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Plaza de Criptana (la de verdad): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2005)

Plaza de Criptana (la de verdad): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2005)

Y seguimos sacando y sacando recuerdos de ese baúl inagotable que es la memoria. Hay mucho que recordar, pero también es mucho lo que se ha perdido en esas nebulosas del olvido, en esos agujeros negros de la conciencia en los que algunos recuerdos entran y no vuelven a salir jamás. Y hablaré de un recuerdo que me venía a la mente continuamente en otros tiempos, cuando todavía estaba en pie el antiguo edificio del Ayuntamiento criptanense, «antiguo» sólo relativamente, reiteramos, en relación con el «nuevo», el de hoy. Tenía aquel viejo edificio grandes portadas de madera, como una casa noble, y tenía una inspección de policía abierta a la plaza con una gran ventana. Y había dos pequeñas puertas laterales, de cuarterones, que parecían muy rústicas, quizá muy cervantinas, y a lo mejor lo eran. De lo demás no me acuerdo muy bien. Pero sí hay algo que recuerdo: el balcón corrido que se extendía de un extremo a otro de la fachada en su segundo piso, en lo más alto de la construcción, ya justo debajo del tejado. Tenía las columnas de madera, una madera que siempre estaba ansiosa de un barniz, de algo que le diera el lustre y la distinción que el tiempo le había ido quitando. Supongo que hasta para ser columna de balcón hay que tener suerte, y aquéllas del viejo Ayuntamiento no la tenían. Aquel balcón corrido tenía pareja, en frente, balcón que aún existe, el de la gran «casa del conde». A lo mejor había algo entre ambos balcones, tan cerca uno del otro. El roce hace el cariño ¿por qué no también entre los balcones? Hoy el de la «casa del conde» es el único que queda de aquella pareja que tan compenetrada estaba.

La casa del conde (Versión 1): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1992)

La casa del conde (Versión 1): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1992)

¿A qué viene hoy hablar del balcón del antiguo ayuntamiento, te preguntarás, atento lector? Pues, ni más ni menos, a que este balcón concentra gran parte de mis recuerdos de aquellos años en la Escuela de Pintura, y quizá son los mejores de aquel aprendizaje del oficio de pintor. Tenía la Escuela de Pintura criptanense una gran ventana y una puerta que daban al balcón. Era quizá, el mejor observatorio de la plaza, y de su vida cotidiana, de esas noches que caían como un telón negro tan pronto en invierno, y de esa dicharachera conversación interminable en las terrazas, cuando llegaba el buen tiempo. La plaza de aquel tiempo, antes de que esa espada de Damocles terrible que fue la remodelación que dio lugar a la actual, permitía más variedad de ambientes, no era tan uniforme como ahora, y no era tan gris. Una de las grandes atracciones era la terraza del Casino Primitivo, que se extendía en cuanto llegaba el buen tiempo ante su fachada, y se cortaba al tráfico la calle Murcia, porque allí estaba la terraza. Y estaba protegida por grandes pinos, que eran la gloria de la plaza criptanense, que eran lo mejor que había allí, y tenía enormes toldos esa terraza. Y todo esto se veía desde el balcón del ayuntamiento… y desde cualquier rincón de la plaza.

Casa del conde (Versión 2: Tarde de lluvia): Óleo de José Manuel  Cañas Reíllo (1994)

Casa del conde (Versión 2: Tarde de lluvia): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1994)

¿Qué era lo mejor de ese balcón? Pues que era también un lugar idóneo para dibujar y pintar. No podría contar ahora las horas que pasé allí pintando muchas tardes primaverales, cuando ya llegaba el buen tiempo, y los días comenzaban a alargarse, y la noche a retraerse. Lo cierto es que desde allí el paisaje era prodigioso: o la «casa del conde», o la calle de la Virgen y los tejados que sobre ella se extienden, y al fondo la llanura, la interminable llanura. Sí, también la llanura y el horizonte infinito se veían desde aquel balcón. Y también se tenía una vista panorámica de toda la plaza, y se podía pintar lo que se quisiera, porque de todo había, árboles, pérgolas, viandantes, tertulias en terrazas, grupos sentados en bancos tomando el fresco, los edificios de enfrente, incluso la iglesia, que magnífica se veía desde allí, y magnífico paisaje proporcionaba, aunque, reconozcámoslo, difícil, muy difícil, y también cielos, muchos cielos. Esa torre de la iglesia no se dejaba dibujar así como así, de complicada de formas que es, y era. Se podía, incluso pintar una puesta de sol sobre la plaza, esos últimos rayos de sol que iluminaban las copas de los enormes pinos… y la torre de la Iglesia siempre omnipresnete, pesadilla de aprendices del dibujo. Allí se podía pintar todo.

No ha habido, quizá, escenario más inagotable que aquél. Por ello tengo tantos recuerdos, y por ello una de las cosas que más lamento del paso del tiempo es que aquel balcón ya no esté donde estaba, y que esté tan triste y tan solo el de la «casa del conde», y que ya nadie más pueda salir a él a dibujar o a pintar. Pero hay algo que no lamento: quedan los cuadros que pinté desde allí, y los dibujos que hice, y tantas y tantas horas observando la luz, y haciendo apuntes rápidos de quienes pasaban por allí en sus paseos o en sus prisas cotidianas. A lo mejor se iba haciendo tarde, y había que recogerse, y cuando el sol se ponía, había que recoger los bártulos, limpiar los pinceles, guardar el caballete y cerrar el maletín, y echar un último vistazo al cuadro para comprobar que iba por buen camino. Por cierto, cuando se tiró el antiguo edifcio del ayuntamiento, acerté a pasar por allí, y pude ver allí en lo alto que en la que había sido una de las paredes de la Escuela de Pintura, a la intemperie entonces, había quedado colgada de un clavo una paleta con sus colores secos. Esa paleta era la mía, aunque hacía años que no la utilizaba. No sé que fue de ella después. Hasta para ser paleta hay que tener suerte.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO