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El nuevo Teatro Cervantes: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

El nuevo Teatro Cervantes: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Tuvo, hasta no hace mucho, Campo de Criptana dos cines de invierno. Uno era el Teatro Cervantes, y el otro el Rampie. Tenía también cines de verano, de aquellos de silla de hierro, de tortilla de patata y gaseosa, de bocadillo de sardinas en aceite (o en escabeche, depende de gustos), o de pimientos, o de chorizo, o de salchichón y, también gaseosa, o cerveza, según los gustos del consumidor, que de todo hay. A lo mejor también alguien se llevaba una botella de vino y, si ponían Días de vino y rosas, pues mejor que mejor. Y para los días finales del verano no venía mal una pequeña manta y una rebeca, por si acaso. Esos días de final de agosto son traicioneros; a lo mejor hace calor, pero por las noches refresca, y uno nunca sabe a qué atenerse en situaciones tan cambiantes. En los de invierno se comían pipas, muchas pipas, montones de bolsas de pipas, y a lo mejor también patatas fritas, y quicos, muchos quicos. Olían el patio de butacas, el anfiteatro y el general a pipas, pipas recién comidas y pipas viejas y rancionas, acumulación histórica de años y años de piperío constante, de generaciones y generaciones entregadas al consumo masivo y compulsivo de pipas. Inundaba el aire el olor a quicos, también olor viejo a quicos. La verdad es que el cine y las pipas y los quicos eran inseparables.

Conocí los dos cines ya en sus años de decadencia. Conocí el cine Rampie, con sus viejas butacas y sus paredes cubiertas de hueveras, «son para mejorar el sonido», se decía. No podía evitar siempre que iba a este cine (y era casi todos los domingos), ya acomodado a la butaca y mientras esperaba que comenzara la película, observar atentamente las hueveras, reflexionar sobre ellas y llegar a monstruosos cálculos sobre cuántos huevos habrían contenido tantos y tantos cientos de hueveras, y me preguntaba de dónde las habrían sacado, si todas las fábricas del mundo no podrían, seguramente, fabricar tantas como allí había. Era uno de los esos logros de la humanidad, reunir tantas y tantas hueveras. A lo mejor ese cine era para Récord Guiness, quizá una octava maravilla de la humanidad. No sé si se habrá visto tanta huevera reunida en un solo lugar, en la historia del hombre o, al menos, desde que existe la huevera. Todavía entonces se pasaba el NODO (y no hace tanto), y la cartelera era o muy buena o muy mala; no había término medio. O se ponía toda la serie de Maciste o todos las películas de peplum italianas de los sesenta, o se ponía, sorprendentemente, El discreto encanto de la Burguesía, de Buñuel. Y en ese cine la vi. Y me pareció entonces una película rara, pero me gustó mucho. Yo entonces no sabía quién era Buñuel, ni que esa película era para mayores de dieciocho años (y yo no los tenía). No te creas, lector, que por tanto y tanto recuerdo uno es tan mayor.

Conocí también el cine del Teatro Cervantes, y éste tenía más pedigrí. Se notaba que en otros tiempos había tenido aquel teatro mucho empaque, y que había vivido momentos mejores. Parecían pulular en los descansos de la película aún las figuras de los comediantes, y de las cupletistas y de las canzonetistas, que, unas con cancioncillas inocentes unas veces, picantonas otras, pasaron por su escenario en aquellos locos años veinte, cuando el Teatro Cervantes formaba parte de las giras de las más importantes compañías de teatro de España (véanse: El antiguo teatro «Cervantes» de Campo de Criptana, 1907; La cartelera del Teatro Cervantes: Perros comediantes, pantomimas y prestímanos, Campo de Criptana, 1914Aquellos felices y locos años en el Teatro Cervantes, Campo de Criptana, 1913-1914; La compañía de Martínez Tovar en el Teatro Cervantes de Campo de Criptana,1928Teatro en Campo de Criptana: La actuación de la Compañía Klein-Alegre, 1929). Pocas veces he sentido tan cercano el sabor de la decadencia como en aquel cine, pocas veces he percibido que llegaba a su fin una época… como en aquel teatro. La historia estaba a punto de acabar para aquel Teatro Cervantes, tal y como era entonces, como una fotografía del pasado, en grises y azules claros, llenos sus pasillos de espíritus de otros tiempos, de recuerdos de otras generaciones. Y no tardó en llegar su final.

También conocí el cine Capitol, que era de verano. Es el único de verano que puedo recordar. De vez en cuando, como un fogonazo, me vienen también a la memoria imágenes fugaces del cine Ideal, pero de ese casi no me acuerdo de nada. La verdad es que no hay nombre más apropiado para un cine que «Capitol». A lo mejor uno no puede imaginar otro nombre para un cine que no sea Capitol. Y tenía el cine Capitol buena promoción; por las tardes, en la calle de la Virgen, se ponía la cartelera, con fotografías de la película de turno. Y eso llamaba mucho la atención e invitaba mucho al aficionado al cine a ir esa noche al Capitol. Vi en su momento muchas películas en el cine Capitol allí, y de lejos. Se oían los diálogos, en aquellas noches tranquilas de verano, incluso en el Pozohondo, y desde allí se veía el filillo superior de la pantalla, sobre el portón trasero del patio, ese que se abría cuando terminaba la sesión para que el público desalojase. Se podía seguir desde allí la película; era difícil, porque sólo se alcanzaba a ver la parte superior de la pantalla, pero con los diálogos completos uno podía hacerse una idea de del argumento de la película, de su nudo y de su desenlace, que no es poco. Ese sí era cine de verano, como Dios quiere y manda, cine de silla de hierro, de tortilla de patata y gaseosa, de bocadillo de sardinas, o de pimientos, o de chorizo, o de salchichón y gaseosa, o cerveza, según los gustos del consumidor, que de todo hay.

Y todo esto viene a cuento de algo; no lo traigo hoy porque sí o sin ninguna razón determinada. Pero ya dejaré lo demás para mañana, que ya hoy se hace tarde, y se han acumulado, quizá en exceso, los recuerdos de otros tiempos, no tan lejanos, en que Campo de Criptana tenía sesiones continuas de cine, y había estrenos, y varios a la vez, y para todos los gustos, y cada uno tenía su cartelera y cada uno tenía sus éxitos.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO