llano en que se halla; resulta tan extraña como postiza; es como si fuera una de esas excrecencias del terreno que la superposición de poblamientos humanos ha ido formando a lo largo de siglos, o de milenios, quién sabe. Si de algo no hay duda es de que estos predios estuvieron habitados desde muy antiguo y que ya los celtíberos andaban por aquí antes de que Campo de Criptana fuese un ensueño de un futuro lejano, antes de que existiese ni siquiera su nombre, cuando La Mancha era un inmenso bosque de encinas y sus arroyos de aguas cristalinas y limpias corrían alegres, cantarines y libres en su virginidad intocada. Y luego estuvieron los romanos por aquí, y dejaron huellas por todas partes, y dejaron lindes todavía hoy visibles. Cambian las costumbres, cambian los tiempos, cambian las gentes, pero las lindes de los campos permanecen inmutables desde hace siglos.

El palomar desde la lejanía: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

El palomar desde la lejanía: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Al sur de la colina se ve encabalgada la casa principal, con una pequeña explanada en su fachada principal, que estaba y está aún, orientada hacia el sur, como debe ser, y como dictaba la sapiencia de los antepasados que buscaba siempre la luz, la luz del sur y el calor del sol para mitigar esos fríos de los días de invierno. Pero, sobre todo, lo que destaca en esa fotografía es la masa del arbolado, oscura, casi negra en este blanco y negro fotográfico. Es aquel bosquecillo que ya no existe, que abraza a la casa apasionadamente, y abraza como acunándola a la colina por el sur, y avanza por sus laterales hacia el norte. Su único límite, humano en este caso, era el camino a la derecha. Aguzando un poco más la vista se puede vislumbrar el cauce del arroyo de San Marcos, de líneas suaves, casi imperceptibles, y cómo va a nacer justo en la masa negruzca de aquel bosquecillo, y cómo siguiendo su cauce, un poco después, traza un recodo, y de dirigirse hacia el oeste vira de repente y corre hacia noroeste, y deja a su derecha la Casa de los Anastasios, que hoy está igual que estaba entonces. Quien conociera ese paraíso en aquel tiempo no tan lejano, hoy ya no lo reconocería… Es más: ni siquiera lo podría imaginar.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO