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Lucas Granach el Viejo: La Justicia (1537). Amsterdam, Fridart Stichting

Lucas Granach el Viejo: La Justicia (1537). Amsterdam, Fridart Stichting

Decíamos en el penúltimo artículo que se reanudaría la vista del juicio, famoso juicio ya, el lunes. Con esta noticia, al menos, finalizaba el corresponsal su crónica del juicio en 1912 por el espantoso crimen del camino de la estación acaecido en Campo de Criptana en 1910. Era esto en el periódico El Pueblo Manchego, núm. del 9 de noviembre de 1912. Y nos vamos al número de este mismo periódico del lunes siguiente, del 11 de noviembre. Y ahora nos encontramos con un dilema: ¿a qué se refería exactamente el corresponsal: continuaría el juicio el lunes o continuaría él su crónica el lunes sobre el transcurso del juicio el sábado? Por lo que dijo en su artículo del 9 de noviembre, parece que es el juicio lo que continuaría el lunes, después del obligado descanso del domingo; según lo que dice en el artículo del 11 de ese mismo mes, lo que continúa el lunes es la crónica. Así, pues, a esto último nos atendremos y abordaremos, por tanto, de hoy en adelante lo que nos dice según este tenor.

Ilya E. Repin: Pavlov en la sala de operaciones (1888). Moscú, Galería Estatal Tretiakov

Ilya E. Repin: Pavlov en la sala de operaciones (1888). Moscú, Galería Estatal Tretiakov

Pero, lector, no pienses, sobre todo si tienes tendencias triscaidecafóbicas, que la coincidencia a la que seguidamente haré referencia no lo es tal, sino que es algo buscado, algo intencionado. Por supuesto que no. Sabemos de sobra los triscaidecafóbicos que el número inefable, el trece, forma parte de los designios más arcanos del destino, y que aparece cuando quiere y cuando menos se lo espera uno, así a traición, y sin que uno se dé cuenta. Casualmente, ese destino ha querido que el artículo de hoy sea el número 13 de esta serie y que, para colmo, se publique en martes. Son esas cosas de la vida, esas cosas de la triscaidecafobia que no se pueden evitar, a las que no se pueden escapar. Martes y trece ¿Hay algo peor? Creo que no. No voy a contar mis avatares hoy, pero son propios, dignísimos, de todo un martes y trece, aunque hoy fuera un martes y veintidós. Créelo lector. No podría haber sido un día peor. A lo mejor, sin que me diera cuenta, se me estaba presagiando entre unas cosas y otras, entre turbaciones y procelosas tribulaciones, este artículo presente. ¿Quién sabe? Un martes, el día, y un trece, el número del artículo. Ahí es nada.

Giovanni Lanfranco: Auspicios de un emperador romano (1635). Madrid, Museo del Prado

Giovanni Lanfranco: Auspicios de un emperador romano (1635). Madrid, Museo del Prado

Y lo advierto de antemano. Doce artículos llevamos hasta ahora dedicados a este tema. Éste hace el número trece. Sin embargo, la extraordinaria extensión del artículo con la continuación de la narración del juicio es tanto o más larga que la del anterior. Por lo tanto, nos esperan aún otros doce artículos, o trece, o catorce, o quince, o más, quién sabe. A lo mejor menos, depende de cómo vengan paradas las cosas. Yo, la verdad, con estas cosas ya no me atrevo nunca a presagiar, a anunciar o a predecir. A lo mejor si tuviera que dedicarme a los augurios y auspicios a la usanza de la antigua Roma, los resultados serían muy distintos, y acertaría algo más de vez en cuando. Con un de vez en cuando me conformaría. Pero, como no es éste el caso, no me atrevo a decir aún cuántos artículos nos quedan para acabar de desentrañar este trágico suceso y para llegar a un veredicto del jurado. Espero, por cierto, que el corresponsal que cubrió esta noticia tuviese la paciencia necesaria como para quedarse en el juicio hasta el final. Espero, por cierto, que el corresponsal no nos haga la faena de dejarnos a dos velas, sin decirnos cuál fue el veredicto final, si era el procesado culpable o inocente. Sería toda una faena.

Y, como se me ha ido el tiempo en divagaciones varias, unas a cuento y otras más bien distraídas, creo que ya a estas alturas de la noche no es tiempo de ponernos a hablar del juicio. A lo mejor es el momento de dejar este tema por hoy y de retomar mañana el juicio, con la entrega que hará la número catorce. ¡Quién lo iba a decir! Catorce entregas ya sobre este tema. Y me dirá posiblemente el caminante, ese que aparece de vez en cuando por aquí, y del mismo modo que aparece desaparece, que más entregas van ya en la serie del “monopoli” manchego. Es verdad. Realmente, van muchas. Realmente, el caminante lleva casi siempre razón, excepto cuando se interna de noche por los caminos del Cerro Lobero desoyendo nuestras advertencias. Cuando tiene ese nombre (el Cerro digo, no el caminante que, como bien sabrás, lector, es anónimo) por algo será. La toponimia es sabia y cuando los antiguos ponían un nombre era por algo, no era algo arbitrario como lo son las toponimias modernas que uno nunca las va a entender. ¿Y por qué se llama esta calle así? Pues porque lo quieren las autoridades. Y, reconozcámoslo, la toponimia es obra del pueblo, de la vox populi, no de las autoridades, que de estas cosas saben poco, o no saben casi nada. O, mejor dicho, no saben nada de nada. La toponimia es siempre un asunto muy difícil y no siempre fácilmente escrutable.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO