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Campanario en Passau (Vista parcial del cuadro "Panorámica de Passau"): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2012)

Campanario en Passau (Vista parcial del cuadro «Panorámica de Passau»): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2012)

A veces los designios del destino y las casualidades nos llevan y nos traen de un sitio a otro, sin que nos demos cuenta y sin que sepamos muy bien adónde vamos a llegar. En este blog ya lo hemos visto en muchas ocasiones, unas veces porque tirando, tirando y tirando del hilo hemos llegado a unos destinos insospechados; otras veces porque casando casualidades que, a simple vista, parecen inconexas, podemos reconstruir toda una historia completa, hasta con prólogos y epílogos, si se tercia, con lo difícil que es dar forma a todo eso. Y lo mejor que podemos hacer ante estas situaciones es dejarnos llevar, como se deja llevar la brizna por el viento, y no pensar en cuál será el final del viaje. Será, siempre, sorprendente.

Al tema de hoy nos han traído dos historias ya contadas en este blog. En la primera, que publicamos el pasado día 20 de junio de 2013 con el título Los frailes desalmados y «El Motín» (Campo de Criptana, 1885), hacíamos referencia a un triste suceso que denunciaba ese periódico satírico con sus tintes siempre anticlericales en su número del 2 de abril de 1885. El «chico» que se encargaba de tocar las campanas con motivo de la llegada de unos frailes a Campo de Criptana cayó del campanario y, como era de esperar, murió. Y, según nos dice El Motín, esos frailes ni siquiera lamentaron en el púlpito ese lamentable hecho. En la segunda contamos algunas cosas sobre la vieja calle Aduana de Campo de Criptana. La publicamos hace apenas unos días, el 26 de enero de este mismo año, con el título El «monopoli» criptanense (Campo de Criptana, 1900) (XV): La vieja calle Aduana.

El campanario: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

El campanario: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Qué tiene que ver una historia con la otra, te preguntarás, atento y entregado lector. Pues mucho. Como verás a continuación. Porque el chico que cayó del campanario se llamaba Manuel Francisco José Julián Vela Manzanares Díaz Parreño y vivía, precisamente, en la calle Aduana. Lo que sabemos sobre él lo encontramos en el Acta de Defunción que se conserva en el Juzgado Municipal de Campo de Criptana y lo que sigue está tomado de ella. Agradezco, como siempre, la ayuda del personal de este juzgado para poder tener acceso a estos datos. Y vamos ahora a ver qué encontramos en este documento.

Se hizo el acta a las ocho de la mañana del día 22 de marzo del año 1885, ante Juan de la Cruz Baíllo y Marañón, abogado y juez municipal, y D. Juan de Dios Villoslada y Navarro, secretario. Compareció José Antonio Vela Bermejo, natural de la villa y mayor de edad, casado, de ocupación propietario, y domiciliado en la calle del Huerto Pedrero, núm. 11. Y compareció en calidad de tío carnal del finado, que se llamaba, como ya se ha dicho, Manuel Francisco José Julián Vela Manzanares Díaz Parreño, también natural de la villa, que tenía en el momento de su fallecimiento diez años y medio, y estaba domiciliado en la calle de la Aduana número 11. Falleció a las cinco y media de la tarde, del día 20 de ese mismo mes, «en sitio del pie de la torre de la Iglesia á consecuencia de caida desde las campanas».

Torre (Alcaraz): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Torre (Alcaraz): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Se nos dice a continuación de quiénes era hijo legítimo. Era su padre Juan José Vela Manzanares, de ocupación labrador, y su madre Isabel Díaz Parreño, natural también de esta villa, con «ocupación, la de su sexo».  Se especifica que al cadáver se le habrá de dar sepultura en el cementerio de la Concepción de la localidad. Fueron los testigos de la elaboración del acta Ramón Lara y Pulpón, natural de la villa, mayor de edad, practicante, domiciliado en la calle Empedrada núm. 1 (actual calle de la Virgen), y Francisco Granero, también natural de la villa, mayor de edad, soltero, empleado, domiciliado en la calle de Doña Ana, núm. 1. Firman al pie el acta el juez, el secretario, el compareciente y los testigos.

Ésta es la triste historia de ese niño criptanense que habría nacido en 1874 y que tuvo una muerte tan espantosa. ¿Has visto lector, cómo todas las historias nos llevan al final a un destino cierto y cómo, hilando e hilando, vamos componiendo poco a poco, como parcas, esa tela que es la vida y cómo vamos, también como parcas, deshilando y cortando esos hilos de la vida para llegar a la muerte? Todo tiene una razón de ser en este infinito universo, todo tiene su razón de ser… aunque casi nunca lleguemos a comprenderla.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO