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William Hogarth: Tribunal de justicia (1750). The Fitzwilliam Museum

William Hogarth: Tribunal de justicia (1750). The Fitzwilliam Museum

Poco a poco va desvelándose la estrategia de la defensa en el caso del que venimos hablando desde hace ya la friolera de once artículos, doce con éste (véase: Campo de Criptana, 1910: El espantoso crimen del camino de la estación…y el juicio, I). No se centraba en defender la inocencia del procesado, sino que incidía en un hipotético carácter violento y represor de Julio García Casarrubios, víctima de la agresión y padre, también, de la víctima Isabel García. Se buscaba que el jurado popular diese crédito a estos testimonios. Con ello conseguiría la defensa su objetivo: demostrar que el procesado había actuado en legítima defensa ante las agresiones, acosos y persecuciones de García Casarrubios. Hay, por tanto, una gran diferencia entre los testigos de la acusación y los de la defensa: los primeros se centraban en los acontecimientos, en los hechos, en la tragedia. Todos ellos habían llegado al lugar de los hechos poco después de acaecer el suceso. Todos los de la defensa, en cambio, se retrotraían a tiempos anteriores a los hechos, dando a entender que lo ocurrido era consecuencia del comportamiento de Julio García Casarrubios. ¿Le dará resultado esta estrategia a la defensa? No los sabemos todavía; sin embargo, hemos de reconocer que era lo único que podía hacer el abogado que asumiese un caso que, a simple vista estaba tan claro, y que parecía no tener más que una sentencia posible para el procesado: culpable.

Continuamos hoy, pues, viendo qué dijeron los testigos de la defensa, según están recogidos en el periódico El Pueblo Manchego (núm. del 9 de noviembre de 1912). En el articulo de ayer nos referíamos a los testimonios de Ignacio Galán, Erneslina Cano y Antonia Cerdán; hoy serán los de María Engracia Aranda, Casimira Estrada y Alberto Romero, hermano del procesado. Comencemos, pues, con María Engracia Aranda:

Dice que entre la familia de Julio García y ellos hubo siempre buenas relaciones.

A otras preguntas contesta llorando que Julio García les ha hecho objeto de amenazas en algunas ocasiones y que la interfecta se le quejó de malos tratos.

Thompkins H. Matteson: Juicio ("Examen de una bruja") (1853). Peabody Essex Museum

Thompkins H. Matteson: Juicio («Examen de una bruja») (1853). Peabody Essex Museum

Hay una contradicción evidente en estas declaraciones: ¿o hubo siempre buenas relaciones o hubo amenazas? Ambos términos son incompatibles. Le sigue el testimonio de Casimira Estrada, que dijo:

Dice que acompañó á la madre del procesado porque temía una agresión.

Y por fin le toca el turno al hermano del procesado, Alberto Romero:

Dice que tuvo relaciones amorosas con Teresa García y que esas relaciones fueron consentidas.

Había también amenazas del (sic) García Casarrubios.

Hasta aquí llega el testimonio de Alberto Romero, que, sinceramente, esperábamos algo más explícito, más rico en detalles y mucho más ilustrativo sobre la personalidad de su hermano. Pero no fue así, como hemos visto. Continúa el juicio con un tira y afloja entre el defensor, la acusación y la fiscalía. ¿Había que leer las cartas de amor intercambiadas entre el procesado y la víctima? Veamos qué deciden.

El defensor renuncia á la prueba de otros testigos.

El fiscal dice que antes de pasar á la prueba documental, como en ella obran cartas de carácter íntimo, deben hacerse en secreto.

El acusador opina que esas cartas por el carácter que tienen debieran permanecer en el misterio.

Jan Sanders van Hemessen: Amistades peligrosas (ca. 1500). Karlsruhe, Staatliche Kunsthalle

Jan Sanders van Hemessen: Amistades peligrosas (ca. 1500). Karlsruhe, Staatliche Kunsthalle

La defensa dice que si pudiera el secretario prescindir de las frases amorosas que tengan las cartas, lo haga.

El acusador advierte que tiene otras cartas y pruebas.

La defensa sostiene que á su juicio es inadmisible la prueba de la acusación.

El fiscal contesta que esa prueba ya fué admitida por la defensa.

Para aclarar el incidente se suspende el juicio por quince minutos.

Al reanudarse la vista se lee la prueba documental.

Las partes modifican conclusiones.

El lunes próximo terminará esta interesante causa.

Ramón Casas: El garrote vil (1894). Madrid, Museo Nacional de ARte Reina Sofía

Ramón Casas: El garrote vil (1894). Madrid, Museo Nacional de ARte Reina Sofía

Aquí acaba la vista del sábado y, también, el artículo del Pueblo Manchego. No nos quedaremos, sin embargo, a dos velas. También el corresponsal recogió con detalle lo sucedido en el transcurso de la vista del lunes siguiente, y también de todo ello, con pelos y señales, daremos la debida cuenta. Espero que este corresponsal haya puesto tanto empeño en informar de la sentencia como lo ha puesto en todo lo demás. Si no es así, nos quedaremos con la duda… con una angustiosa duda ¿Cómo acabó todo esto? No lo sabemos por el momento; no sabemos aún cuántos detalles más de la vida de todos los que estuvieron involucrados en este hecho salieron a la luz, cuántos arcanos, cuántos misterios irían siendo poco a poco desvelados en este juicio en el que a veces no sabemos a quien se está juzgando, si al procesado o a Julio García Casarrubios. Peligrosa y arriesgada estrategia… la de la defensa.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO