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Panorámica de Campo de Criptana a poniente: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

Panorámica de Campo de Criptana a poniente: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2004)

En la serie, aún incompleta, de artículos dedicados al «monopoli» criptanense hemos podido ir recorriendo muchos de los espacios de la localidad, sus calles y sus plazas, e incluso, hemos podido, a veces, entrar en sus casas y saber de sus habitantes, y quizá, en ocasiones algo más, de su vida cotidiana, como comunidad y, a veces, como individuos. Pocas veces, sin embargo, nos paramos a pensar cómo ha sido proceso de creación de este pueblo en el último siglo y medio. Podemos ver planos de diferentes épocas y comprobar cómo ha ido creciendo, hacia dónde, en qué condiciones, qué calles no había en un plano pero ya estaban en otro, dibujadas con sus líneas primero, pero ya rodeadas de casas habitadas después. Un pueblo es como un organismo vivo que, en determinadas condiciones se expande, pero en otras se recoge en sí mismo, como dormido. Campo de Criptana ha sido de los primeros, de los que se expanden, de los que amplían su telaraña callejera como la luz de una estrella, desde el centro hacia los extremos, hasta tocar casi los molinos por el norte, hasta casi desbordar la línea del ferrocarril, por el sur, hasta limitarse a sí misma por el cementerio que fue y ya no es, el del Pozohondo, y el que no fue y ahora es, el de la Concepción, uno a poniente, el otro a levante. Quizá no hay nada más apropiado para hablar de cementerios que estos juegos de palabras con el verbo «ser», que aquí no es sino el existir, el estar vivo, o lo contrario, dejar de estarlo. A lo mejor en eso se resume todo, en ser y en no ser. Detente, caminante, y mira: lo que eres fui, lo que soy serás, dicen muchos epitafios, y el caminante, como no podía ser de otra manera, se detiene, y mira, porque no puede hacer otra cosa, y se da cuenta, entonces de cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor, y lo dijo, mejor que nadie lo ha dicho ni lo podría decir, Jorge Manrique.

Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Casi el doble de tamaño tiene el Criptana actual que el que tenía el de 1885; a medio camino está el plano de Domingo Miras de 1991. Ya se apuntan en él maneras, ya se ve cómo Criptana está por aquel entonces colonizando los alrededores del viejo casco urbano, el que quizá, durante mucho tiempo había permanecido inmóvil, como dormido en el tiempo de esa endogamia urbana del viejo régimen, con el tiempo detenido, como si el tiempo no pasase.

Ya se ve en aquel año de 1911 que el Pozohondo no es la última frontera, que ya se dibujan con cierto detalle las ampliaciones, ya hay una calle de la Serna en condiciones, y ya se aprecia que el pueblo está intentando dar el salto al otro lado de la calle Isaac Peral para conquistar las indómitas tierras del sur, esas tierras llamadas «las Charcas». Y la calle Ferrocarril (actual Maestro Manzanares) era su eje. Se instalaron primero bodegas y grandes corralones, luego vendrían los vecinos. Todo a su tiempo.

Colinas de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Colinas de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Ya no estaban los límites de Campo de Criptana en el Tumbillo, como en el plano de 1885, porque las bodegas habían ido poco a poco conquistando los terrenos adyacentes de la estación. Ni tampoco era la calle del Monte con la Cambronera el límite oriental, como en 1885: había ya una calle de Oriente (pocas veces un nombre tan apropiado para una calle como éste), una calle de Peñafiel, una travesía de Peñafiel y una calle de Ramón y Cajal, y también una calle de Prim. La Ermita de San Sebastián era el límite por esos lugares, e imaginémosla altiva y como corona de la cima en la que se halla, y al oriente… quizá eras, y más eras, campos y más campos ¿qué si no iba a haber? E imaginemos también otra nueva frontera: la del Calvario, que en plano de 1885 quedaba aún lejos de las últimas casas. Es curioso, que antes de la reforma del nomenclátor callejero de 1890 ya había cerca una calle Amargura, pero también una del Paraíso… al lado del Calvario. Son esas paradojas que sólo se dan, y sólo se pueden dar, en La Mancha.

Y qué vamos a decir de los otros límites, por ejemplo, de la calle del Cristo de Villajos, otrora Calle Villalgordo. Eran las últimas que en ella iban a dar la calle de Barrio Nuevo, a la derecha, y la de Miguel Servet a la izquierda, y todavía, en 1911, había huertas por allí: un poco más arriba de la calle Mayorazgo, y en la calle de Castelar (hoy calle Luna); y más allá, de nuevo, campos, campos y más campos, eso sí, ondulantes, como queriendo buscar la infinitud de la llanura.

Roma: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Roma: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

E iba así, Campo de Criptana, poco a poco, al compás que marcaban los tiempos, los de crisis y los de bonanza, creciendo, unas veces menos, otras veces más, pero siempre conquistando territorios a la llanura, o a las colinas que lo rodeaban. No las he contado; a lo mejor son siete; a lo mejor tiene algo de ciudad eterna. Sólo nos faltaría una «loba criptanense», o una «loba serrana» o «una loba molinera», o a lo mejor una zorra, que hubiese dado de mamar, como la Capitolina, a un Rómulo y un Remo criptanenses y manchegos, o a lo mejor Rosellini podría haber encontrado, también aquí, tema para una película, para una Criptana, città aperta. Lo dejamos ya por hoy, lector, que se hace tarde. Continuaremos mañana.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO