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El estudio: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

El estudio: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Siguen aflorando en la memoria aquellos recuerdos de tiempos ya tan lejanos. A veces, de lejanos que son, parecen una vida ajena, una historia de ficción de la que nosotros solo somos espectadores, solo eso. Y siguen aflorando los recuerdos. Recuerdo cuál fue mi primer dibujo en esa Escuela Municipal de Dibujo y Pintura de Campo de Criptana, aquella que estaba en el viejo Ayuntamiento, en su último piso. No sé ahora en qué año fue, pero hace mucho, de eso estoy seguro. Creo que fue hacia 1977 o 1978, pero no lo puedo confirmar. Mi primer dibujo tendría que haber sido una escayola con forma de cara y nariz de hombre, pero solo media nariz y media cara, y se veía un poco un labio, y una ceja, y un ojo. Tenía algo de monstruoso y misterioso; parecía que el ojo te miraba, y eso que era de escayola. Todo esto estaba en aquella escayola. Para hacer a lápiz y sombrear a lápiz. ¡Qué estrés! Ese era mi primer ejercicio en aquel curso, pero ¡tanto estrés…! Así que decidí cambiar el ejercicio por mi cuenta y me puse a dibujar un jarrón adornado con grecas marrones. Entonces aprendí lo fácil que es dibujar un jarrón torcido, como la torre de Pisa, y lo difícil que es dibujarlo en toda su verticalidad como exigen las leyes de la física y, especialmente, la de la gravedad. El jarrón que yo dibujé, torcido, nunca habría podido existir; habría sido un montón de trozos de jarrón rotos en el suelo. A lo mejor mi dibujo era una utopía.

Son cosas que nunca se olvidan, como los cánones del dibujo de figura humana: ocho cabezas el cuerpo; a mitad de la cabeza los ojos, y a mitad de los ojos y la barbilla la nariz, y a medio camino de la nariz y la barbilla la boca. Y entre ojo y ojo un ojo, y la mano tan larga como la cara. Así era el canon, y funcionaba siempre, por supuesto, en los casos ideales, esos que la naturaleza tanto escatima, porque la naturaleza, hace luego lo que quiere y se le antoja, que para eso es la naturaleza, y para eso fue diosa en otros tiempos, mucho antes de que otros dioses más circunspectos la arrojaran del Olimpo al olvido.

Desnudo: Detalle del cuadro "Torso en la noche": Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1997)

Desnudo: Detalle del cuadro «Torso en la noche»: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1997)

Había un cursus honorum pictórico. Primero lápiz, dibujo a lápiz y sombreado a lápiz; luego poco a poco se introducían otras técnicas: cera, tiza, pastel y también acuarela. El papel más usado era el «Guarro», llamado así, pero me daba entonces risa y daba hasta cosa pedirlo en la tienda. Reconozco que hice entonces acuarela, y he hecho algunas después, pero me produce tanto estrés esta técnica y me siento tan inseguro en ella que opté hace muchos años por centrarme en el óleo, que es lo que realmente me gusta. Luego ya, con catorce o quince años se pasaba al óleo. Y antes, lo olvidaba estaba el carboncillo. No recuerdo ahora cuántos dibujos al carboncillo hice durante algunos años, pero fueron muchos. Eran casi todos de estatuas griegas, de esas que no tienen brazos, de hombres y de mujeres. Mejor que mejor, sin brazos, menos trabajo. E hice muchas a tamaño natural, y muchos ejercicios de orejas, bocas, narices, manos, y algo que era extraordinariamente complicado: los extremos de las patas de los caballos y sus pezuñas. Un buen dibujo requería saber dónde estaba cada hueso y cada articulación; si se desconocían estos secretos de la fisionomía animal, se corría el riesgo de fracasar en el intento, y acabar haciendo patas imposibles, ñoñas, deformadas, aberraciones de la naturaleza y de la creación con las cuales un caballo real no podría haber dado ni un solo paso.

El óleo era la culminación del cursus honorum. El óleo era cosa de los mayores, o al menos así se veía entre los pequeños. El óleo era una nueva aventura, un nuevo reto que requería mucha paciencia, mucho entusiasmo, mucho esfuerzo y, sobre todo, mucha constancia. Con el paso del tiempo uno se da cuenta de algo muy importante: el trabajo y la constancia lo son todo, y sin ellos no se puede conseguir nada. A lo mejor el talento ayuda, pero el talento sin trabajo no sirve para nada. Mi primer cuadro fue un bodegón, con un jarro de barro, muy rústico, y medio pan, ya por entonces duro como una piedra pero lozano como recién salido del horno, y un plato de porcelana, que no podía faltar en ningún bodegón, y, de fondo, el trapo consabido de color rojo o marrón que no podía faltar en ninguna composición de este tipo. Y el pan no me salía; entonces me di cuenta de que las cosas más sencillas y más cotidianas son, a veces, las más difíciles de pintar. Y ahora miro aquel cuadro y me doy cuenta de algo: el pan no me salió como tendría que haber salido, pero en aquel momento, hace ya tanto, con aquel primer cuadro ya acabado, me sentí como un Velázquez o como un Goya. Hay cosas imposibles, y a veces un pan entra en esta categoría. Mañana continuaremos contando más cosas como éstas y de otro tipo, que hay aún mucha tela que cortar.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO