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Ferdinand Heilbuth: El lector (1856). Hamburgo The Hamburger Kunsthalle

Ferdinand Heilbuth: El lector (1856). Hamburgo The Hamburger Kunsthalle

Cambiamos hoy completamente de tercio. Dejamos aparcadas por unos días las calles de nuestro monopoli criptanense particular, de las que ya tanto hemos escrito, y de las que nos queda aún tanto por escribir. Dejamos a un lado, también esos esbozos biográfico-económicos que hemos dedicado a algunos criptanenses de aquellos tiempos tan lejanos… y también esa toponimia rural y esos recorridos por el término criptanense que tanta satisfacción nos han dado en los últimos tiempos.

Y volvemos a la biblioteca. Digámoslo como término genérico, “la biblioteca”, sin especificar, porque no sabemos muy bien cómo relacionar la biblioteca de la que vamos a hablar hoy con la Biblioteca Pública criptanense de hoy, la “Alonso Quijano”. Una biblioteca es como la cultura: obra de generaciones y generaciones, en la que cada uno ha ido poniendo su granito de arena. Así crecen y así deben desarrollarse si quieren cumplir su misión: preservar la cultura y ponerla en manos de los lectores que son, en definitiva, a quienes están destinados los libros y en quienes pensaron los que los escribieron.

La biblioteca es un milagro en si misma, porque tiene esa capacidad de sorprender a un lector moderno con escritos como La Ilíada, La Eneida, La Divina Comedia o Don Quijote de la Mancha (puesto que en La Mancha nos encontramos) transmitidos con cuidado por copistas e impresores y conservados con mimo por sus bibliotecarios durante siglos. Y no hay mayor sorpresa que la que proporciona un libro, cuando es bueno por supuesto. Y a veces cuesta mucho más encontrarlo  que trazar un triángulo de cuatro lados.

Y como me he perdido en mis consideraciones, vuelvo a retomar el tema que me ocupaba hoy: una biblioteca de Campo de Criptana en 1883, o más bien, la “biblioteca popular”. Hubo a comienzos de la década de los ochenta del siglo XIX un ambicioso proyecto del Ministerio de Fomento para dotar a las principales localidades del país de bibliotecas con la intención de no dejar al mundo rural desamparado de lectura y cultura. Parece, sin embargo, que, una vez creadas las bibliotecas populares no recibieron la suficiente atención de las autoridades. De eso se queja,precisamente, un artículo de aires quejumbrosos publicado en la Revista Contemporánea, año 9, tomo 48, vol. 1, del 15 de noviembre de 1883. El balance que hace el autor de la situación de las bibliotecas populares españolas es muy poco halagüeño. A continuación enumera las bibliotecas de este tipo que se habían fundado en toda España a 1 de enero de 1883. Y entre ellas encontramos la de Campo de Criptana, que tenía el número 739 en el listado de fundación de bibliotecas por el Ministerio de Fomento. Y no estaba sola en la provincia de Ciudad Real. Los principales pueblos tenían también sus bibliotecas populares: Alcázar de San Juan, Pedro Muñoz, Almagro, Villarrubia de los Ojos, Almodóvar del Campo, etc.

Como ya he dicho, desconozco si esta biblioteca popular fue el germen o no de la actual Biblioteca Alonso Quijano, pero es probable que fuera así. Y he escrito este artículo porque me ha traido a la mente una amarga ironía: que Campo de Criptana ya tuviese biblioteca en 1883 y que, ciento cuarenta años después, la que podría ser una gran biblioteca pública, esté sumida en un estado de abandono y olvido desesperantes. Es una lástima que no se valore el legado de generaciones y generaciones que es una biblioteca, ni su función fundamental en la cultura de un pueblo, no sólo como conservadora del saber, sino también como transmisora y difusora.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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