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Rosso Fiorentino: Descendimiento de la cruz (1521). Volterra, Pinacoteca Comunale de Volterra

Rosso Fiorentino: Descendimiento de la cruz (1521). Volterra, Pinacoteca Comunale de Volterra

Seguimos hoy hablando de la calle Veracruz, o de “la Veracruz”, que sería más propio. Es esta calle de sorpresa ambivalente, y todo por la ligera curva que hace su recorrido y por su pendiente, que ahora sube y sube, y no ve el caminante que viene de la calle del Cristo lo que hay más allá, y tiene que avanzar, deprisa o despacio, como le venga en gana. La sorpresa está allí al final, una vez pasada la pendiente de la calle y pasado el pequeño requiebro que hace su recorrido, que ni siquiera podríamos llamarlo curva, de tan suave como es.

Cuando el caminante conoce ya la calle no tiene la cosa misterio; cuando no la conoce espera ansioso lo que le deparará el destino, o mejor, dicho, el final de la calle Veracruz, que a lo mejor también es rica en misterios y enigmas. Nunca se sabe con las calles de Criptana. Desde la calle del Cristo hacia oriente comienza ancha la calle Veracruz, luego se estrecha y oscurece, tanto que casi la luz del sol no entra y la sombra lo inunda todo. Esto viene bien sobre todo en verano, cuando esta calle tiene una cierta frescura, protegida como está del soletón estival. Ya pasada la pendiente la calle se tranquiliza, corrige su ligera curva, y se atenúa su pendiente, y transcurre plácida, y respira aliviado el caminante. Y allí observa y se da cuenta, de repente, y tiene a su derecha la portada de la ermita de la Veracruz, antigüedad como pocas de Criptana, tan lozana, como recién construida. Sólo tiene cinco siglos, y otros cinco que esperemos que dure en la pureza que tiene. Y entonces siente el caminante que se encuentra ante lo que quizá sea más auténtico de Criptana, algo que es único.

Pero no deja de ser menos sorprendente el recorrido para el caminante que venga del otro extremo, que haga el camino de oriente a occidente, desde la calle del Caño hasta la calle del Cristo. Encontrará el caminante la pendiente a la bajada, y eso siempre es reconfortante para un caminante, y encontrará las estrecheces de esta calle, pero al final le espera la amplitud. Es ese encuentro glorioso de la calle Veracruz con la calle del Cristo, es ese lugar lleno de anchuras, de luz. Hay descensos y descensos, pero todos son tranquilizantes, menos el descenso a los infiernos. Que se lo pregunten a Orfeo. Pero este descenso de la calle Veracruz es grato para el caminante; al menos, esto no cansa, y llega al final el caminante a la calle del Cristo, que no es moco de pavo esta calle, ¡tan luminosa es!… y tan concurrida y de tanto trajín.

También algo pizpireto de formas es el otro tramo de la calle Veracruz, pizpireto pero dentro de la moderación, de la discreción, quizá de la timidez. Es ese tramo el que tuvo por nombre “de Moreno” antes de 1890. Tiene también una ligera curva, pero tan ligera que apenas es perceptible. Pero es otro mundo y no depara tantas sorpresas ni tantos misterios al caminante como la vieja Veracruz. Es quizá porque es toda llana, porque es calle tranquila y sosegada, y el caminante sabe lo que encontrará al final. Allí está la calle de Alcázar, y allí desemboca la calle Veracruz, antes de Moreno, y hace una pequeña plazoleta, o no tan pequeña. En otras circunstancias y lugares podría ser plaza con todos los derechos de la ley; aquí es plazoleta, porque hay otros lugares que portan con más merecimiento el nombre de plazas. Al final todo es relativo, y el tuerto es el rey en el mundo de los ciegos.

Aliviemos ya hoy al caminante de tanto trajín y de tanto ir y venir, y acabemos ya el artículo. Mañana continuaremos hablando de esta calle que es una y es dos a la vez, dualidad misteriosa, tanto como la Trinidad, por lo menos.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO