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Cementerio (Madrid): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

Cementerio (Madrid): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

Hay coincidencias curiosas. La historia está llena de ellas, tanto que, a veces, más que encontrarnos en la realidad, pensamos que nos hallamos en un mundo imaginario y que tanta concidencia como encontramos no puede darse, y que tiene que haber algún error. Pero no siempre es así, y de hecho, tan importante como el transcurrir natural del tiempo son las zancadillas del destino, que nunca sabemos por dónde va a salir, ni qué pretende ni qué busca de nosotros. Pero lo cierto es que no deja de asombrarnos continuamente. Hace un tiempo, el día domingo 10 de noviembre de 2013 publiqué en este mismo blog un artículo en el que no pude ocultar mi extrañeza, como tampoco pude ocultarla el día que encontré en el cementerio municipal de Campo de Criptana un frío y gris día del pasado otoño una sepultura muy curiosa (véase: Carmelo Manzaneque, del comercio, Campo de Criptana, 1854-1922). Era esta sepultura la de Carmelo Manzaneque,» del comercio», tal y  como se especifica en su epitafio. Había fallecido el día 31 de octubre de 1922 a los 68 años de edad. Pero lo curioso viene ahora, porque  a continuación recoge el mismo epitafio el nombre de su mujer, Francisca Rodríguez, casualmente también fallecida el mismo día, de 67 años.  Y ésta es la gran extrañeza, el destino unió en muerte lo que había unido en vida, juntos vivieron y casi a la vez murieron, y juntos reposaron en la misma sepultura… hasta hoy.

Cementerio (Madrid): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2010)

Cementerio (Madrid): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2010)

No he dejado de preguntarme por este curioso epitafio, por su razón de ser, por la posible historia que escondía; incluso cuestioné que fueran correctas las fechas. Pero, como veremos ahora, sí lo son, tan correctas como que hay día y que hay noche;  no hay ningún error: ambos murieron el mismo día y no por accidente ni por muerte violenta. Y para desentrañar esta compleja madeja recurrimos a las respectivas actas de defunción de cada uno de los cónyuges, Carmelo y Francisca,  que se conservan en el Juzgado Municipal de Campo de Criptana. Como en otros casos, tengo que agradecer al personal de este juzgado las facilidades que me ha dado para acceder a esta documentación.

Comencemos, pues, a comentar lo que estos documentos nos dicen sobre aquel día fatal.

Cementerio (Madrid): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Cementerio (Madrid): Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Ambas actas se hicieron con media hora de diferencia: el acta de Francisca a las nueve de la mañana del día 1 de noviembre de 1922; la de Carmelo a las nueve y treinta del mismo día. Se hicieron ante el mismo Juez Municipal, Jesús Jiménez Casero, y ante el secretario suplente, Luis Parrilla Quintanar. Se detalla en ambos documentos que se procede a inscribir sendas defunciones. En el de la esposa se nos dice que la finada es Francisca Rodríguez y Olmedo, de sesenta y siete años, natural de la villa, hija de Julián y de Venancia, domiciliada en la calle de la Virgen de Criptana, núm. 18, piso bajo. Era de profesión sus labores y, de estado civil, casada con Carmelo Manzaneque Fernández Blanco.  Y vamos ahora al acta de defunción de éste. Tenía sesenta y ocho años en el momento de su fallecimiento; era natural de la villa, hijo de Isidro y de Rosa, tenía el mismo domicilio que la anterior y era de profesión «el comercio». En este caso se especifica que estaba viudo de Francisca Rodríguez Olmedo, «vecina que fue de esta villa». En ambos documentos encontramos los nombres de los hijos del matrimonio, que fueron nueve: Isidro, Concepción, Carmen, Julián, Antonia, Francisco, Juliana, Venancia y María, esta última difunta y todos los otros mayores de edad y residentes en la población.

Cementerio: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Cementerio: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Pero hay un detalle que tenemos que tener en cuenta: respecto a Francisca se dice que estaba casada con Carmelo; respecto a él que era viudo de Francisca. No hay duda de que ella había fallecido antes que él. Y ahora viene lo realmente curioso en ambas actas de defunción, porque en la de Francisca se dice que falleció el día «de ayer», es decir, el 31 de octubre de 1922, a las catorce horas, a consecuencia de una degeneración grasa de corazón, según constaba en certificación facultativa. Y ahora vamos a la de él y vemos que falleció, en efecto, también el mismo día 31 de octubre de 1922, pero a las quince horas. Es decir, una hora después; era ya, por tanto, viudo. Y falleció de una embolia cerebral, según constaba también en certificación facultativa. ¿Por el disgusto y la desazón por la muerte de su mujer? No lo sabemos, pero es lo más probable. A continuación se especifica en ambas actas que los cadáveres tendrían que ser sepultados en el cementerio de la Concepción de esta localidad. Y en él reposan sus cuerpos hasta el día de hoy, en la sepultura a la que hicimos referencia en otra ocasión y con su recuerdo perpetuado por su epitafio. Y se especifica quién fue el compareciente para dar fe de lo sucedido, el mismo en ambos casos: José María Bastante Angulo, mayor de edad, casado, carretero, y natural y vecino de la villa, en calidad de hijo político de los finados. Habían otorgado testamento el día 18 de julio de 1905 ante el notario Joaquín González Gómez. Fueron los testigos de la redacción de las actas Manuel Díaz-Hellín y Lizcano, y Reyes Quintanar y Olmedo, mayores de edad y vecinos de la villa. Aparecen al final el sello del juzgado y las firmas del juez, del secretario, del compareciente y de los testigos.

Ésta es, pues, lector, la historia de aquel día funesto para aquella familia. La muerte tiene estas cosas… y la vida estas casualidades. A veces parece que el destino se burla de los hombres.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO