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El arroyo: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

El arroyo: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Hablar sobre el “Pozohondo”, o Pozo Hondo o Pozo-Hondo, que de cualquier forma se puede encontrar este nombre, todas discutibles y todas aceptables, implica sobre todo sumergirse en un pasado del que no tenemos apenas imágenes antiguas. Sin embargo, como este es un blog de historias y no de “historia” propiamente dicha, podemos permitirnos el lujo de dejarnos arrastrar por la imaginación y de recrear cómo pudo ser en otros tiempos este Pozohondo. Reconozco que para ti, lector, tanto como para mí, tal y como vemos el Pozohondo hoy, es un ejercicio de extrema dificultad imaginar cómo pudo ser a finales del siglo XVIII, o en los primeros años del siglo XIX, cómo se fue haciendo esta plaza, cómo transcurrieron acontecimientos como la Guerra de la Independencia en esta plaza, correrías de uno y otro bando, y los años posteriores, de tribulaciones, de crisis casi perpetua, de cambios políticos de acá para allá y para acullá, y así una y otra vez, un rey Fernando VII, “rey felón”, una Isabel II reina que se va, un Amadeo I de reino fugaz, y una revolución, y una república, y un rey Alfonso XII que viene para quedarse, y, sin que casi nadie se diera cuenta, el sueño de un imperio que se iba esfumando poco a poco, escurriéndose como agua entre los dedos.

El arroyo: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

El arroyo: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

Todo esto lo han visto los pozos del Pozohondo, razón de ser de la plaza, origen de su nombre y eje de todo su urbanismo durante tantos y tantos años. Si pudieran hablar nos contarían mucho de lo que han visto, de aquellos tiempos ya muy lejanos en que el Caz atravesaba lo que entonces serían todavía campos, y huertas, y no había quien le pusiese trabas a su cauce ni impedimento a su corriente. Y habría también árboles, algunos árboles, ni muchos ni pocos, supongo, y con ellos y con los pozos lo tendría todo el caminante que, cansado del viaje por polvorientos caminos, llegaba a Criptana en busca del primer reposo, sombra y agua ¿qué más se puede pedir en verano?

Caspar David Friedrich: Entrada del Cementerio (1825). Dresde, Gemäldegalerie

Caspar David Friedrich: Entrada del Cementerio (1825). Dresde, Gemäldegalerie

Un 18 de junio de 1807 fue especialmente importante para el Pozohondo criptanense, aquel día la Muerte plantó su trono en el Pozohondo. Aquel día, hubo reunión de pastores, pero no oveja muerta, aunque mucho que ver con la muerte tuviese la ocasión. Aquel día ante los dos cabildos criptanenses, el eclesiástico y el secular, y los padres carmelitas descalzos de la localidad se procedió a la inauguración de un cementerio situado en la “última frontera” criptanense, esta vez sí, allí donde acababa el casco urbano, y allí donde comenzaba a extenderse interminable la llanura manchega, con sus eras, sus trigales y sus espejismos, que de todo hay en La Mancha (véase: El primer cementerio de Campo de Criptana, 1807). Hubo también un extraordinario concurso de público, como nos dice La Gaceta de Madrid, nº 58, del 7 de julio de 1807 (pág. 688), porque un cementerio es cosa que despierta mucha curiosidad en unos, morbo en otros y quizá recelo en los vecinos pozohonderos de aquel tiempo, no sea que nos venga por aquí alguien a hacer brujerías con los muertos, no sea que se inunden de aparecidos las noches brumosas del barrio. Y no pocos muertos devoraría su tierra durante los años siguientes; no pocos serían los que se cobrase la Guerra de Independencia, el hambre o las enfermedades, entierros de primera, entierros de segunda, entierros de tercera… La Muerte no tenía miramientos de clase, la Iglesia sí.

El cementerio del Pozohondo: Plano de Campo de Criptana por Domingo Miras (1911)

El cementerio del Pozohondo: Plano de Campo de Criptana por Domingo Miras (1911)

Fue Campo de Criptana uno de los primeros pueblos en España que construyó cementerio atendiendo a la prohibición de enterrar en iglesias años antes promulgada. Quizá podemos imaginarlo. Muros de tapial, quizá encalados, algún que otro arbusto o un rosal o un ciprés, como debe ser en todo cementerio que se precie, y sepulturas en tierra, suponemos, la mayoría, sepulturas humildes, y también sencillas pero bien trabajadas lápidas, quizá pocas en tiempos de muchos pobres, para recordar a los muertos más pudientes, noches oscuras, sólo iluminadas por algún que otro velón de difuntos, y noches lóbregas, invernales, nebulosas, oscuras y frías, tan frías como la muerte. Recuerdo que hace ya algún tiempo, cuando se urbanizó el Pozohondo y se le comenzó a dar el aspecto que tiene hoy, con sus aciertos y sus muchos desaciertos, la tierra guardaba aún huesos, tan anónimos, tan olvidados… de aquella época, ya lejana, cuando tenía el Pozohondo cementerio, y al lado un caz, y cerca huertas, y eras, y la noche era oscura y negra como la pez. Pero de eso ya nadie se acuerda, nadie queda de aquellas generaciones, todos han muerto, incluso su memoria.

Aquí lo dejamos por hoy. Mañana seguiremos hablando de más cosas del Pozohondo.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO