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Pieter Brueghel el Viejo: La procesión del Calvario (1564). Viena, Kunsthistorisches Museum

Pieter Brueghel el Viejo: La procesión del Calvario (1564). Viena, Kunsthistorisches Museum

Al Campo de Criptana de 1885 le comenzarían pronto a resultar estrechos sus límites tradicionales, cada vez más. El plano de ese año nos muestra un Criptana compacto, sin apenas huecos en las zonas construidas, con la excepción de algunas huertas que, como ya dijimos ayer, había en la actual calle del Cristo en lugares en los que hoy, a la vista del panorama actual, nos resultarían inimaginables… algo, tan bucólico como una huerta, junto a lo que hoy es asfalto y cemento (véase: Criptana, «città aperta», Campo de Criptana, 1885-1911).

Ya dijimos también que tenía Campo de Criptana su propio Calvario y estaba fuera del casco urbano, como ocurre en la mayor de los pueblos que tienen un Calvario y que no han sufrido un gran crecimiento en este último siglo. Es una lástima que no nos quede ninguna imagen, ninguna fotografía, ningún grabado con la imagen de aquel Calvario por aquellos años, que sería, sin duda, una colina prominente a la que llevarían varios caminos que hoy son ya calles criptanenses.

Calvario y alrededores: Plano de Campo de Criptana por Domingo Miras (1911)

Calvario y alrededores: Plano de Campo de Criptana por Domingo Miras (1911)

En 1885 los límites de Criptana hacia el oriente eran, comenzando desde arriba y siguiendo hacia abajo en el plano, la esquina de la calle Amargura con la de la Guindalera, y la Guindalera misma en su confluencia con la calle Calvario, y un poco más al sur, el Pozo de las Eras, la calle de la Cambronera y la calle del Monte. En el plano de 1911 por Domingo Miras el casco urbano ha crecido en esa dirección del oriente, y llegan hasta el mismo Calvario, bien señalado con dos cruces, las casas y las calles; ya faltaba poco para que lo rebasasen las casas y lo dejaran convertido en plaza. La calle Guindalera, en su tramo superior, sigue siendo el límite con el campo, y ya encontramos bien definidas la Calle de la Pasión, y la calle Verónica, y también la calle de la Virgen, que llega hasta el Calvario mismo y lo rebasa, pero quizá ya en forma de camino.

Pieter Brueghel el Joven: Crucifixión (1617). Budapest, Szépmüvészeti Múzeum

Pieter Brueghel el Joven: Crucifixión (1617). Budapest, Szépmüvészeti Múzeum

La ermita de San Sebastián aparece bien clara, quizá como un hito, encaramada en su pequeña colina; a su izquierda, la calle de San Sebastián, y muy cerca la del Cerrillo, dando nombre al espacio por el que discurría (¿quizá una de las siete colinas?), y a su derecha, campos y más campos. Y tomando la dirección de la calle Concepción recorremos la calle de Ramón y Cajal, la última, la que marca el límite entre el pueblo y el no pueblo. El Pozo de las Eras, hacía no mucho situado entre pueblo y campo (quizá más en éste que en el primero) es ahora, en 1911, ya una plaza más (véase: Los pozos y los Infantas, Campo de Criptana, 1890).

Diego Velázquez: Cristo crucificado (1632). Madrid, Museo del Prado

Diego Velázquez: Cristo crucificado (1632). Madrid, Museo del Prado

Tuvo tres cruces esta encrucijada, en madera, adecuadas a su sentido y a su simbología, y puede, y no de hierro, como son hoy. Una cruz de hierro alli quebranta la simbología bíblica. La madera es corruptible, es como el hombre y su carne; el hierro no. Colgar a un hombre de un árbol, o de un leño, como pena capital, es, según Deuteronomio 21,22, una maldición de Dios, y de madera de leño era la cruz de aquel primer Calvario, el lignum crucis. En un árbol, el del bien y del mal, aquél del Paraíso, estuvo el comienzo de la perdición; en otro árbol, el que prefigura la cruz, estaría el comienzo de la salvación. Recordemos de nuevo otra paradoja criptanense a la que ya tantas veces hemos aludido: una calle del Paraíso que llevaba al actual Calvario; una calle del Paraíso que tenía un árbol del paraíso, y unas cruces en el Calvario hechas de madera… es decir, de un árbol (véase: En busca del «Paraíso» perdido, Campo de Criptana, 1890). Todo ello es muy, muy curioso, pero añadamos además, para más coincidencias, el hecho de que San José fuera carpintero. ¿A qué vienen, entonces, unas cruces de hierro en el Calvario, cuando, en realidad, tendrían que ser de madera?

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO