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Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Sigo recorriendo estos recuerdos de tantos y tantos años, con un cierto desorden, reconozcámoslo. Eso es lo bueno que tiene la memoria, que no tiene orden ni concierto en las cosas ni en cómo las almacena y las va sacando poco a poco, y que una cosa es el tiempo real y la sucesión de acontecimientos lógica, y otra es la imagen que nos da la memoria, un presente no tiene por qué serlo, que puede ser pasado, y un pasado qiue puede ser futuro y todo así, “patas arriba”. Quizá la memoria tiene su propio orden interno en la disposición de las cosas, porque cada uno se entiende con lo suyo y más sabe el tonto en su casa que el listo en la ajena, pero no siempre acertamos a comprender este orden. Ella, la memoria, sabrá lo que hace. Y por eso voy y vengo entre unos años y otros, y ahora voy hacia el pasado y luego al presente y así una y otra vez, y entre unos cuadros y otros, pero esto es una imposición más de esa alocada memoria que tanto nos distorsiona de vez en cuando, y que nos trae recuerdos ya olvidados o relega al olvido recuerdos que, pensábamos, estaban tan vivos.

La vieja plaza (Detalle del cuadro "Panorámica del centro de Campo de Criptana"): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2005)

La vieja plaza (Detalle del cuadro “Panorámica del centro de Campo de Criptana”): Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2005)

Ayer hablábamos de aquel famoso balcón corrido del Ayuntamiento de Campo de Criptana, del ayuntamiento “viejo”, aquel en el que se podían ver desde la plaza, en los días de primavera, un montón de caballetes y banquetas, y gente que pintaba y dibujaba. Y recordábamos también cuál había sido el escenario de todos aquellos años, aquella plaza de altos pinos, de quiosco en su centro, de pérgolas, de frescor, de rincones agradables, casi loci amoeni, en que todas las estaciones eran bien recibidas, porque de todos sus extremos había cobijo entre los recovecos. Mirando al pasado ahora años después y poniendo en marcha esos mecanismos misteriosos de la memoria, es imposible no recordar cómo era aquella plaza y es imposible comprender por qué se hizo una remodelación tan brutal que privó a Campo de Criptana de uno de sus espacios más hermosos, más recoletos y más acogedores. Esa plaza fue el escenario de todas aquellas tardes de pintura y de muchas otras cosas más, y por eso nunca, nunca, se podrá olvidar.

La Sierra y los molinos: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

La Sierra y los molinos: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Pero no podíamos seguir hablando sobre cosas de pintura de Criptana sin darnos una vuelta por su Sierra de los molinos, porque también aquella colina en cuyas faldas se extienden las calles de la parte más alta del pueblo… también aquella colina fue escenario de muchas tardes de pintura en aquellos años. Eran también tardes de primavera, o ya casi verano. Por supuesto, como ya he dicho en alguna ocasión, mientras que el invierno y el otoño eran monopolio de bodegones y figuras de escayola, la primavera y el verano eran épocas de pintura al aire libre. Ciertamente eran tiempos más tranquilos para esa sierra y para sus molinos; ciertamente por aquel entonces mantenían todavía algo de su pureza, algo del embrujo que no hacía mucho había subyugado al alcalde poeta, González Lara, a Gregorio Prieto y a tantos otros. No había entonces tanto turismo. Supongo que el turismo tiene muchas cosas buenas, pero también tiene otras que no son tan buenas; de éstas, la peor es que lo que es real y está apegado a la tierra por la tradición y por la costumbre puede devenir en parque temático y dejar de ser lo que debe ser, y perder su esencia y lo que le da la razón de ser y de existir.

Sierra de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Sierra de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Eran aquellos tiempos los de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, quizá ya más bien entrados los ochenta, pero en el recuerdo parecen de otra dimensión, no solo de otro tiempo. La memoria es así de caprichosa y recuerda no cómo eran las cosas, sino como uno las veía o como las quería ver. A lo mejor en esta forma de ver las cosas uno comete un grave error, porque al final la realidad se impone y lo que es, es, y no hay más vuelta de hoja. Pero entonces todavía las faldas de la Sierra de los molinos eran blancas, no diré como la leche, pero sí como una perla de nácar, una perla reluciente bajo el sol de la llanura, resplandeciente bajo los rayos del sol. Parecía que esas calles y esas casas no habían cambiado en siglos; parecía que de un momento a otro Don Quijote o quizá Sancho torcerían la esquina y aparecerían de repente, en busca de aventuras inusitadas. Pinté y dibujé mucho Criptana por aquellos tiempos. Aprendí a leer el blanco de la cal, que no es poco, y a descifrar recovecos callejeros, y a adivinar horizontes. La Mancha es así, un paisaje que hay que saber interpretar y comprender.

De vez en cuando pinto hoy aquellas calles y aquellos molinos, pero reconozco que los pinto no como son hoy, sino como fueron en otros tiempos. A lo mejor en esto la memoria es poderosa e impone sus recuerdos por encima de la realidad. Eso está bien, porque eso, nadie me lo podrá quitar… nadie.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO