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Recuerdos en blanco y negro: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Recuerdos en blanco y negro: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2014)

Hoy sí; hoy terminamos por fin esta miniserie que dentro del “monopoli” criptanense hemos dedicado a la Plaza del Pozohondo. A lo mejor es el momento, ya en las postrimerías de esta miniserie, de hacer aflorar recuerdos y, por supuesto, también nostalgias. Pienso en el Pozohondo y pasan por mi mente miles y miles de imágenes; algunas quedaron congeladas en el tiempo, en forma de fotografías en blanco y negro en aquellos años iniciales de la década de los setenta. Luego llegó el color; pero ya no era lo mismo. Supongo que la fotografía en color no me ayuda tanto a recordar como el blanco y negro, por no hablar del sepia; el color no trae tantas evocaciones ni despierta en mí tantas ensoñaciones como el blanco y negro, o el sepia.

Solo sé que de aquel anterior Pozohondo que yo conocí tengo recuerdos en blanco y negro, y son de esos por los que parece no pasar el tiempo. Creo que incluso hoy, muchos, muchos años después, sigo recordando el Pozohondo en blanco y negro, aunque ante mi vista lo tenga en color. En blanco y negro recuerdo sus pozos, en blanco y negro recuerdo su caz, y su ermita de San Cristóbal, y su tierra, aquella tierra primigenia que formó parte de la plaza desde que la plaza era plaza y desde mucho antes de que existiera, y antes de que Campo de Criptana fuese, ni siquiera, un proyecto, un plan en la mente de la posteridad. Era aquella tierra la misma que fue hollada por miles y miles de pies, de criptanenses de otros tiempos, que iban y venían, o de caminantes, que después de días de fatiga llegaban a Criptana, o de viajeros, que por mero afán de ver y conocer vinieron en algún tiempo por aquí antes de que el ferrocarril pusiese a este pueblo a pocas horas de la Corte. Aquella tierra original fue cubierta algunos años después por el caliente y negro asfalto. Eso está bien o, al menos, no está tan mal; esto quita las polvorientas nebulosas del verano y el barro del invierno; pero, bien es cierto que también nos aleja de la tierra, y, confesémoslo, el hombre sin la tierra no es nada.

Arroyo, casas y árboles_Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2010)

Arroyo, casas y árboles: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2010)

Una de las imágenes en blanco y negro del Pozohondo que mejor guardo es su caótica disposición de árboles, de jardines y de matorrales. Parecían plantados al azar, como caídos del cielo por inercia, como lanzados por una mano invisible sin ningún sentido de la puntería; árboles aquí, árboles allí, sin orden ni concierto, todos dispersos, y espacios de tierra abiertos entre ellos que daban, entre otras cosas, para muchos juegos, sobre todo a quienes les gustase el fútbol. Yo no me cuento entre éstos (soy más de parchís), y por ello uno prefería entregarse a la construcción frenética de presas en el Caz y a pasarse en verano el día con las manos trajinando en su cauce debajo de la gran morera, quizá centenaria, que daba una sombra interminable, casi eterna. ¡Daba para tanto el Caz! Parecía que nada te podía dañar debajo de esa morera, que protegía de todo mal… A lo mejor cada uno tiene su propio Paraíso Terrenal en su vida, su Edén o su Pardés; para mí fue aquél. ¡Parece que ha pasado ya tanto tiempo! De la morera no tengo ya ni el recuerdo en blanco y negro, y lo más triste es que no sé por qué, pero recuerdo cuál era el lugar exacto de su tronco, inabarcable con los brazos. Quizá lo peor de todo esto sean los olvidos de aquello que uno querría recordar y no puede. En esto el subconsciente a veces juega malas pasadas, y conserva recuerdo de lo que uno no querría olvidar y olvida, en cambio, lo que a uno le gustaría recordar.

Paraíso: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2010)

Paraíso: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (2010)

Tenía el Pozohondo urbanismo caótico, quizá distraído; hoy lo considerarían los técnicos “desorganizado”. Nada de eso, porque incluso en las asimetrías más desiguales, incluso en aquello en lo que parece reinar el desorden, incluso en eso… hay un orden. Otra cosa es que se desvele o no al conocimiento de los humanos. Y la Plaza del Pozohondo tenía ese desorden que, realmente, era un orden oculto, casi invisible o, al menos, perceptible para pocos… porque tenía un orden natural que es, ni más ni menos, el que proporcionaba felicidad a quienes vivían en él y, sobre todo, el que deja recuerdos e imágenes tan nítidas que, si cierras los ojos, casi las puedes ver, casi tocar… aquel Pozohondo perdido, perdido Paraíso…

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO