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Decíamos ayer, al finalizar el artículo correspondiente a la quinta entrega de la historia del embargo de la fábrica de harinas, que continuaríamos hoy hablando del tema. Bien pensado, para ahuyentar el tedio que podría sorprender al lector con una nueva entrega harinera, y para no incurrir yo mismo en la rutina a que me vería abocado de internarme en las procelosas aguas de una serie tan excesivamente larga como está resultando aquélla, he cambiado de idea a última hora, justo en el momento en que me ponía a redactar este artículo. Iba yo pensando en abordar ya la sexta entrega del embargo a la fábrica de harinas, pero, mire usted por dónde, voy a hablar de otro tema dejándome así llevar por un destino inescrutable. Nada tiene que ver este artículo con la harina, ni con las fábricas, ni con embargos, ni con juzgados, ni con maquinarias industriales, ni con motores de gas, ni con patios, solares, edificaciones, cobertizos o habitaciones «de la grasa». Nada tiene que ver éste con aquellos felices años veinte, aquellos locos años de desenfreno en los que tenemos que imaginar, por fuerza, un Criptana desenfadado y entregado a la diversión y al disfrute de su progreso económico.

Vincent Van Gogh: Sala del Hospital en Arlés (1889). Winterthur, The Oskar Reinhart Collection "Am Römerholz"

Vincent Van Gogh: Sala del Hospital en Arlés (1889). Winterthur, The Oskar Reinhart Collection «Am Römerholz»

Cambiamos por tanto completamente de tercio, y nos vamos a finales de los años cuarenta veinticinco años después de la historia del embargo de la fábrica de harinas, lo que, como quien no quiere la cosa, no es sólo un salto en el tiempo, es también un salto dimensional, como quien dice, de un mundo a otro muy diferente, los dos Criptana, pero los dos diferentes uno de los otro… y mucho. Hoy hablaremos de la «curandera de Criptana», o mejor dicho, de la denuncia que contra las prácticas de la susodicha publicó el médico puericultor Avelino Fernández Jiménez en un artículo que está firmado en Socuéllanos en agosto de 1949 y se publicó en el periódico Lanza del 26 de agosto de ese año.

Todos los pueblos pasaron, en épocas pretéritas, y cuando la medicina apenas se esbozaba y estaba en sus albores, por esta furia del curanderismo.

Lucas van Leyden: Echadora de cartas (ca. 1508). París, Museo del Louvre

Lucas van Leyden: Echadora de cartas (ca. 1508). París, Museo del Louvre

Así comienza esta denuncia del médico puericultor contra el curanderismo en general, y luego nos irá aclarando que apunta con sus dardos verbales en particular a la curandera de Criptana. Pero eso vendrá después, porque nos deja este médico en el artículo una historia de la guerra secular entre medicina y curanderismo que no tiene desperdicio. Repasa el autor la legislación que en los siglos XVI y XVII intentó regular el ejercicio profesional de médicos y cirujanos e imponía penas a quienes sin estar en posesión de licencias médicas adecuadas ejerciesen la profesión. No vamos a hacer aquí referencia a este escrito, pero no porque no sea interesante, sino porque es excesivamente prolijo y extenso y no en todos sus puntos viene siempre al caso para lo que nos interesa. En todo caso, la pervivencia del curanderismo en los pueblos era, para el médico, una cuestión que afectaba al prestigio cultural:

Aparte la gran responsabilidad en que incurrían estos endiosados ensalmadores, no la es menos la de las personas que, con asiduidad, acuden con el deseo de mitigar sus males y dolencias ante estos embaucadores y alucinadores personajes. Y son, por lo general mujeres las que realizan estas actividades clandestinas, porque, por lo visto, tienen más gracia y protección divina. Es preciso, ineludible, remediar este gran mal por el honor y dignidad de toda la clase médica española, de un lado; y por otro, por cuanto significa en perjuicio de la cultura del pueblo.

Jan Sanders Van Hemessen: Extracción de la piedra de la locura (1555): Madrid, Museo del Prado

Jan Sanders Van Hemessen: Extracción de la piedra de la locura (1555): Madrid, Museo del Prado

Para poner remedio a esta situación considera el médico necesario que los farmacéuticos «reprochen» las prescripciones del curandero o curandera «sean o no sean inofensivas», todo por el bien del enfermo. En esto habría que seguir, según su opinión, la postura del Fernando de Mena, manchego, médico de Felipe II:

… uno de los iniciadores de la furiosa campaña contra los algebristas y charlatanes supersticiosos; que con oraciones y medicinas empíricas hacían creer, a ciertas personas, estaban en el secreto de todos sus reales y dolencias, y para los que exigían ciertos emolumentos con los que hacían frente a la vida.

Francisco de Goya: Vuelo de brujas (1797). Madrid, Museo del Prado

Francisco de Goya: Vuelo de brujas (1797). Madrid, Museo del Prado

Y aborda ya el médico en ese punto del artículo la cuestión de la «curandera de Criptana», porque ella sería uno…

… de estos casos verdaderamente alborotadores y llamativos, y al que precisa, inexcusablemente, poner remedio con prontitud y eficacia. Esta cenicienta plaga de componedores de huesos rotos o dislocados de remediadores de todos los males, viven perfectamente en «santa y sana paz». El consultorio es numeroso de Campo de Criptana… Los profesionales de la ciencia de Galeno nos hallamos perplejos ante estos espectáculos bochornosos. Es muy lamentable observar, con diaria insistencia, el tropel de enfermos que salen de estos pueblos en busca del alivio de la curandera, mujer por demás astuta y sagaz y que a la «voz populis» (sic, por «vox populi») hace prodigios, verdaderos milagros…».

Y llegado ya el artículo a su final encontramos la puntilla: era necesario, en opinión del médico, erradicar completamente este tipo de prácticas, de dar órdenes «para exterminar esta mala semilla». Sin embargo, no sabía el médico que luchar contra este tipo de prácticas era como dibujar sobre el agua del mar o, como ya he dicho en otras ocasiones en este blog, trazar un triángulo de cuatro lados o un rectángulo de tres, o como intentar amaestrar a un ruiseñor para que cante el «Yo soy minero…»

John William Waterhouse: Las Danaides (1903). Colección privada

John William Waterhouse: Las Danaides (1903). Colección privada

Hoy haría falta una denuncia muy similar, pero no por la «curandera de Criptana», sino por la dejadez de la administración en cubrir definitivamente y con dedicación completa una de las plazas de médico de cabecera de la localidad que permanece en el limbo de la más irritante provisionalidad e inseguridad desde hace más de un año. Las autoridades sanitarias miran hacia otro lado y disimulando silban despreocupadas de todo, y este ayuntamiento calla y otorga. A lo mejor, viendo cómo van las cosas en la sanidad pública, tendrán muchos ciudadanos de esta región que acabar acudiendo a curanderos y curanderas, ensalmadores, adivinos, brujos y brujas, y vaticinadores varios, porque serán ellos lo único que quede parecido a la sanidad en el futuroA lo mejor sólo ellos, adivinos, vaticinadores y oráculos varios pueden averiguar cuándo se resolverá esa irritante provisionalidad médica … a lo mejor habla el oráculo mientras preparan ellos amorosamente su pócima al amor del fuego y borbotean en sus caldos hirvientes los ojos de muerto, la raíz de muérdago, la pata de cabra, la uña de lagarto y un pellizquín de sal y otro de pimienta, para dar sabor, más que nada. Y entonces hablará el oráculo, a lo mejor en hexámetros dactílicos, y nos dará la esperada respuesta con su voz cavernosa, como de ultratumba:

Los recortes… han sido los recortes… pobres mortales votantes… votantes… antes… antes… antes…

¡Ay, administración, tonel sin fondo como aquél del Averno que las Danaides intentaban eternamente llenar de agua sabiendo que, en el fondo, nunca lo conseguirían, como J. W. Waterhouse nos lo pintó?. Desengaño de desengaños… (véase: La Hidra de Lerna y el desengaño, Campo de Criptana 1897). Mañana seguiremos hablando del embargo de la fábrica de harinas.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO