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La vieja Escuela de PIntura de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1991)

La vieja Escuela de Pintura de Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1991)

Titulo este artículo así, «treinta años», porque es número redondo, y como tal suena bien, y como tal puede hacer referencia a alguno más o a algunos menos, porque tratándose de tiempo nunca es fácil calcular, menos aún cuando lo que se cuenta está tan teñido de recuerdos que resulta a veces imposible distinguir realidad y evocación. A lo mejor treinta años no es nada, a lo mejor es mucho, depende. Hace ya muchos años que comencé a pintar, o que comencé, digámoslo así, a aprender a pintar, algo que sigo haciendo ahora, aprender cada día, porque nunca se termina de aprender del todo y mucho menos en el pintar.

No recuerdo bien cómo fueron aquellos tiempos de los comienzos, aunque sí recuerdo dónde transcurrieron. Fue en la Escuela Municipal de Dibujo y Pintura. Era su director Isidro Antequera. Me gustaba dibujar y pintar, pero entonces todo era eso sólo, un gusto, una afición. Recuerdo aquellas tardes en la Escuela de Pintura, en aquel viejo Ayuntamiento, que, aclarémoslo para el lector más joven, no era tan viejo. Aquí la cuestión de la «vejez» es absolutamente relativa, si es que tal adverbio y tal adjetivo se pueden fundir en una sola expresión sin que el uno o el otro pierdan su sentido. Era aquel Ayuntamiento el viejo en relación con el de ahora, que es el nuevo; entonces era el nuevo, en relación con el que había habido antes, el viejo. Aquel era el ayuntamiento que permanece aún en el recuerdo, aquel que aparece aún en sueños nocturnos y no el de ahora, igual que es la plaza de antes, con sus guijarros pintados de blanco, sus pérgolas, sus pinos y su quiosco el que sale en los sueños, y no la de ahora, esa superficie gris e impersonal, receptáculo inagotable de chicles pegados en el pavimento. A veces uno piensa que el mundo se acabará, que la vida se acabará, y que sólo pervivirán a la hecatombe final todos esos miles de millones de chicles que hay pegados por tantas y tantas aceras y plazas por el mundo. A lo mejor esos chicles son lo único eterno que hay y, si no eternos, casi eternos, que no es poco.

Mi paleta: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Mi paleta: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Recuerdo que en invierno se dibujaban y pintaban cabezas, pies, manos, flores y figuras de escayola; y también bodegones, con frutas de plástico, peras, manzanas, plátanos, naranjas, manzanas, ciruelas y alguna que otra mandarina, y con viejas cestas y platos que, luego, tantos años después, las he ido descubriendo poco a poco en muchas de las composiciones que pinté entonces. Y alguien traía de vez en cuando un pan, y duraba el pan meses en los bodegones, hasta que se ponía tan duro como una piedra. Y había botellas, muchas botellas, de anís, de vino, de champán, y flores secas y de plástico, y de vez en cuando alguna que otra mazorca de maíz de verdad, y en alguna ocasión llegó incluso un violín. Y con todo ello se componían bodegones. Lo bueno era cuando llegaba el buen tiempo, y la escuela, como si de la del Profesor Tragacanto se tratara, salía en tropel a pintar al campo. Era los sábados, cuando la sobremesa era aún más «mesa» que «sobre». Con el paso del tiempo me he dado cuenta que era con ello con lo que realmente se aprendía a pintar, cuando se percibía la luz natural, cuando se estudiaban los colores de la naturaleza, sus cielos, sus campos, sus tierras, sus árboles, sus sequedades y arideces sus verdores.

La firma y la fecha

La firma y la fecha

Hoy miro de vez en cuando aquellos cuadros, casi treinta años después, y leo las firmas y las fechas, siempre en números romanos, el día, el mes y el año, todo en números romanos. Y es entonces cuando me doy cuenta de cómo ha cambiado todo, el mundo, mi pintura, yo mismo… es entonces cuando me doy cuenta de que realmente el tiempo ha pasado y de que lo ido nunca volverá, de que el presente es ya mismo pasado y de que el futuro será ya mismo presente, y que ya mismo el presente será de nuevo pasado. Entonces uno se da cuenta de lo efímero que es todo. Pero aún sigo aprendiendo de aquellos cuadros de hace treinta años, a lo mejor de la inocencia que hay en ellos, la inocencia en el color, en el tratamiento de los paisajes, en la simplicidad de la luz y de las formas. Y es entonces cuando realmente me doy cuenta de lo rápido que pasa el tiempo y de lo afortunado que soy por haber sido testigo y parte en ello.

¿A qué viene todo esto, te preguntarás, lector? Pues ni más ni menos a que, dentro de poco vuelvo a exponer en estas tierras, vuelvo después de cinco años de mi exposición en Alcázar de San Juan y de diez en Campo de Criptana. Justo treinta años después, casi toda una vida, vuelve mi pintura a La Mancha, después de mucho andar por esos mundos de Dios. Es ese eterno retorno al que suelo hacer referencia en este blog, ese fluir cíclico de la vida por el cual todo vuelve al lugar en el que comenzó, y todo se repite, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… todo vuelve y yo vuelvo a Alcázar, esta vez a la Galería de Arte Marmurán.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO