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Anuncios en la Plaza (Detalle del cuadro "Plaza de Criptana"). Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2003)

Anuncios en la Plaza (Detalle del cuadro «Plaza de Criptana»). Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2003)

En enero de 1938 andaba preocupado el ayuntamiento criptanense por el decoro y la estética en las calles de la localidad. La verdad es que la imagen importa mucho y, si es buena y cuidada, anima, pero si no, desanima, y sume en la dejadez, y entristece también, y deprime mucho. Y por ello el Consejo Municipal de la localidad, presidido entonces por José María Bustamante Galindo, decidió un 8 de enero de ese año, tomar cartas en el asunto, y se propuso que la publicidad callejera de los negocios de Criptana fuese objeto de cuidado, y a lo mejor también, en lo posible, de una cierta distinción, pero, sobre todo, que todos los negocios estuviesen bien identificados. Se publicó el acuerdo en el Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, del 14 de enero de ese año. Tenía tres puntos esta orden. En el primero se exigía de todos los establecimientos:

… en los que se ejercite alguna actividad profesional, industrial o comercial definida o gravada en las contribuciones e impuestos del Estado, Provincia o Municipio, sea cual fuere su clase e importancia, y ya se hallen situados en esta población o en la aldea de Arenales de la Moscarda, deberán ostentar en su fachada principal el anuncio o letrero correspondiente que contenga la denominación específica del establecimiento, según práctica corriente en esta clase de publicidad.

Sierra de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Sierra de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

La segunda exigencia era que los anuncios o letreros tuvieran una correcta redacción en español. Era opcional, además, que pudiesen aparecer con otras lenguas y dialectos (algo que no es pertinente en La Mancha y, por tanto, resulta supérfluo en la normativa). Pero, sobre todo, había una exigencia fundamental: «… el no oponerse a la estética y al buen gusto». Y como en todo acuerdo municipal que se precie, también en éste se contemplan las sanciones para quienes no cumpliesen sus mandatos. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, las infracciones serían «corregidas con la imposición de multas». Y no sólo eso. Se podría imponer una multa por cada mes transcurrido de la fecha de la multa anterior hasta que el anuncio objeto de la denuncia se atuviese a las normas ya citadas.

Sin embargo, en una cuestión como la de estética y del buen gusto ¿Quién decide? Al fin y al cabo, nada que objetar habría al primer punto: el negocio está identificado o no y respecto a esto no hay discusión posible. Blanco o negro. No hay grises posibles. Es o no es. Sin embargo, con el segundo, se tendría que dejar la decisión en manos de la alcaldía, y ella tendría que décidir qué es de buen gusto y qué no. Pero ¿y si ésta carecía de gusto o tenía una inclinación excesiva al «estilo remordimiento»? ¿Qué ocurriría entonces? Evidentemente esta norma dejaba las puertas abiertas a la arbitrariedad y, lo que es peor, a la imposición de gustos personales (¿discutibles o interesados?) como verdad absoluta. Sin embargo, como ha sido siempre, es, y será, todo se arregla con multas, multas y más multas. ¿Qué sería de nuestros ayuntamientos sin las multas por las que tanta afición y apego sienten? Es el erotismo furtivo de la multa, multa… divino tesoro, pesadilla de los ciudadanos, esperanza de ayuntamientos arruinados, multas de hoy, dispendios de mañana.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO