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William Adolphe Bouguereau: El día de los muertos (1859). Burdeos, Musée des Beaux-Arts

William Adolphe Bouguereau: El día de los muertos (1859). Burdeos, Musée des Beaux-Arts

Ignoramos el momento, y la hora, y si será un sábado, un domingo, lunes o… puede que un martes y 13. Desconocemos también  el lugar y la circunstancia. Pero de algo estamos seguros: la Muerte llegará con toda seguridad y hará su labor, la que viene haciendo desde que el mundo es mundo, incansable e insaciable. Traicionera ella, la muerte se presenta cuando nadie se lo espera, a lo mejor en el momento más inoportuno. Por ello hay que ser precavidos y tener previsto un lugar de descanso eterno… para cuando la Parca se presente y siegue lo que tenga que segar, que para eso es libre e independiente de todo y hace lo que quiere, porque muere un rey, muere un Papa y a la muerte nadie se escapa.

Iba comenzando a recibir cuerpos ya a finales del siglo XIX el cementerio criptanense, y cada vez eran más, y se iba llenando poco a poco aquel camposanto de la podredumbre de aquellos criptanenses que, quizá, fueron vecinos en vida, y puede que, por una casualidad del destino, lo fueran también en la muerte. Cosas más raras se han visto.

Hans Holbein el Joven: Danza de la Muerte, el Papa

Hans Holbein el Joven: Danza de la Muerte, el Papa

Tenía Campo de Criptana cementerio nuevo allá por mediados del siglo XIX, quizá porque el otro, el del Pozohondo, aquel fundado a comienzos del XIX, se había quedado pequeño o había quedado ya demasiado cerca del pueblo (véase: El primer cementerio de Campo de Criptana, 1807). A la muerte y a los muertos conviene mantenerlos alejados, cuando más mejor. Aquel nuevo cementerio se había establecido a mediados del XIX frente a los pozos de la Concepción y junto a la ermita del mismo nombre, en las afueras más afueras criptanenses, allá por donde sale el sol (véanse: Acuerdos y decisiones fúnebres, y la cuestión del cementerio, Campo de Criptana, 1879-1891; y La calle Concepción, los cementerios y un terrible suceso, Campo de Criptana, 1877-1929). Había allí campo, campo y campo, y embalsamientos molestos de agua. Cuesta imaginarlo hoy día. Es una curiosa ironía, que el cementerio criptanense se esté emplazado hacia el Oriente, pues el Oriente simboliza el retorno de la luz y de la vida, el advenimiento del día tras la oscuridad de la noche, momento en que los tenebrosos espectros de las tinieblas se alejan ahuyentados por el resplandor del sol. La luz lo puede todo, hasta ahuyentar a los espectros y a las pesadillas. Y es ironía también que el cementerio criptanense tuviese por primer nombre el de «Concepción», que no es sino el comienzo de la vida. Comienzo y final, vida y muerte, el Alfa y el Omega, esa es la ironía del cementerio criptanense.

Tenemos los nombres de algunos de esos criptanenses que, previsores, iban preparando un receptáculo eterno para sus cuerpos, un «sitio». Y la concesión dependía del Ayuntamiento criptanense, pues estas solicitudes se trataban en las sesiones ordinarias. Tenemos algunos ejemplos. El 4 de noviembre de 1889, en sesión ordinaria del ayuntamiento, se acordó que se concediesen sepulturas a perpetuidad «a los vecinos» D. Jesús Ortiz López y a D. Leocadio Muñoz Ojicos (Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, del 20 de diciembre de 1889). Días después, como recoge este mismo boletín, vuelve a salir el tema, en este caso en la sesión ordinaria del 2 de diciembre. Se decide entonces conceder a perpetuidad a Juliana Muñoz el terreno que en el Cementerio ocupaba el cadáver de su hijo Joaquín Rubio. Años después, también en sesión ordinaria del ayuntamiento, en este caso del 2 de marzo de 1896, se decide ceder en propiedad a Felisa Lara, previo pago de 25 pesetas, el sitio núm. 46 del cementerio de la villa.

Nos ha aparecido la palabra «sitio» en un curioso uso muy corriente en Campo de Criptana aún hoy. En mi opinión, el uso de «sitio» no responde más que a un eufemismo por el cual se evitan palabras que conllevan en sí mismas una fuerte connotación fúnebre o una evocación directa de la muerte y todo lo que tiene que ver con ella, como «tumba» o «sepultura». Pero también hay que decir que la tradición fúnebre latina, desde la antigüedad tenía por costumbre incluir en epitafios la frase Hic situs est corpus…, es decir, «aquí está colocado el cuerpo…». Son las cosas de la lengua, que también huye, cuando puede, de la muerte.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO