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Plaza del Pozohondo: Plano de Campo de Criptana por Domingo Miras (1911)

Plaza del Pozohondo: Plano de Campo de Criptana por Domingo Miras (1911)

Vista desde el cielo, la Plaza del Pozohondo es para Campo de Criptana como un cráter lunar en su mapa. Realmente esto no es una exageración. La del Pozohondo es la plaza más grande de Campo de Criptana, y su forma es caprichosa, como un triángulo que hubiese sido estirado hasta sus límites, hasta casi romperse; quizá lo único recto que había en ella era el Caz, que sí seguía un cauce directo, sin curvas, desde su entrada al Pozohondo por el noreste hasta su salida por el suroeste. Muy clara se muestra la Plaza del Pozohondo con sus formas en la fotografía aérea del Vuelo Americano AMS de 1956-1957. Es su lado norte recto o casi recto, de acuerdo; es también su lado este recto, también de acuerdo; ¿pero y su lado sur, con su abombamiento y su rincón? Es un poco inexplicable, como lo es casi siempre el urbanismo de otros tiempos. Hay calles y rincones que parecen diseñados sin orden ni concierto.

La casa del Pozohondo: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

La casa del Pozohondo: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

No es el Pozohondo lugar de viejas casonas, ni de fachadas grandiosas, ni de viejas heráldicas, ni de rancias familias de mucho abolengo, ni de linajudas estirpes. De todo eso no hay en el Pozohondo, quizá porque fue durante mucho tiempo la periferia. Todavía en estos años 1957-1958 estaba el límite de Campo de Criptana, y también el del Pozohondo, en el solar que ocupó el antiguo primer cementerio de la localidad. Allí estaba el límite en el plano de Domingo Miras de 1911, y allí está aún en 1957-1958, y allí estuvo hasta mucho después, según puedo recordar, hasta que Criptana comenzó a devorar las eras y todo lo que la rodeaba, y a crecer hacia el occidente, y a comer terreno a la llanura, y a extenderse hacia el horizonte. Yo supongo que ya para esos años, 1957-1958 el lugar en que estuvo el primer cementerio criptanense era ya la fábrica de yeso que yo conocí. Al otro lado de la calle, en la acera del sur, estaba el Colegio, o las Escuelas, como se ha dicho siempre, «Sagrado Corazón» o, para la vox populi, las «Escuelas del Pozohondo». Llevan allí estas escuelas, como se diría, prácticamente toda la vida, toda una vida humana digo, porque en el plano de Campo de Criptana de Domingo Miras de 1911 aún no aparecen. Allí estaba también la última frontera criptanense en aquel tiempo, y no había al otro lado, hacia el occidente, nada más que llanura, llanura y más llanura. Y al sur del colegio eran todo grandes corralones, y no había todavía calles, como las hay hoy, sino grandes extensiones dispuestas a ser colonizadas en los años siguientes. En realidad estaba cerca la carretera nacional, pero alrededor todo eran campos y terrenos cercados.

1884. Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

1884. Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Tuvo el Pozohondo algunas grandes casas; aparecen bien claras en la fotografía aérea citada. Pero hoy muchas ya no están. Es curioso cómo el tiempo y la mano del hombre han ido acabando con algunas de las construcciones más interesantes que había en Campo de Criptana, hasta dejar su patrimonio raquítico y reducido casi completamente a la nada. Queda en el Pozohondo una casa todavía, esa inmensa construcción con fachadas a dos calles (Convento y Concepción) y una plaza (Pozohondo), con una fecha en una pequeña placa metálica ya oxidada en un balcón, «1884», sin duda su año de construcción. Fue en otros tiempos ya muy lejanos sede del colegio Teresiano y, muchos años después, cuando ya estaba en plena decadencia el edificio, abandonado y desierto, y ya el bullir de los niños del colegio era un vago recuerdo, fue lugar de reuniones del Movimiento Junior. Recuerdo aún algunas de sus habitaciones, con sus balcones al Pozohondo, sus suelos de madera, y sus pasillos, y su patio interior, y la gran cantidad de papeles que había acumulados en algunos lugares. A lo mejor eran de aquel viejo colegio; quizá libros de texto, cuadernos.  Lo recuerdo como si fuera ayer. Recuerdo que se podía sentir, en algunos momentos, el palpitar de la historia y el respirar de la nostalgia en algunos rincones de aquella casa. Y aún sigue ahí, ciento treinta años después de su construcción.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO